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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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— Vale, tienes razón —rezongó Zedd—. Gracias, Nathan. Soy Zedd. Sabes curar, si es que realmente tenía el cráneo fracturado.

— Pues claro que sí. Últimamente he tenido que practicar bastante mis artes curativas. ¿Cómo te encuentras?

Zedd se evaluó a sí mismo antes de responder.

— Bien. Estoy bien. Creo que he recuperado las fuerzas… —De pronto recordó lo ocurrido—. Gratch. Queridos espíritus tengo que salir de aquí.

Nathan se lo impidió colocándole una manaza en el pecho.

— Antes debemos tener una pequeña charla, amigo. Al menos, espero que seamos amigos. Por desgracia tenemos mucho en común, aparte de ser ambos parientes de Richard.

— ¿Como qué? —inquirió Zedd.

Nathan se desabrochó la parte superior de su camisa con volantes. Tenía la pechera completamente cubierta de sangre seca. Entonces metió un pulgar bajo un collar de pálida plata que llevaba al cuello y lo alzó un poco.

— ¿Es lo que creo que es? —preguntó Zedd con tono sombrío.

— Eres un tipo muy listo, de eso no hay duda, o no serías tan valioso.

Zedd posó de nuevo la vista en los ojos azules de Nathan.

— ¿Y qué es esa cosa que, por desgracia, tenemos en común?

Nathan extendió una mano y dio un leve tirón a algo que Zedd llevaba al cuello. Inmediatamente Zedd se llevó las manos allí y notó el liso collar metálico sin ninguna juntura.

— ¿Qué significa esto? ¿Por qué me lo has puesto?

— No he sido yo, Zedd —repuso Nathan con un profundo suspiro—, sino ella.

Nathan señalaba a una mujer mayor, baja y achaparrada, con el pelo gris sujeto flojamente a la nuca. Acababa de aparecer en el umbral. Llevaba de la mano a una niña.

— Ah —dijo, mientras que con los dedos se tocaba la parte superior del vestido marrón oscuro que llevaba abrochado hasta el cuello—. Ya veo que Nathan te ha curado. Me alegro mucho. Estábamos muy preocupados por ti.

— ¿De veras? —respondió Zedd diplomáticamente.

— Pues sí. —La anciana sonrió, posó su mirada en la niña y le acarició el pelo castaño claro y liso—. Ésta es Holly. Ella te trajo hasta aquí. Te salvó la vida.

— Creo que ahora recuerdo haberla visto. Gracias por tu ayuda, Holly. Tienes mi gratitud.

— Me alegro de que ya estés bien —repuso la niña—. Temía que ese gar te hubiera matado.

— ¿Gar? ¿Viste al gar? ¿Está bien?

Holly negó con la cabeza.

— Cayó de la muralla junto a todos esos monstruos.

— Córcholis —musitó Zedd entre dientes—. Ese gar era amigo mío.

La anciana enarcó una ceja.

— ¿Un gar amigo? Bueno, en ese caso lo siento.

— ¿Por qué me has puesto el collar? —preguntó a la mujer, fulminándola con la mirada.

— Siento haberlo hecho. Pero de momento es necesario.

— Quiero que me lo quites ahora mismo.

La mujer seguía sonriendo.

— Entiendo tu inquietud pero, de momento, debes llevarlo. Me temo que no nos hemos presentado —añadió, enlazando las manos sobre la cintura—. ¿Cómo te llamas?

— Soy el Primer Mago Zeddicus Zu’l Zorander —respondió Zedd con voz grave y amenazante.

— Yo soy Annalina Aldurren, Prelada de las Hermanas de la Luz. Puedes llamarme Ann —dijo con una cálida sonrisa—. Todos mis amigos me llaman Ann, Zedd.

Sin apartar los ojos de la mujer el mago bajó de la mesa de un brinco.

— Tú no eres amiga mía. —Ann retrocedió un paso—. Y debes llamarme mago Zorander.

— Tranquilo, amigo —lo advirtió Nathan.

Zedd le lanzó una mirada tan iracunda que Nathan cerró la boca y enderezó la espalda.

Ann se encogió de hombros.

— Como desees, mago Zorander.

— Quítame esto enseguida —le ordenó Zedd dando golpecitos al collar.

— Debes llevar el collar —insistió ella, aguantando la sonrisa.

Zedd empezó a salvar la distancia que los separaba. Nathan se adelantó para detenerlo. Sin apartar los ojos de la Prelada Zedd levantó un brazo y apuntó a Nathan con un delgado dedo. El hombretón se tambaleó hacia atrás agitando los brazos, resbalando como si se encontrara sobre una superficie helada en pleno vendaval, hasta quedar aplastado contra la pared más alejada.

Entonces el mago alzó la otra mano y el techo se iluminó con un resplandor azulado. A medida que iba bajando la mano un plano de luz muy delgado, semejante a la superficie de un lago, también fue descendiendo y pasó sobre ellos. Ann abrió mucho los ojos. El plano de luz descendió hasta posarse en el suelo, donde se convirtió en una borboteante y tumultuosa capa de luz. La luz se fue fusionando en puntos brillantes.

De esos puntos surgieron relámpagos. Restallantes líneas de fuego blanco treparon por los muros de la estancia y la llenaron de acre aroma. Zedd describió un círculo con un dedo y los relámpagos saltaron de las paredes hacia el collar que llevaba. Al entrar en contacto con el metal brotaron destellos. Toda la estancia tembló en armonía con aquella danzante tempestad. El aire se llenó de polvo de piedra.

La mesa se elevó y estalló en una nube de polvo que fue absorbida en las corrientes de aquella luz que se retorcía sobre sí misma. La estancia tembló y gimió cuando enormes bloques de piedra se soltaron y empezaron a salirse de sus huecos en las paredes traqueteando.

Pese a la furia del poder desatado, Zedd se dio cuenta de que no funcionaba. En vez de romperse, el collar absorbía toda la energía. El mago extendió un brazo y puso fin a la barahúnda y a la luz. Sobrevino un resonante silencio. Enormes bloques de piedra colgaban de las paredes fuera de sus huecos. Todo el suelo se veía chamuscado y ennegrecido, pero ninguno de los presentes había sufrido daños.

Gracias al análisis que había realizado a través de la conexión de luz, Zedd había averiguado el verdadero alcance del poder de la Prelada, de la niña y de Nathan, así como sus puntos fuertes y sus puntos flacos. La Prelada no podía haber fabricado el collar, pues era el trabajo de magos, pero sabía cómo usarlo.

— ¿Ya has acabado? —inquirió Ann, ya sin sonrisa.

— Acabo de empezar.

Zedd alzó los brazos. En caso necesario era capaz de canalizar poder suficiente para levantar una montaña. Nada ocurrió.

— Creo que ya es suficiente. —Ann recuperó parte de su sonrisa—. Ahora entiendo de dónde ha sacado Richard tanto genio.

— ¡Tú! —la acusó Zedd señalándola con un dedo—. ¡Tú ordenaste que le pusieran el collar!

— Podría habérmelo llevado cuando era niño, pero dejé que creciera con tu amor y tus consejos.

Zedd podía contar con los dedos de una mano las veces que en toda su vida había perdido los estribos. Notaba que pronto iba a necesitar los dedos de la otra mano para seguir contando.

— No trates de apaciguarme con tus farisaicas excusas; nada justifica la esclavitud.

Ann lanzó un suspiro.

— Hay ocasiones en las que una Prelada, al igual que un mago, debe utilizar a sus semejantes. Lamento haberme visto obligada a utilizar a Richard, y ahora debo utilizarte a ti, pero no tengo elección. —Una nostálgica sonrisa le cruzó el semblante—. No te imaginas los problemas que me dio Richard mientras llevaba el collar.

— Si crees que Richard te dio problemas, espera a ver qué hago yo. El abuelo es capaz de mucho más que el nieto. Tú le pusiste uno de tus collares alrededor del cuello —prosiguió, muy enojado—. Te dedicas a secuestrar a niños de la Tierra Central. Has roto la tregua que existía desde hace miles de años. Ya conoces las consecuencias de eso. Las Hermanas de la Luz pagarán el precio.

Zedd se hallaba al borde del abismo, a punto de violar la Tercera Norma de un mago, pero no lograba actuar de un modo razonable. Y ésa era la única manera de violar la Tercera Norma.

— Conozco las consecuencias de que la Orden Imperial conquiste todo el mundo. Sé que ahora mismo no lo entiendes, mago Zorander, pero espero que te darás cuenta de que ambos luchamos en el mismo bando.

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