La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Por el silencio
Por defender la fechoría
Cuando Robespierre hablaba, los miembros del comité de vigilancia de la Comuna dejaban sus plumas y lo miraban fijamente. No jugueteaban con sus papeles ni se sonaban la nariz ni se distraían. Si tenían tos, procuraban reprimirla. Todos estaban serios. Robespierre esperaba que le dedicaran toda su atención, y ellos obedecían.
Existía un complot, según les explicó, destinado a colocar al duque de Brunswick en el trono de Francia. Por increíble que esto pudiera parecer -echó un vistazo alrededor de la sala, pero nadie se atrevió a manifestar la menor incredulidad- tal era la aspiración del comandante de las fuerzas aliadas, que algunos franceses alentaban, Brissot entre ellos.
Billaud-Varennes, el antiguo secretario de Danton, se apresuró a respaldar las declaraciones de Robespierre. A Max no le gustaba Billaud, el cual se jactaba de reconocer a un conspirador simplemente mirándole a los ojos.
Los funcionarios de la Comuna emitieron de inmediato órdenes de arresto contra Brissot y Roland. Robespierre se fue a casa.
Eléonore Duplay se lo encontró cuando cruzaba el patio.
– ¿Es verdad que están matando a todos los presos en las cárceles? -le preguntó la joven.
– Lo ignoro -respondió Max.
– Pero forzosamente tienes que saberlo -insistió Eléonore-. No pueden hacer nada sin consultártelo.
Robespierre la atrajo hacia sí, no en un gesto de cariño, sino porque deseaba influir en la expresión de su rostro.
– Suponiendo que fuera cierto, querida Eléonore, querida Cornélia, ¿acaso llorarías por ellos? Piensa en las personas que los austriacos están asesinando en estos momentos, expulsándolos de sus granjas, quemando sus hogares… ¿Por quiénes llorarías?
– No dudo de que hayas tomado la decisión acertada -contestó la joven-. Tú jamás te equivocas.
– Bueno, ¿por quiénes llorarías? -insistió Robespierre. Tras un breve silencio respondió él mismo a la pregunta-. Supongo que por todos.
Danton examinó los papeles que yacían en la mesa del fiscal. A fin de cuentas, siempre terminaba enterándose de todo.
Cuando vio las dos órdenes de arresto, las cogió y luego volvió a dejarlas sobre la mesa. Mientras las contemplaba, cavilando lentamente, empezó a temblar de pies a cabeza, como la mañana en que le comunicaron que su primer hijo había muerto. ¿Quién había estado todo el día en la Comuna? Robespierre. ¿Quién mandaba allí? Él, y Robespierre. ¿Quién había ordenado que se emitieran esas órdenes? Robespierre. Podía pedir que le mostraran las actas, para leer y juzgar las palabras que habían conducido a dictar las dos órdenes de arresto, para averiguar quiénes eran los culpables. Pero era tan imposible que la Comuna hubiera hecho eso sin la aprobación de Robespierre, como que Roland y Brissot fueran arrestados y no murieran aquella misma noche. Debo moverme rápidamente, pensó Danton.
Louvet, el frágil y atractivo novelista, amigo de Manon Roland, le tocó el codo y dijo:
– Robespierre denunció a Brissot…
– Eso veo -contestó Danton, cogiendo las órdenes. Luego se volvió hacia Louvet y dijo con tono feroz-: ¿Cómo habéis sido tan idiotas? ¿Cómo he podido ser yo mismo tan idiota? Ve a ocultarte en alguna parte.
A continuación dobló los documentos y los guardó en el bolsillo interior de la casaca.
– El pequeñajo tendrá que pasar sobre mi cadáver para recuperar estos papeles -dijo.
– Debemos librar otra guerra -dijo Louvet, rojo de ira-. O matamos a Robespierre, o él nos matará a nosotros.
– No me pidas que te salve -respondió Danton, empujándolo hacia el otro lado de la habitación-. Bastante tengo con salvar mi propio pellejo y ocuparme de los malditos alemanes.
Pétion cogió las órdenes de arresto y las dejó de nuevo sobre la mesa, como había hecho Danton.
– ¿Las ha autorizado Robespierre? Vaya, vaya, vaya… -dijo-. ¿Crees que lo sabía, Danton? ¿Crees que sabía que iban a matarlos?
– Por supuesto que lo sabe -contestó Danton, sentándose y cubriéndose la cara con las manos-. Mañana se habrá disuelto el Gobierno. Dios sabe qué pretendía con ello. O ha perdido la razón, o ha sido un gesto calculado, deliberado. En cuyo caso lo que pretende es alcanzar el poder, y desde 1789 nos ha estado mintiendo, no directamente, sino indirectamente… ¿Tú que crees, Pétion?
Pétion, aterrado, parecía hablar consigo mismo:
– Creo que… es mejor que la mayoría de nosotros, desde luego, pero la tensión de los últimos acontecimientos… -Le consideraban amigo de Brissot; su natural antipatía hacia éste no había impedido que le colgaran la etiqueta. Desde el 10 de agosto, los brissotinos habían gobernado por consentimiento tácito. Fingían haber invitado a Danton a participar en el Gobierno, cuando lo cierto es que éste les había devuelto los cargos y era él quien imponía su voluntad en todas las reuniones del gabinete, instalado en el enorme sillón que tiempo atrás había ocupado Capeto-. ¿Crees que Robespierre quiere matarme?
Danton se encogió de hombros. Lo ignoraba. Pétion se volvió, como si se sintiera avergonzado de sus pensamientos.
– Manon dijo esta mañana: «Robespierre y Danton sostienen la espada de Damocles sobre todos nosotros…»
– ¿Y qué le contestaste? -inquirió Danton.
– Al fin y al cabo, ciudadana, Robespierre no es más que un insignificante oficinista.
Danton se levantó y dijo:
– No es cierto que sostengo la espada de Damocles sobre vuestras cabezas. Puedes decírselo de mi parte. Pero no voy a arriesgar el cuello.
– No comprendo qué hicimos para merecer esto -se lamentó Pétion.
– Yo sí. Me refiero a que si fuera Robespierre, lo comprendería perfectamente. Hace tanto tiempo que estáis obsesionados con alcanzar ciertas ventajas políticas que habéis olvidado por qué anhelabais alcanzar ese poder. Me niego a defenderos, al menos en público. Hace meses que Camille intenta prevenirme contra Brissot. Lo mismo que Marat, aunque a su manera. Y Robespierre también ha hablado. Creíamos que lo único que hacía era hablar.
– Robespierre debe de haber descubierto que lo has bloqueado.
– No es un dictador.
Los afables rasgos de Pétion habían adquirido una intensa palidez.
– ¿Crees que te agradecería que lo salvaras de las consecuencias de una acción imprudente, fruto de un arrebato de ira?
– ¿Ira? Robespierre no conoce el significado de esa palabra. Me equivoqué al decir que había perdido la razón. No conseguirías que enloqueciera ni aunque lo encerraras en una mazmorra durante cincuenta años. Todo cuanto necesita lo tiene en la cabeza. -Danton apoyó unos instantes la mano en el hombro de Pétion-. Estoy seguro de que nos sobrevivirá a todos.
Cuando Danton entró en su casa, envuelto en una voluminosa casaca roja, su esposa le dirigió una mirada de rencor y se apartó de él. Luego cruzó los brazos sobre su vientre, como para ocultar el hecho de que se hallaba en estado.
– ¿Por qué me haces eso, Gabrielle? -preguntó Danton-. Si supieras… Si supieras a cuánta gente he salvado.
– Aléjate de mí -contestó ella-. No soporto siquiera tu presencia.
Danton llamó a una de las sirvientas y le ordenó:
– Atiende a mi esposa.
Luego irrumpió en la casa de los Desmoulins. Sólo estaba Lucile, sentada plácidamente con un gato acurrucado en su regazo. Se había llevado todo a la Place des Piques: el niño, el gato y hasta el piano.
– Quería hablar con Camille -dijo Danton-. Pero no importa.
Luego se arrodilló junto a Lucile. El gato se encaramó de un salto en el brazo opuesto del sillón. He visto a ese gato acercarse ronroneando a Robespierre, pensó Danton. Los gatos son muy listos.
Lucile le acarició la mejilla y la frente tan suavemente que él apenas sintió el tacto de su mano.
– Deja que te lleve a la cama -dijo Danton, aunque no quería decir precisamente eso.