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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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Ella cogió sus cigarrillos y contempló la caja enfundada, sonriendo.

– En algunas cosas, quizá.

Él asió rápidamente la parte inferior de la funda dé celofán. Tiró de él y lo sostuvo en la mano; después, con ademán dramático, lo aplastó y lo dejó caer en el cenicero, donde el papel crujió, se retorció y se desplegó.

– Si pudiese, me gustaría enseñarte lo que es ser mujer.

Por un momento, ella no dijo nada, absorta en las cabriolas del celofán en el cenicero; después, encendió una cerilla y le prendió fuego.

– ¿Por qué no? -preguntó a la breve llama-. Sí, ¿por qué no?

– ¿Prefieres que sea algo divino, con luz de luna y rosas, y apasionado galanteo, o lo prefieres breve y punzante, como una flecha? -declamó él, llevándose una mano al corazón.

Ella se echó a reír.

– Mira, Arthur, prefiero que no sea breve. Pero nada de rosas y luz de luna, por favor. Mi estómago no está hecho para galanteos apasionados.

Él la miró tristemente, meneando la cabeza.

– ¡Oh, Justine! Todos los estómagos están hechos para la pasión, incluso el tuyo, joven y fría vestal. Espera a ver. Un día lo desearás con ansiedad.

– ¡Bah! -Se levantó-. Vamos, Arthur; acabemos de una vez, antes de que cambie de idea.

– ¿Ahora? ¿Esta noche?

– ¿Y por qué no? Tengo dinero sobrado para una habitación de hotel, si tú andas escaso de él.

El «Hotel Metropole» no estaba lejos; caminaron por las dormidas calles, cogidos amigablemente del brazo, riendo. Era demasiado tarde para los que comían en los restaurantes y demasiado temprano para la salida de los teatros; por consiguiente, había poca gente por allí; sólo grupos de marinos americanos de una fuerza de trabajo, de visita en la ciudad, y otros grupitos de muchachas que les miraban de reojo. Nadie se fijaba en ellos, cosa muy conveniente para Arthur. Éste entró en una farmacia, mientras Justine esperaba fuera, y salió sonriendo satisfecho.

– Bueno, todo está a punto, mi amor.

– ¿Qué has comprado? ¿Preservativos?

Él hizo una mueca.

– De ninguna manera. Esas cosas parecen páginas del Reader's Digest: repelencia condensada. No; he comprado un poco de vaselina. Pero, ¿Qué sabes tú de preservativos?

– ¿Después de siete años en un pensionado católico? ¿Qué te imaginas que hacíamos? ¿Rezar? -Hizo un guiño-. Confieso que sí, pero también hablábamos de lodo.

El señor y la señora Smith cuidaban personalmente de su reino, lo cual no estaba mal para una habitación de hotel en la Sydney de aquella época. Los tiempos del «Hilton» pertenecían aún al futuro. Era muy amplia y tenía una vista soberbia sobre el Sydney Harbor Bridge. No había baño, desde luego, pero sí una jofaina y un cubo en un tocador cubierto de mármol que hacía juego con los enormes y viejos muebles Victorianos.

– Bueno, ¿qué tengo que hacer ahora? -preguntó ella, descorriendo las cortinas-. Es una vista magnífica, ¿no?

– Sí. En cuanto a lo que tienes que hacer, tienes que quitarte el pantalón, naturalmente.

– ¿Nada más? -preguntó ella, con malicia.

Él suspiró.

– ¡Quítatelo todo, Justine! Hay que sentir la piel sobre la piel.

Ella se desnudó rápidamente, sin pizca de vergüenza, y se tumbó en la cama…

– ¿Está bien así, Arthur?

– ¡Uf! -dijo él, doblando cuidadosamente los pantalones, pues su esposa miraba siempre si los llevaba arrugados.

– Bueno, ¿qué te pasa?

– No te las des de graciosa, querida, porque no te sienta bien. -Encogió el estómago, se acercó a la cama, subió a ella y empezó a depositar expertos besas en sus mejillas, en el cuello, en el seno izquierdo-. ¡Hum! Eres bonita. -La rodeó con sus brazos-. ¡Así! ¿No te gusta?

– Supongo que sí. Sí, está muy bien.

Se hizo el silencio, solamente interrumpido por el sonido de los besos y algún murmullo ocasional. A los pies de la cama, había un enorme tocador con un espejo.

– Apaga la luz, Arthur.

– ¡Oh, no, querida! Lección número uno. -No hay ningún aspecto del amor que no pueda resistir la luz.

Después del trabajo preparatorio con la vaselina, Arthur se colocó en la posición adecuada. Un poco dolorida pero muy cómoda, no extasiada, pero sintiéndose un poco maternal, Justine miró por encima del hombro de Arthur y su mirada tropezó con el espejo de los pies de la cama.

Acortadas por la perspectiva, las piernas velludas de él parecían ridiculas entre las de ella, finas y sin pecas; pero la imagen del espejo estaba dominada por las nalgas de Arthur, que parecían saludarla alegremente.

Justine miró y volvió a mirar. Se apretó la boca con el puño, farfullando y gimiendo.

– Ya está, ya está, querida, ¡todo va bien! Ahora ya no puede dolerte mucho -murmuró él, abrazándola con más fuerza y susurrándole frases inarticuladas de cariño.

De pronto, ella echó la cabeza atrás, abrió la boca en un largo y angustioso aullido, y éste se convirtió en un torrente de estruendosas carcajadas. Y, cuanto más furioso Se ponía él, con más fuerza reía ella, señalando con el dedo los pies de la cama y corriendo las lágrimas por sus mejillas. Tenía el cuerpo convulso, pero no de la manera que había esperado el pobre Arthur.

En muchos aspectos, Justine estaba más cerca de Dane que su propia madre, y lo que ellos sentían por mamá pertenecía a mamá, y no impedía ni chocaba con lo que sentían el uno por el otro. Lo habían forjado muy temprano, y había crecido, más que disminuido. Cuando mamá fue liberada de su esclavitud en Drogheda, eran lo bastante mayores para sentarse a la mesa de la cocina de la señora Smith, y a hacer los deberes de sus estudios por correspondencia; el hábito de buscar solaz el uno en el otro había quedado establecido para siempre.

Aunque de carácter muy difeFente, compartían muchos gustos y aficiones, y, cuando no los compartían, se los toleraban con respeto instintivo como diferencias necesarias. Y, en efecto, se conocían muy bien. Ella tendía de un modo natural a deplorar las flaquezas humanas de los otros y a ignorar las propias; él tendía sin hipocresías a comprender y perdonar las flaquezas humanas de los otros y a condenar de manera implacable las propias. Ella se sentía invenciblemente fuerte; él se sabía peligrosamente débil.

Y, de algún modo, todo esto derivó en una amistad casi perfecta y en nombre de la cual casi nada era imposible. Sin embargo, como Justine era mucho más habladora, Dane tenía que oír, acerca de ella y de lo que sentía, mucho más de lo que ella oía de él. En algunos aspectos, ella tenía algo de imbécil moral, en el sentido de que no había nada sagrado para ella, y él estaba convencido de que su función era imbuirle unos escrúpulos de los que carecía. Así, aceptó su papel de oyente pasivo, con una ternura y una compasión que habrían sacado a Justine de sus casillas si las hubiese sospechado. Cosa que no hizo nunca; por lo que siguió confiándoselo todo, como había hecho desde que Dane había sido lo bastante mayor para prestarle atención.

– Adivina lo que hice anoche -le dijo, ajustándose el gran sombrero de paja, de modo que su cara y su cuello quedasen bien protegidos.

– Representaste tu primer papel estelar -dijo Dane.

– ¡Tonto! ¿Te imaginas que no te lo habría dicho, para que vineses a verme? Prueba otra vez.

– Paraste un puñetazo de Bobbie dirigido a Billie. -Frío como el corazón de una madrastra. Él se encogió de hombros, aburrido. -Me rindo.

Estaban sentados sobre la hierba del jardín público, justo al pie de la mole gótica de la catedral de Santa María. Dane había telefoneado para decirle a Justine que iba a asistir a una ceremonia especial en la catedral y preguntarle si podían verse antes un rato en el jardín público. Y ella podía, desde luego; estaba ansiosa por contarle su último episodio.

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