El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
A punto de terminar su último año en Riverview, Dane era el capitán del colegio, capitán de los equipos de criquet, de rugby, de balonmano y de tenis. Y primero de su clase, por añadidura. A sus diecisiete años, medía un metro ochenta y cinco, su voz se había fijado definitivamente en la de barítono, y se había librado milagrosamente de inconvenientes tales como los barrillos, la tosquedad o una movediza nuez de Adán. Como era tan rubio, no se afeitaba todavía, pero, en todos los demás aspectos, parecía más un joven que un colegial. S‹)lo el uniforme de Riverview delataba su condición.
Era un día tibio y soleado. Dane se quitó el sombrero de paja de marinero del colegio y se tumbó en la hierba. Justine estaba sentada a su lado, encorvada y con los brazos cruzados sobre las rodillas, para asegurarse de que toda su piel quedaba protegida por la sombra. Él abrió un perezoso ojo. azul y la miró.
– ¿Qué hiciste anoche, Jus?
– Perdí mi virginidad. Al menos, creo que la perdí.
Dane abrió los dos ojos.
– ¡Eres una estúpida!
– ¡Bah! Ya era hora de que lo hiciese. ¿Cómo podría ser una buena actriz si no supiese lo que pasa entre los hombres y las mujeres?
– Deberías haberte reservado para el hombre con quien te cases.
Ella frunció el rostro, con irritación.
– Sinceramente, Dane, a veces eres tan anticuado que me confundes. Suponte que no encuentro un hombre para casarme hasta los cuarenta años. ¿Qué esperas que haga? ¿Quedarme sentada durante todos estos años? ¿Es esto lo que vas a hacer tú? ¿Reservarte para el matrimonio?
– Me parece que no me casaré nunca.
– Bueno, tampoco yo. En cuyo caso, ¿por qué atarlo con una cinta azul y guardarlo en el inexistente baúl de la esperanza? No quiero morir sin saber lo que es esto.
Él hizo una mueca.
– Ahora ya no puedes. -Se puso de bruces, apoyó el mentón en una mano y miró fijamente a su hermana, con expresión amable, preocupada-. ¿Qué tal te fue? Quiero decir, ¿fue horrible? ¿Te dio asco?
Ella frunció los labios, recordando.
– No me dio asco. Y tampoco fue horrible. Por otra parte no comprendo que todos se vuelvan locos por esto. Agradable es lo más que me atrevería a decir. Y no ejegí a un cualquiera; elegí a un hombre muy atractivo y lo bastante viejo para saber lo que hacía.
Él suspiró.
– Eres una estúpida, Justine. Me habrías hecho mucho más feliz si hubieses dicho: «Él no vale gran cosa; pero nos conocimos, y no pude resistirme.» Puedo comprender que no quieras esperar hasta que te cases, pero, en todo caso, debería ser algo que deseases por la persona, nunca por el acto, Jus. No me sorprende que no te entusiasmase.
La expresión triunfal se borró de la cara de ella.
– ¡Oh, maldito seas! ¡Ahora has hecho que me sienta horrible! Si no te conociese tan bien, diría que estás tratando de rebajarme…, al menos en lo tocante a los motivos.
– Pero me conoces bien, ¿verdad? Nunca he querido rebajarte, pero, a veces, tus motivos son completamente tontos e irreflexivos. -Adoptó una voz lúgubre y monótona-. Soy la voz de tu conciencia, Justine O'Neill.
– También tú eres estúpido. -Olvidando la sombra, se tumbó también en el césped, a su lado, para que él pudiese verle la cara-. Y sabes por qué, ¿no es cierto?
– ¡Oh, Jussy! -dijo tristemente él, pero no pudo añadir nada, porque ella habló de nuevo, en tono un tanto salvaje.
– ¡Nunca, nunca, nunca voy a amar a nadie! Si amas a la gente, te matan. Si necesitas a la.gente, te matan. Lo hacen, ¡puedes creerme!
A él siempre le afligía que ella se sintiese privada de amor, y le dolía más porque sabía la causa. Si había una razón de peso para que ella fuese tan importante para él, era porque ella le quería lo suficiente para no guardarle rencor por nada, porque nunca había dado muestras de dejar de quererle por celos o resentimiento. Para él, era un hecho cruel que su hermana se moviese en un círculo exterior, mientras él estaba en el mismísimo centro. Había rezado y rezado para que cambiaran las cosas, pero las cosas no cambiaban. Lo cual no había debilitado su fe, pero sí que le había indicado con nuevo énfasis que algún día, en alguna parte, tendría que pagar por el cariño derramado sobre él a expensas de ella. Justine ponía al mal tiempo buena cara, incluso había logrado convencerse de que lo pasaba muy bien en aquella órbita exterior; pero él sentía su dolor. Él sabía. ¡Tenía ella tantas cosas dignas de ser amadas, y él, tan pocas! Sin esperanza de comprenderlo de un modo diferente, presumía que él se llevaba la parte del león en el amor a causa de su belleza, de su carácter más tratable, de su capacidad de comunicarse con su madre y con los otros de Drogheda. Y porque era varón. Muy pocas cosas se le escapaban, salvo las que simplemente no podía saber, y había gozado como nadie de la confianza y la camaradería de Justine. Mamá importaba a Justine mucho más de lo que ésta quería confesar.
«Pero lo purgaré -pensó-. Yo lo he tenido todo. De alguna manera, tengo que pagarlo, compensarla a ella.»
De pronto, miró casualmente su reloj y se puso en pie de un salto; por mucho que admitiese su deuda para con su hermana, había Alguien a quien aún debía más.
– Tengo que marcharme, Jus.
– ¡Tú y tu dichosa Iglesia! ¿Cuándo vas a prescindir de ella?
– Espero que nunca.
– ¿Cuándo nos veremos?
– Como hoy es viernes, bueno, mañana mismo; a las once, aquí.
– De acuerdo. Que seas bueno.
El se había alejado ya unos metros, calado el sombrero de Riverview, pero se volvió y le sonrió.
– ¿Acaso no lo soy siempre?
Ella le hizo un guiño.
– ¡Por Dios que no! Eres demasiado bueno para ser real; yo soy la única que está siempre en apuros. Hasta mañana.
En el interior del vestíbulo de Santa María, había unas grandes puertas tapizadas de cuero rojo; Dane abrió una de ellas y se deslizó en el interior. Se había separado de Justine un poco antes de lo estrictamente necesario, pero le gustaba entrar en la iglesia antes de que se llenase y se convirtiese él en centro variable de suspiros, toses, susurros y murmullos. Cuando estaba solo, se sentía mucho mejor. Había un sacristán que encendía las velas del altar mayor; un diácono, juzgó sin miedo a equivocarse. Con la cabeza inclinada, hizo una genuflexión y se santiguó, al pasar por delante del tabernáculo, y se deslizó sin ruido en uno de los bancos.
Se arrodilló, apoyó la cabeza en las manos cruzadas y dejó que su mente flotase libremente. No rezó conscientemente, sino que más bien se convirtió en parte intrínseca de la atmósfera, la cual sentía densa, pero etérea, indeciblemente santa, acariciadora. Era como si se hubiese convertido en una llama de las lamparitas de vidrio rojo del sagrario, que chisporroteaban siempre al borde de la extinción, sostenidas por un charquito de esencia vital, brillando un momento, pero conservando su fulgor latente en la más profunda oscuridad. Quietud, carencia de forma, olvido de su identidad humana: esto era lo que sentía Dane cuando estaba en una iglesia. En ninguna otra parte se sentía tan bien, tan en paz consigo mismo, tan ajeno al dolor. Bajas las pestañas, cerrados los ojos.
Desde la galería del órgano, llegó un rumor de pisadas, unos bufidos preparatorios, un jadeo de los tubos. El coro de la escolanía de la catedral de Santa María había llegado temprano para practicar un poco antes de empezar el ritual. No era más que una bendición del mediodía del viernes, pero oficiaba un amigo y maestro de Dane, de Riverview, y él había querido asistir.
El órgano emitió unos breves acordes, redujo su tono en un murmullo de acompañamiento, y, bajo los sombríos arcos de piedra labrada, surgió una voz infantil e irreal, fina, aguda y dulce, tan llena de inocente pureza que las pocas personas que estaban en la grande iglesia vacía cerraron los ojos, añorando algo que nunca podrían recuperar.