El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
– ¡Oh, no! ¡Oh, no! ¡Calla, mamá!
Y lloró por ella, por su dolor, sin comprender su dolor ni las palabras que decía. Fluyeron sus lágrimas, enroscándose en su corazón; había empezado el sacrificio, de una manera que nunca había imaginado. Pero, aunque lloraba por ella, ni siquiera por ella podía renunciar al sacrificio. La ofrenda debía hacerse, y, cuanto más duro le resultase hacerla, más valiosa sería a los ojos de Él.
Ella le había hecho llorar, por primera vez en su vida. Rechazó resueltamente su ira y su angustia. No; no era justo que pagara él su aflicción. Él era lo que sus genes habían querido que fuese. O su Dios. O el Dios de Ralph. Su hijo era la luz de su vida. No debía sufrir por causa de ella.
– No llores, Dane -murmuró, frotando las huellas en su brazo-. Lo siento, no quería hacerlo. Ha sido la impresión, y nada más. Desde luego, me alegro por ti, ¡me alegro de veras! ¿Cómo podía ser de otra manera? Me impresioné, porque no lo esperaba; esto es todo. -Rió entre dientes, nerviosamente-. ¡Lo dijiste tan de repente!
Los ojos de él se serenaron, pero la miraron con cierta inquietud. ¿Por qué se había imaginado que la estaba matando? Eran los ojos de mamá, tal como habían sido siempre: llenos de amor, de vida. Los firmes brazos la atrajeron, la estrecharon.
– ¿Estás segura de que no lo sientes?
– ¿Sentirlo? ¿Sentir, una buena madre católica, que su hijo sea sacerdote? ¡Imposible! -Se puso en pie de un salto-. ¡Brr! Hace frío. Volvamos a casa.
No habían ido a caballo, sino en un «Land-Rover» parecido a un jeep; Dane se puso al volante y su madre se sentó a su lado.
– ¿Sabes adonde irás? -preguntó Meggie, ahogando un suspiro y apartándose los cabellos de los ojos.
– Supongo que al Colegio de San Patricio. Al menos, hasta que me oriente bien. Después, tal vez ingresaré en una Orden. Me gustaría nacerme jesuíta, pero no estoy lo bastante seguro para ingresar directamente en la Compañía de Jesús.
Meggie contempló la hierba amarillenta a través del parabrisas salpicado de insectos.
– Tengo una idea mucho mejor, Dane.
– ¿Eh?
Se había concentrado en la conducción del vehículo; el sendero serpenteaba un poco, y siempre había algún nuevo tronco atravesado en él.
– Te enviaré a Roma, con el cardenal De Bricas-sart. Te acuerdas de él, ¿verdad?
– ¿Si me acuerdo de él? ¡Vaya una pregunta, mamá! ¡No creo que pudiese olvidarlo en un millón de años! Es mi modelo de sacerdote perfecto. Si pudiese ser como él, rae sentiría feliz.
– ¡Cada cual es perfecto a su manera! -replicó secamente Meggie-. Pero te pondré bajo su cuidado, porque sé que velará por ti. Podrás ingresar en un seminario de Roma.
– ¿Hablas en serio, mamá? ¿De veras? -La ansiedad sustituyó al gozo en su semblante-. ¿Tenemos dinero bastante, mamá? Sería mucho más barato si me quedase en Australia.
– Oradas al cardenal De Bricassart, nunca te faltará el dinero, querido.
Al llegar ante la puerta de la cocina, ella le empujó para que entrase.
– Ve y díselo a. las chicas y a la señora Smith -le animó-. Se sentirán profundamente emocionadas.
Meggie se apeó despacio, y despacio subió a la mansión y entró en el salón donde se hallaba Fee, no trabajando -milagrosamente-, sino hablando con Anne Mueller, mientras tomaban el té- de la tarde. Al entrar Meggie, levantaron ambas la cabeza y vieron que pasaba algo serio.
Durante dieciocho años, los Mueller habían visitado Drogheda, esperando que nunca se interrumpiría esta costumbre. Pero Luddie Mueller había muerto de repente el otoño pasado, y Meggie había escrito en seguida a Anne, preguntándole si le gustaría vivir permanentemente en Drogheda. Había sitio de sobra, y una casa para invitados, si prefería el aislamiento; podía pagar pensión, si su orgullo lo exigía así, aunque sabía Dios que había dinero suficiente para mil invitados permanentes. Meggie vio en ello la oportunidad de corresponder al bien que le habían hecho durante sus años de soledad en Queensland, y Anne lo consideró su salvación. Himmelhoch, sin Luddie, era terriblemente solitario. Pero no había vendido la finca, sino que había encargado su gobierno a otra persona; cuando ella muriese, pasaría a Justine.
– ¿Qué pasa, Meggie? -preguntó Anne.
Meggie se sentó.
– Creo que ha caído un rayo sobre mi cabeza.
– ¿Qué?
– Las dos teníais razón. Dijisteis que perdería a Dane. Yo no lo creí, pues pensaba que podría más que Dios. Pero ninguna mujer puede vencer a Dios. Él es un Hombre.
Fee sirvió una taza de té a Meggie.
– Toma, bebe -le dijo, como si el té tuviese el poder reanimador del coñac-. ¿Cómo lo has perdido?
– Va a hacerse cura.
Empezó a reír y llorar al mismo tiempo. Anne cogió sus palos, se acercó al sillón de Meggie y se senté en uno de los brazos de aquél, acariciando los delica dos cabellos de un rojo dorado.
– ¡Oh, querida! No veo nada malo en ello.
– ¿Sabes lo de Dane? -preguntó Fee a Anne.
– Siempre lo he sabido -contestó Anne.
Meggie se serenó.
– ¿Dices que no ves nada malo en ello? Es el principio del fin, ¿no lo comprendes? El pago. Yo robé Ralph a Dios, y lo pago con mi hijo. Tú me dijiste que era un robo, mamá, ¿lo recuerdas? Yo no quise creerte; pero tenías razón, como siempre.
– ¿Va a ir a San Patricio? -preguntó Fee, yendo a lo práctico.
Meggie volvió a reír, más normalmente.
– Esto no sería una reparación, mamá. Le enviaré a Ralph, naturalmente. Pertenece a Ralph en una mitad; que Ralph disfrute al fin de él. -Se encogió de hombros-. Él es más importante que Ralph, y yo sabía que quería ir a Roma.
– ¿Le dijiste a Ralph lo de Dane? -preguntó Anne, tocando por vez primera este tema.
– No, y nunca lo haré. ¡Nunca!
– Se parecen tanto que él puede adivinarlo.
– ¿Quién? ¿Ralph? ¡Nunca lo sospechará! Es lo único que voy a conservar. Le enviaré mi hijo, pero nada más. No le enviaré su hijo.
– Teme los celos de los dioses, Meggie -‹dijo Anne, a media voz-. Tal vez no hayan acabado aún contigo. -¿Qué más pueden hacerme? -gimió Meggie.
Cuando Justine se enteró de la noticia se puso furiosa, aunque hacía ya tres o cuatro años que sospechaba que llegaría este momento. Para Meggie, había sido como un ravo; para Justine, como una esperada ducha de agua helada.
Ante todo, porque Justine hgbía estado en el colegio en Sydney al mismo tiempo que él, y, como confidente suya, le había oído hablar de cosas que no mencionaba a su madre. Justine sabía la importancia vital que tenía la religión para Dane; no solamente Dios, sino también la significación mística del ritual católico: «Si- hubiese nacido protestante y hubiese sido educado como tal -pensaba ella-, sin duda se habría convertido al catolicismo para satisfacer una exigencia de su alma.» A Dane no le convenía un Dios austero, calvinista. Sü Dios estaba pintado en vidrieras de colores, envuelto en humo de incienso, vestido de seda y bordados de oro, y era cantado en himnos complejos y adorado con subyugantes cadencias latinas.
También había una especie de perversión irónica en el hecho de que alguien tan favorecido por la Naturaleza considerase su belleza como un estorbo y deplorase su existencia. Que era lo que hacía Dane. Rechazaba toda referencia a su aspecto; Justine pensaba que habría perferido nacer feo y nada atractivo. En parte, comprendía lo que sentía él, y, tal vez porque su propia carrera se desarrollaba en una profesión notoriamente narcisista, aprobaba su actitud en lo tocante a su apariencia. Lo que no podía comprender en absoluto era que odiase positivamente su hermosura, en vez de hacer caso omiso de ella.