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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– Si ahora lo dejó ir, desaparecerá. Que se largue mañana, cuando nos haya enseñado el camino. Nosotros nos pondremos en marcha pronto, cuando despunte el primer rayo de sol. ¡Así que conténganse con el whisky, si no lo aguantan bien!

Era de imaginar que comentarios como ése no fueran bien recibidos por los granjeros de las llanuras, aunque algunos representantes moderados de los barones de la lana, como Barrington y Beasley, ya hacía tiempo que no se sentían entusiasmados por el carismático guía. A diferencia de las anteriores expediciones tras los pasos de McKenzie, ésta no parecía una relajada cacería, sino una operación militar.

Sideblossom había peinado las estribaciones de los Alpes, por encima de las llanuras de Canterbury, de forma sistemática, para lo que había dividido a su gente en grupos más reducidos y realizado un minucioso control. Hasta el momento, los hombres habían pensado que se trataba en primer lugar de buscar a McKenzie. Pero ahora, cuando era evidente que Sideblossom tenía puntos de referencia concretos acerca de dónde se escondía el ladrón de ganado, cayeron en la cuenta de que en realidad había estado todo el tiempo tras Fleurette Warden, lo que una parte de los hombres encontró exagerado. La mitad era simplemente de la opinión de que Fleur volvería a aparecer motu proprio. Y si ella no quería casarse con Sideblossom, pues bien, había que dejar que ella decidiera.

No obstante, obedecieron de mala gana las indicaciones del granjero y se despidieron de la idea de encontrar ahí, antes de detener a McKenzie, una buena cena y un whisky de primera calidad.

– La fiesta -Sideblossom lo dejó bien claro- se celebrará tras la cacería.

Por la mañana el granjero ya estaba esperando a los hombres en los establos con el niño maorí, sucio y lloroso, a su lado. Sideblossom dejó que el chico los precediera no sin antes amenazarlo con unos castigos horribles en el caso de que se escapara.

Eso parecía poco probable ya que, a fin de cuentas, todos iban a caballo y el niño a pie.

Aun así, el muchacho demostró ser un buen corredor de fondo y brincaba con pies ligeros por las tierras pedregosas de las estribaciones de los Alpes, donde los purasangres de Barrington y Beasley, en especial, tenían dificultades.

En algún momento pareció dudar del camino, pero un par de imprecaciones de Sideblossom lograron someterlo. El pequeño maorí guio a la patrulla por un arroyo hasta el lecho seco de un río que parecía haber sido cortado a cuchillo entre las paredes de piedra…

McKenzie y Fleur tal vez habrían escapado si los perros, que los precedían, no hubieran conducido las ovejas precisamente en ese momento por un recodo del río, donde además el lecho se ensanchaba. Por añadidura, las ovejas balaban de forma cada vez más desgarradora: una ventaja más para los perseguidores que, a la vista del rebaño en el cauce del río, se abrieron en forma de abanico para cortar el avance.

La mirada de McKenzie cayó directamente sobre Sideblossom, cuyo caballo iba a la cabeza del destacamento. El ladrón de caballos detuvo el mulo. Se quedó inmóvil.

– ¡Ya los tenemos! ¡Son dos! -gritó de repente alguien de la patrulla. El grito arrancó a McKenzie de su inmovilismo. Tendría una ventaja si se daba la vuelta: los hombres deberían pasar entre un rebaño de trescientas cabezas de ovejas que se apelotonaban en el cauce. Pero llevaban caballos veloces y él sólo un mulo, que además cargaba con todas sus pertenencias. No había esperanzas. Pero sí para Fleurette…

– Fleur, ¡da la vuelta! -le gritó James-. Ve por donde te he dicho. Intentaré pararlos.

– Pero tú…, nosotros…

– ¡Ve, Fleurette! -McKenzie se llevó la mano corriendo a la riñonera, ante lo cual un par de hombres abrieron fuego. Por suerte lo hicieron con poca decisión y sin apuntar bien. El ladrón sacó una pequeña bolsa y se la arrojó a la muchacha.

– ¡Toma! ¡Y ahora, ve, maldita sea, vete!

Mientras, Sideblossom se había abierto camino entre las ovejas a lomos de su semental y ya casi estaba a la altura de McKenzie. En pocos segundos distinguiría a Fleurette, que hasta el momento se ocultaba tras un par de rocas. La muchacha venció el intenso deseo de permanecer junto a McKenzie: él tenía razón, no le quedaba otro remedio.

Todavía algo insegura, pero dando instrucciones claras a Niniane, se volvió mientras McKenzie se dirigía despacio hacia Sideblossom.

– ¿De quién son estas ovejas? -preguntó lleno de odio el criador.

McKenzie lo miró impasible.

– ¿Qué ovejas?

Fleur todavía vio con el rabillo del ojo que Sideblossom desmontaba del mulo a James y empezaba a golpearlo, fuera de sí. Luego siguió su camino. Niniane regresaba a galope tendido a «las tierras altas de McKenzie». Gracie la seguía, pero no así Friday. Fleur se reprochó no haber llamado a las perras, pero ya era demasiado tarde. Respiró aliviada cuando dejó tras de sí las peligrosas y rocosas tierras del lecho fluvial y los cascos de Niniane de nuevo pisaron la hierba. Cabalgó hacia el sur tan deprisa como le permitía su montura.

Nadie volvería a alcanzarla.

7

Queenstown, Otago, yacía en una bahía natural a orillas del lago Waikatipu, rodeada de montañas imponentes y escarpadas. La naturaleza del entorno era espléndida, el lago enorme y de un azul acerado, los bosques de helechos y los prados, extensos y de un verde brillante, las montañas majestuosas y salvajes y, seguramente, todavía totalmente vírgenes. Sólo la ciudad en sí era diminuta. Incluso Haldon se veía como una gran ciudad en comparación con ese puñado de edificios de un solo piso que, como era evidente, se construían a toda prisa ahí. El único inmueble que destacaba era una construcción de madera de dos pisos con el rótulo «Hotel de Daphne».

Fleurette se esforzó por no desanimarse cuando pasó a caballo por la polvorienta calle Mayor. Había esperado una colonia más grande; a fin de cuentas, se tenía a Queenstown en esos momentos por el centro de la fiebre del oro en Otago. Por otra parte, no podía lavarse oro en la calle principal. Era probable que los mineros vivieran en sus concesiones, en algún lugar del bosque que rodeaba la ciudad. Y si el lugar era abarcable, también tenía que resultar fácil encontrar a Ruben. Fleur se aven-turó a detenerse en el hotel y ató a Niniane delante de él. De hecho, había esperado que el establecimiento dispusiera de sus propias cuadras, pero al penetrar en el local, advirtió que ofrecía un aspecto totalmente distinto al del hotel de Christchurch en el que a veces se había alojado con la familia. En lugar de una recepción, había una taberna. Saltaba a la vista que el negocio del hotel estaba vinculado al del bar.

– ¡Todavía está cerrado! -resonó la voz de una muchacha detrás de la barra cuando Fleur se internó más en el lugar. Distinguió a una joven rubia que trajinaba diligente. Cuando vio a Fleur, se quedó impresionada.

– ¿Es usted… una chica nueva? -preguntó pasmada-. Pensé que vendría con la diligencia. No antes de la semana próxima… -La muchacha tenía unos ojos azules y dulces y una piel clara y suave.

Fleurette le sonrió.

– Necesito una habitación -anunció un poco vacilante a causa del extraño recibimiento-. ¿Esto es un hotel, no?

La muchacha miró a Fleur desconcertada.

– Quiere… ¿ahora? ¿Sola?

Fleurette se ruborizó. Naturalmente era inusual que una chica de su edad viajara sola.

– Acabo de llegar. Vengo en busca de mi prometido.

La joven pareció aliviada.

– Entonces no tardará en llegar el… prometido. -Pronunció la palabra «prometido» como si Fleur no la hubiera dicho en serio.

Fleur se preguntaba si su aparición era de hecho tan rara. ¿O estaba esa chica un poco mal de la cabeza?

– No, mi prometido no sabe que he venido. Y yo tampoco sé con exactitud dónde está él. Por eso necesito una habitación. Me gustaría saber al menos dónde voy a dormir esta noche. Y puedo pagar la habitación, llevo dinero.

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