En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
– ¡Minnie! -Fleurette llamó a su yegua y Minette le contestó con un profundo y alegre relincho. Niniane aceleró el paso. Fleur descendió de la silla para abrazar a su caballo. ¿Pero dónde estaba Ruben? Desde el interior del bosque, que empezaba justo detrás del campamento, oyó el ronquido de una sierra y un martilleo, que de repente enmudecieron. Fleurette sonrió: Gracie debía de haber descubierto a Ruben.
En efecto, el joven salió corriendo de inmediato del bosque. Fleurette vio su sueño convertido en realidad. ¡Ahí estaba Ruben, lo había encontrado! A primera vista, tenía buen aspecto. Su rostro delicado estaba bronceado y los ojos le brillaban como siempre que la veía. Sin embargo, cuando la estrechó entre sus brazos, ella le notó las costillas, estaba muchísimo más delgado. Además se advertían en sus rasgos las huellas del cansancio y el agotamiento, y tenía las manos ásperas y llenas de heridas y arañazos. Ruben seguía siendo poco diestro en trabajos manuales.
– ¡Fleur, Fleur! ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Cómo me has encontrado? ¿Has perdido la paciencia o te has escapado? ¡Eres tremenda, Fleurette! -Sonrió a la muchacha.
– He pensado en encargarme yo misma de eso de hacerse rico! -contestó Fleurette, y sacó la bolsa de su padre del bolsillo de su traje de montar-. Mira, ya no necesitas encontrar oro. Pero no me he escapado por eso. Tuve que… que…
Ruben no hizo ni caso de la bolsa, sino que le cogió la mano.
– Ya me lo explicarás más tarde. Primero te enseño el campamento. Éste es un lugar maravilloso, mucho mejor que esas horribles granjas donde crían ovejas y donde malvivimos al principio. Ven, Fleur…
Se encaminó hacia el bosque, pero Fleur sacudió la cabeza.
– ¡Primero tengo que atar el caballo, Ruben! ¿Cómo has conseguido no perder a Minette en todos estos meses?
Ruben hizo una mueca.
– Es ella quien se ha encargado de no perderme a mí. Era su tarea, ¡admítelo, Fleur! ¡Le dijiste que cuidara de mí! -Acarició a Gracie, que saltó gimoteando hacia él.
Al final, Niniane quedó amarrada junto a Minette y el mulo, y Fleurette siguió al emocionado Ruben a través del campamento.
– Aquí es donde dormimos…, nada del otro mundo, pero limpio. No puedes ni imaginarte lo que era en esas granjas…, y aquí, el arroyo. ¡Que lleva oro! -Señaló un arroyuelo angosto pero vivaz que fluía hacia el Shotover.
– ¿Cómo lo ves? -preguntó Fleur.
– ¡No se ve, se sabe! -explicó Ruben-. Hay que lavarlo para que salga. Después te enseño cómo se hace. Pero estamos construyendo un lavadero. ¡Ah…, éste es Stue!
El compañero de Ruben también había dejado ahora su lugar de trabajo y se dirigía a su encuentro. Fleurette lo encontró simpático a la primera. Se trataba de un gigante musculoso, de claros y rubios cabellos, cara ancha y risueña y ojos azules.
– Stuart Peters, para servirla, ma’am. -Se presentó, dando a Fleurette un fuerte apretón que hizo desaparecer la mano de la muchacha en las suyas.
– Es usted tan hermosa como Ruben me había contado, si me permite la observación.
– Es usted un adulador, Stue. -Fleurette rio y echó un vistazo a la obra en la que Stuart había estado trabajando. Se trataba de un canalón de madera apoyado en postes y alimentado por un pequeña cascada.
– ¡Esto es un lavadero de oro! -explicó Ruben con fervor-. Se llena de tierra y se vierte agua. Ésta empuja la arena y el oro se queda aquí en los nervios.
– En los canales -corrigió Stuart.
Fleurette estaba impresionada.
– ¿Sabe usted algo sobre la extracción de oro, señor Peters? -preguntó.
– Stue. Llámeme simplemente Stue. Bueno, en realidad soy herrero -admitó Stuart-. Pero ya he ayudado a construir este tipo de cosas antes. De hecho es muy fácil. Aunque los viejos mineros hacen de ello toda una ciencia. Por la velocidad de la corriente y eso…
– ¡Es absurdo! -exclamó Ruben dándole la razón-. Si algo pesa más que la arena, enseguida se extrae por lavado, es lógico. Da igual lo deprisa que fluya el agua. ¡Así que el oro permanece aquí!
Fleurette no estaba de acuerdo. La velocidad de la corriente también arrastraría las pepitas pequeñas al menos. Pero claro que eso dependía del tamaño de las pepitas que los chicos querían encontrar. Tal vez uno podía permitirse allí filtrar sólo las más grandes. Así que asintió dócilmente y siguió a los dos de vuelta hacia el campamento. Stue y Ruben pronto se pusieron de acuerdo en hacer un descanso. Poco después, el café hervía en un tosco recipiente sobre el fuego. Mientras, Fleurette tomaba nota de lo austero que era el hogar de ambos buscadores de oro. Sólo había una cazuela y dos cubiertos, y tuvo que compartir su taza de café con Ruben. Nada indicaba que la búsqueda de oro hubiera sido exitosa.
– Bueno, acabamos de empezar -se defendió Ruben cuando Fleur le hizo, en este sentido, una prudente observación-. Hace apenas dos semanas que conseguimos la concesión y ahora acabamos de construir nuestro lavadero.
– ¡Lo que hubiera ido mucho más deprisa si ese Ethan, el usurero de Queenstown, no nos hubiera vendido una porquería de herramientas! -gruñó Stuart-. En serio, Fleur, en tres días hemos gastado tres hojas de sierra. Y anteayer volvió a romperse una pala. ¡Una pala! Esas cosas suelen durar toda una vida. Y ya puedo ir cambiando el mango cada dos días, no hay manera de que se quede fijo en la pala. No tengo ni idea de dónde saca el material Ethan, pero es caro y no dura nada.
– Pero la concesión es bonita, ¿verdad? -preguntó Ruben, y miró con los ojos iluminados los terrenos situados en la orilla. Fleur le dio la razón. Pero a ella todavía le hubiera parecido más bonito si también hubiera visto oro.
– Esto… ¿quién os ha recomendado que pidieseis la concesión? -preguntó con cautela-. Me refiero a que por el momento estáis solos. ¿Fue una especie de soplo?
– ¡Fue inspiración! -explicó Stuart con orgullo-. Vimos el lugar y nos gustó. Es nuestra concesión. ¡Aquí nos haremos ricos!
Fleurette frunció el entrecejo.
– Significa esto que… hasta ahora nadie ha encontrado todavía oro en esta zona.
– No mucho -reconoció Ruben-. ¡Pero nadie lo ha buscado aún!
Los dos muchachos la miraron con entusiasmo. Fleur sonrió incómoda y decidió hacerse cargo ella misma del asunto.
– ¿Ya habéis intentado lavar el oro? -preguntó-. En el arroyo, me refiero. Querías enseñarme cómo se hace.
Ruben y Stuart asintieron a la vez.
– Ya hemos encontrado un poco allí -afirmaron, y cogieron solícitos un tamiz.
– Ahora te lo enseñamos y luego puedes lavar un poco de oro mientras nosotros seguimos trabajando en el lavadero -dijo Ruben-. ¡Seguro que nos traes suerte!
Puesto que era evidente que Fleurette no necesitaba dos profesores y Stuart quería darles la oportunidad de estar solos, se retiró de nuevo río arriba. En las horas que siguieron no volvieron a oír nada más de él, salvo algún que otro improperio cuando una herramienta se rompía.
Fleurette y Ruben aprovecharon la intimidad para saludarse adecuadamente primero. Tenían que volver a comprobar lo dulces que eran sus besos y cómo reaccionaban sus cuerpos.
– ¿Te casarás ahora conmigo? -preguntó Fleurette somnolienta al final-. Quiero decir que… no puedo quedarme a vivir con vosotros si no estamos casados.
Ruben asintió con gravedad.
– Es cierto, no puede ser. Pero el dinero…, Fleur, quiero ser franco. Hasta ahora no he podido ahorrar nada. Lo poco que gané en los yacimientos de oro de Queenstown se gastó en el equipo de aquí. Y lo poco que hemos ganado aquí hasta ahora, lo invertimos en herramientas nuevas. Un par de viejos mineros todavía tienen tamices, picos y palas que se han traído desde Australia, pero lo que compramos aquí dura sólo un par de días ¡Y cuesta una pequeña fortuna!