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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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Pañis angeticus, Fit pañis hominum, Dat pañis coelicus.

Fuguris terminum. O res mirabilis, Manducat Dominas, Pauper, pauper, Servus et kumüis…

Pan de los ángeles, pan celestial, ¡oh, maravilla! Desde lo profundo clamo a Ti, Señor, ¡oye mi voz! Presta oído a mi súplica. No me vuelvas la espalda, ¡oh, Señor!, no me vuelvas la espalda. Porque Tú eres mi Soberano, mi Maestro, mi Dios, y yo soy tu humilde servidor. Sólo una cosa cuenta a Tus ojos, la bondad. A Ti no te importa que tus siervos sean hermosos o feos. Para Ti, sólo cuenta el corazón; Tú eres remedio de todo, en Ti encuentro la paz.

¡Qué soledad, Señor! Haz que acabe pronto el dolor de la vida. Ellos no comprenden que yo, a pesar-de mis dotes, encuentre la vida tan dolorosa. Pero Tú sí que lo comprendes, y Tu consuelo es lo único que me sostiene. Exígeme lo que quieres, ¡oh, Señor!, y Te lo daré, porque Te amo. Y, si puedo pedirte algo, es que me dejes olvidar en Ti todas las demás cosas…

– 'Estás muy callada, mamá -dijo Dane-. ¿En qué piensas? ¿En Drogheda?

– No -dijo Meggie, soñolienta-. Pensaba que me estoy haciendo vieja. Esta mañana, me encontré seis cabellos blancos, y me dolieron los huesos.

– Tú nunca serás vieja, mamá -dijo él, para consolarla.

– Ojalá fuese verdad, querido; pero, desgraciadamente, no lo es. Empiezo a necesitar el manantial, y esto es señal segura de vejez.

Estaban tumbados, tomando el tibio sol del invierno, sobre unas toallas extendidas sobre la hierba de Drogheda, junto al manantial. Al otro lado de la gran charca, retumbaba y saltaba el agua hirviente, y un olor a azufre se elevaba y se desvanecía en el aire. Una de las grandes diversiones del invierno era nadar en la charca. Todos los dolores de la edad avanzada se mitigaban, pensó Meggie, y se tumbó boca arriba, protegida su cabeza por la sombra del tronco donde se había sentado, hacía muchos años, ella y el padre Ralph. Hacía tanto tiempo, que era incapaz de recordar siquiera lo que había sentido cuando la había besado Ralph.

Entonces oyó que Dane se levantaba, y abrió los ojos. Dane había sido siempre su pequeño, su hijito adorado; aunque le había visto cambiar v crecer, con justificado orgullo, lo había hecho superponiendo la imagen del niño reidor a su rostro de adulto. Nunca se le había ocurrido pensar que, en realidad, ya no era un niño.

Sin embargo, Meggie lo comprendió en aquel instante, al verle levantarse y recortar su silueta sobre el claro cielo, llevando sólo su breve traje de baño de algodón.

¡Dios mío, todo ha terminado! La primera infancia, la segunda infancia. Ahora es un hombre. Orgullo, resentimiento, un derretimiento femenino del alma, la terrible conciencia de una tragedia inminente, ira, adoración, tristeza: todo esto y mucho más sintió Meggie al mirar a su hijo. Era una cosa terrible crear un hombre, y más terrible aún crear un hombre como éste. Sorprendentemente varonil, sorprendentemente hermoso.

Ralph de Bricassart, más un poco de ella misma. ¿Cómo no había de sentirse conmovida al ver en su extrema juventud el cuerpo del hombre que se había unido a ella en el amor? Cerró los ojos, turbada, irritada, porque tenía que pensar en su hijo como hombre. Al mirarla él, ¿veía una mujer, o seguía siendo ella aquel maravilloso enigma que es la madre? ¡Maldición! ¡Maldición! ¿Por qué había tenido que crecer?

– ¿Sabes algo de las hembras. Dane? -preguntó de pronto, abriendo los ojos.

Él sonrió.

– ¿Te refieres a los pájaros y a las abejas?

– Ésto no puedes dejar de saberlo, teniendo a Justine por hermana. Cuando descubrió lo que había en las paginas de los libros de texto de fisiología, se lo explico a todo el mundo. No; me refiero a si has puesto en -práctica alguna de las tesis clínicas de Justine.

El negó con un rápido movimiento de cabeza, se tumbó en la hierba al lado de ella y la miró a la cara.

– Es curioso que me preguntes esto, mamá. Hacía tiempo.que quería hablarte de ello, pero no sabía cómo empezar.

– Sólo tienes dieciocho años, querido. ¿No es un poco pronto para pensar- en poner en práctica las teorías?

Sólo dieciocho años. Sólo. Era un hombre, ¿no?

– Precisamente de esto quería hablarte. De no poner en práctica las teorías.

El viento que soplaba desde la Gran Divisoria era muy_ frío. Era curioso que Meggie no lo hubiese advertido hasta ahora. ¿Donde estaba su albornoz?

– ¿No ponerlas en práctica? -replicó con sencillez, y no era una pregunta.

– Exactamente. No quiero hacerlo, nunca. Y no es que no haya pensado en tener una esposa, unos hijos. Lo he pensado. Pero no puedo. Porque no hay espacio suficiente. para amarlos a ellos y también a Dios, del modo en que yo quiero amar a Dios. Lo sé desde hace muchísimo tiempo. Creo que lo he sabido siempre, y, cuanto más crezco en edad, más aumenta mi amor a Dios. ¡El amor a Dios es un misterio muy grande!

Meggie contemplaba aquellos ojos azules, serenos, distantes. Los ojos de Ralph. Pero con un ardor que no tenían los de Ralph. ¿Lo habrían tenido a sus dieciocho años? ¿Sería algo que sólo podía experimentarse a los dieciocho años? Cuando ella había entrado en la vida de Ralph, éste tenía diez años más que aquella edad. Pero su hijo era un místico; ella lo había sabido siempre. Y no creía que, en ninguna fase de su vida, se hubiese sentido Ralph inclinado al misticismo. Tragó saliva y se ciñó el albornoz sobre sus huesos solitarios.

– Por consiguiente -siguió diciendo Dane-, me pregunté cómo podía mostrarle lo mucho que le amaba. Rechacé la respuesta durante mucho tiempo, porque no quería verla. Deseaba demasiado la vida del hombre. Sin embargo, sabía cuál tenía que ser mi ofrenda; lo sabía… Sólo hay una cosa que pueda ofrecerle, para demostrarle que no existe nada en mi corazón antes que Él. Debo ofrecerle Su único rival; éste es el sacrificio que Él me exige. Yo soy Su siervo, y Él no quiere rivales. Tenía que elegir. Él me deja tener y disfrutar de todo, menos esto. -Suspiró y arrancó una brizna de hierba de Drogheda-. Debo demostrarle que comprendo por qué me favoreció tanto al nacer yo. Debo demostrarle que comprendo lo insignificante que es mi vida como hombre.

– No puedes hacer eso, ¡no lo permitiré! -gritó Meggie, alargando una mano y apretándole el brazo.

¡Qué suave era! ¡Qué gran vigor, oculto debajo de la piel! Como Ralph. ¡Exactamente como Ralph! ¿No habría una moza lozana que pudiera apoyar su mano en él, con todo derecho?

– Seré sacerdote -dijo Dane-. Entraré a Su servicio, enteramente; le ofreceré todo lo que tengo y todo lo que soy. Pobreza, castidad y obediencia. Es lo menos que Él exige a sus siervos elegidos. No será fácil, pero voy a hacerlo.

¡Ésa mirada en los ojos de ella! Como si la estuviesen matando, pisoteándola en el polvo. Él no había pensado que tendría que pasar por esto; antes al contrario, se había imaginado que ella se sentiría orgullosa de él, satisfecha de entregar su hijo a Dios. Decían que ella se emocionaría, se elevaría, estaría completamente de acuerdo. Y en vez de esto, le mira ba como si el sacerdocio de él fpese su sentencia de muerte.

– Es lo que siempre he querido ser -dijo Dane, desalentado al ver sus ojos de moribunda-. ¡Oh, mamá! ¿No puedes comprenderlo? Siempre, siempre quise ser sacerdote.!No puedo ser otra cosa!

Ella apartó la mano de su brazo; miró y vio en éste las huellas blancas de sus dedos, los pequeños arcos en su piel donde había clavado sus uñas. Levantó la cabeza y se echó a reír; unas carcajadas histéricas y amargas, una risa sarcástica.

– ¡Oh! ¡Es demasiado bueno para ser verdad! -jadeó, cuando pudo volver a hablar, enjugándose las lá grimas de las comisuras de los párpados con el dorso de una mano temblorosa-. ¡Increíble ironía! Cenizas de rosas, dijo él aquella noche, cabalgando hacia el manantial. Y yo no comprendí lo que quería decir Eres polvo, y en polvo te convertirás. Perteneces a la Iglesia, y volverás a la Iglesia. ¡Magnífico, magnífico! ¡Oh, Dios! ¡Yo digo que Dios es el más grande enemigo de las mujeres! Todo lo que nosotras tratamos de hacer, ¡ Él lo deshace!

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