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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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Sonó el teléfono; el cardenal Ralph levantó el auricular con mano ligeramente temblorosa y habló en italiano.

– Sí, gracias; iremos en seguida. -Se puso en pie-. Es la hora del té de la tarde, y lo tomaremos con un viejo, muy viejo amigo mío. Después del Santo Padre, es probablemente el hombre más importante de la Iglesia. Le dije que te esperaba, y expresó el deseo de conocerte.

– Gracias, Eminencia.

Cruzaron varios pasillos y, después de atravesar unos agradables jardines muy distintos de los de Drogheda, con altos cipreses y álamos, pulcros rectángulos de césped, rodeados de columnatas y de losas musgosas; pasaron bajo arcos góticos y puentes del Renacimiento. Dane lo captaba todo, y le gustaba Un mundo muy diferente de Australia, tan vieja, perpetua.

Tardaron cinco minutos, andando a paso vivo, para llegar al palacio; entraron y subieron una gran escali nata de mármol, a cuyos lados pendían tapices de valor incalculable.

Vittorio Scarbanza, cardenal Di Contini-Verchese, tenía ahora sesenta y seis años; físicamente, estaba medio inválido a causa de una dolencia reumática, pero su mente seguía tan inteligente y despierta como siempre. Su gato actual, un ruso azul llamado Nata cha, runruneaba acurrucado en su falda. Como el cardenal no podía levantarse para saludar a sus vi sitantes, se limitó a dirigirles una amplia sonrisa a invitarles a acercarse con un ademán. Sus ojos pa saron del rostro de Ralph al de Dane O'Neill, y se abrieron más, se fruncieron y miraron fijamente a éste. Sintió que su corazón flaqueaba dentro de su pecho, se llevó una mano a éste, en un ademán ins tintivo de protección, y contempló estúpidamente la versión juvenil de Ralph de Bricassart.

– ¿Se encuentra bien, Vittorio? -preguntó ansio sámente el cardenal Ralph, asiendo la frágil muñeca con sus dedos, para tomarle el pulso.

– Claro que sí. No ha sido más que un dolor pa sajero. Siéntense, ¡siéntense!

– Primero quisiera presentarle a Dane O'Neill, que como le dije, es hijo de una amiga mía muy querida Dane, te presento a Su Eminencia el cardenal Di Con tini-Verchese.

Dane se arrodilló y besó el anillo; por encima de su cabeza inclinada, la mirada del cardenal Vittorio buscó la cara de Ralph y la escrutó más minuciosa mente que en todos los años pasados. Se sintió un poco más tranquilo; seguro que ella no se lo había dicho. Y él no sospecharía, como es natural, lo que presumirían inmediatamente todos los que los viesen juntos. No padre e hijo, desde luego, pero sí un pa rentesco próximo por consanguinidad. ¡Pobre Ralph! Él no se había fijado nunca en su propia manera de andar, no había observado la expresión de su cara, no se había dado cuenta de la desviación hacia arri ba de su ceja izquierda. Dios era ciertamente muv bueno, al cegar de este modo a los hombres.

– Siéntense. Ahora traerán el té. Bueno, jovenei to, tengo entendido que quieres ser sacerdote y has buscado la ayuda del cardenal De Bricassart, ¿eh?

– Sí, Eminencia.

– Has elegido bien. Si él cuida de ti, nada malo puede ocurrirte. Pero pareces un poco nervioso, hijo mío. ¿Te sientes extraño aquí?

Dane sonrió, y su sonrisa era la de Ralph, salvo, quizá, su deliberado encanto; pero tan parecida a la de Ralph, que el viejo y cansado corazón del cardenal sintió algo como un arañazo fugaz de un alambre espinoso.

– Estoy abrumado. Eminencia. No me había dado plena cuenta de lo importante's que son los cardenales. Nunca había soñado que sería recogido en el aeropuerto, o que tomaría el té con ustedes.

– Sí, no es lo acostumbrado… Tal vez una causa de turbación, lo comprendo. ¡Pero aquí está nuestro té! -Observó, complacido, cómo colocaban el servicio y levantó un dedo amonestador-. ¡Ah, no! Yo debo hacer de «madre». ¿Cómo tomas el té, Dane?

– Igual que Ralph -respondió el joven, y se ruborizó intensamente-. Lo siento, Eminencia, ¡no quise decir eso!

– No te preocupes, Dane; el cardenal Di Contini Verchese lo comprende. Nos conocimos como Dane y Ralph, y creo que así nos sentíamos mejor, ¿no es cierto? La ceremonia es algo nuevo en nuestras relaciones. Yo preferiría que, en privado, siguiésemos siendo Dane y Ralph. A Su Eminencia no le importará, ¿verdad, Vittorio?

– No. Me gustan los nombres de pila. Pero volvamos a lo que decía sobre tener amigos encumbrados, hijo mío. Cuando ingreses en el seminario, cualquiera que sea el que elijamos, podría resultarte un poco incómoda tu antigua amistad con nuestro Ralph. Tener que dar largas explicaciones cada vez que alguien observe la relación que hay entre vosotros resultaría muy enojoso. Algunas veces, Nuestro Señor permite una pequeña mentira inofensiva -y sonrió, resplandeciendo el oro de sus dientes-, y, para como didad de todos, quisiera recurrir a uno de estos pe queños embustes. Porque es difícil explicar los tenues lazos de la amistad, y, en cambio, resulta muy fácil explicar la roja atadura de la sangre. Por consiguiente, diremos a todo el mundo que el cardenal De Bricassart es tío tuyo, mi querido Dane, y no se hable más de la cuestión -terminó suavemente el cardenal Vittorio.

Dane pareció impresionado; el cardenal Ralph, resignado.

– No te dejes impresionar por los grandes, hijo mío -dijo amablemente el cardenal Vittorio-. Tam bien ellos tienen los pies de barro y buscan la como didad en pequeñas mentiras inofensivas. Acabas de aprender una lección muy útil, pero, observándote bien, dudo de que la aproveches. Sin embargo, debes comprender que nosotros, los caballeros de escarlata, somos diplomáticos hasta la punta de los dedos. Sinceramente, sólo pienso en ti, hijo mío. En los seminarios, hay tantos celos y resentimientos, como en las instituciones seculares. Sufrirás un poco cuando piensen que Ralph es tío tuyo, hermano de tu madre, pero sufrirías mucho más si creyesen que no os une ningún lazo de sangre. Ante todo, somos hombres, y en nuestro mundo, como en los otros, tendrás que tratar con hombres.

Dane inclinó la cabeza, alargó una mano para acariciar al gato, pero se detuvo antes de hacerlo.

– ¿Puedo? Me gustan los gatos, Eminencia.

No podría haber descubierto una manera más rápida de llegar al viejo pero constante corazón.

– Puedes hacerlo. Confieso que se está haciendo demasiado pesada para mí. Es muy glotona, ¿verdad que sí, Natacha? Ve con Dane; él es la nueva generación.

Era imposible que Justine se trasladase con sus bártulos del Hemisferio sur al Hemisferio norte con la misma rapidez con que lo había hecho Dane; cuando se acabó la temporada en el «Culloden» y se despidió ella, sin pesar, de Bothwell Gardens, su hermano llevaba ya dos meses en Roma.

– ¿Cómo diablos conseguí acumular tantos trastos? -preguntó rodeada de vestidos, bultos y papeles.

Meggie la miró desde donde estaba agazapada, sosteniendo una caja de pastillas de jabón.

– ¿Qué hacía esto debajo de tu cama?

Una expresión de profundo alivio se pintó en la cara enrojecida de su hija.

– ¡Gracias a Dios! ¿Estaban ahí? Pensaba que el precioso perro de lanas de la señora D se las había comido; está malucho desde hace una semana, y yo no me atrevía a mencionar la desaparición de mis pastillas de jabón. Pero estaba convencida de que ese maldito animal se las había comido; es capaz de comerse cualquier cosa. Pero no -añadió Justine, pensativa-, no me alegraría de su muerte.

Meggie se sentó sobre los talones y se echó a reír.

– ¡Oh, Jus! ¿Sabes que eres muy divertida? -Arrojó la caja sobre la cama, entre un montón de cosas que estaban ya allí-. No dices mucho en favor de Drogtieda, ¿verdad? A pesar de que me esforcé en inculcarte el orden y la limpieza.

– Yo podría haberte dicho que era una causa perdida. ¿QuieresJlevarte el jabón a Drogheda? Ya sabes que voy a viajar en barco y que el equipaje es ilimitado, pero supongo que habrá toneladas de ja bón en Londres…

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