El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
Justine lo hizo, cuidando de que no anduviera por allí la celosa señora Devine, y en seguida aprendió a tener a raya a Peter. Los años de montar a caballo y de trabajar en Drogheda le habían dado un vigor considerable, y no le importaba emplear trucos como los golpes bajos.
– ¡Maldita seas, Justine! -gimió Peter, enjugándose unas lágrimas de dolor-. ¡Cede de una vez, muchacha! Algún día perderás lo que tienes tanto empeño en conservar, ¿sabes? No estamos en la Inglaterra victoriana, no tienes por qué conservarlo para el matrimonio.
– No tengo intención de conservarlo para el matrimonio -respondió ella, arreglándose el vestido-. Pero no sé quién va a tener el honor; eso es todo.
– ¡No eres nada especial! -la increpó él con grosería, sinceramente dolido.
– No, ya lo sé. Palos y piedras, Pete. No puedes herirme con palabras. Y hay muchos hombres que cargarían con cualquiera, con tal de que fuese virgen.
– ¡Y también muchas mujeres! Observa el piso de enfrente. -¡Oh! Lo sé, lo sé
– dijo Justine.
Las dos chicas del piso de enfrente eran lesbianas y habían saludado con entusiasmo la llegada de Justine, hasta que se dieron cuenta de que no sólo no le interesaban, sino que ni siquiera despertaban su curiosidad. Al principio, no estaba muy segura de lo que insinuaban; pero, cuando se lo dijeron claramente, se encogió de hombros, impertérrita. Y así, después de un período de adaptación, se convirtió en su caja de resonancia, en su confidente neutral, en su puerto en caso de tormenta; prestó fianza para sacar a Billie de la-cárcel; llevó a Bobbie al hospital, para un lavado de estómago, después de una disputa particularmente grave con Billie; se negó a ponerse en favor de una de las dos cuando Pat, Al, Georgie y Ronnie, aparecieron sucesivamente en su horizonte. «Parecía una clase de vida emocional muy insegura», pensó. Los hombres eran bastante malos, pero, al menos, tenían el aliciente de una diferencia intrínseca.
Así, entre el «Culloden» y Bothwell Gardens y las chicas que conocía de Kincoppal, Justine tenía un montón de amigas, de las que era a su vez buena amiga. Nunca les contaba sus preocupaciones, como hacían las otras con ella; para esto, tenía a Dane, aunque las pocas preocupaciones que le confesó no parecían hacer mucha mella en ella. Lo que más fascinaba a sus amigas era su extraordinaria autodisciplina; como si se hubiese adiestrado desde la infancia a no dejar que las circunstancias perjudicasen su bienestar.
Una de las cosas que más interesaba a sus amigas era cómo, cuándo y con quién decidiría al fin Justine convertirse en una mujer cabal, pero ella se tomaba tiempo.
Arthur Lestrange era el galán joven más duradero de Albert Jones, aunque había cumplido disimuladamente su cuarenta aniversario el año antes de la llegada de Justine al «Culloden». Tenía un buen cuerpo, era un actor discreto y concienzudo, y su cara varonil y de facciones regulares, con su aureola de rizos rubios, provocaba siempre con toda seguridad los aplausos del público. Durante el primer año, no se fijó en Justine, que era muy callada y hacía exactamente lo que le decían. Pero, al terminar aquel año, terminó también su tratamiento de las pecas y empezó a destacar en el escenario, en vez de confundirse con él.
Sin las pecas y con el maquillaje que oscurecía sus cejas y pestañas, resultaba atractiva, a la manera de un diablillo no sobresaliente. No tenía nada de la apostura impresionante de Luke O'Neill, ni de la delicadeza de su madre. Su figura era pasable, pero no espectacular, tirando un poco a delgada. Sólo destacaban los vividos cabellos rojos. Pero, en el escenario, era completamente diferente; podía hacer que la creyesen tan hermosa como Helena de Troya o tan fea como una bruja.
Arthur reparó por primera vez en ella durante un período de enseñanza, cuando le pidieron que recitase un pasaje de Lord Jim, de Conrad, empleando varios acentos. Era realmente extraordinaria; Arthur percibió el entusiasmo de Albert Jones y comprendió, al fin, por qué Al le dedicaba tanto tiempo. Su mímica era un don innato; pero había mucho más: daba carácter a cada palabra que decía. Y la voz, esa maravillosa cualidad natural de toda actriz, era grave, ronca, penetrante.
Así, cuando la vio con una taza de té en la mano y con un libro abierto sobre las rodillas, fue a sentarse a su lado.
– ¿Qué estás leyendo? Ella levantó la cabeza y sonrió. -Proust.
– ¿No te parece un poco pesado? -¿Pesado, Proust? No, a menos que no le importen a uno los chismes. Porque esto es precisamente lo que es: un terrible y viejo chismoso.
Él tuvo la enojosa convicción de que ella le demostraba cierta condescendencia intelectual, pero se lo perdonó. Efectos de la extrema juventud.
– Te he oído recitar a Conrad. Espléndidamente. -Gracias.
– Tal vez podríamos tomar café juntos alguna vez y discutir tus planes.
– Como quieras -dijo ella, y volvió a Proust. El se alegró de haberla invitado a café y no a cenar; su mujer le ataba corto, y una cena requería un grado de reconocimiento que no sabía si Justine estaría dispuesta a manifestar. Sin embargo, reiteró su casual invitación y la llevó a un lugarejo oscuro de la baja Elizabeth Street, donde estaba lógicamente seguro de que no iría a buscarle su mujer.
Justine había aprendido defensivamente a fumar, cansada de parecer remilgada al rehusar los cigarrillos que le ofrecían. Cuando se hubieron sentado, sacó sus cigarrillos del bolso… un paquete sin estrenar, y desprendió con delicadeza la parte superior del envoltorio de celofán, procurando que el resto, más grande, siguiese protegiendo la cajetilla. Arthur observó la operación, divertido e interesado.
– ¿Por qué diablos te tomas tanto trabajo? Arráncalo todo, Justine.
– ¡Qué brusquedad!
Él cogió la cajetilla y golpeó reflexivamente el intacto envoltorio.
– Bueno, si yo fuese discípulo del eminente Sig-mund Freud…
– Si fueses Freud, ¿qué? -Levantó la cabeza y vio que la camarera esperaba a su lado-. Un capuccino, por favor.
A él le fastidió que ella pidiese por su cuenta, pero lo dejó pasar, más interesado en seguir el hilo de su idea.
– Viena, por favor. Y ahora, volviendo a lo que decía de Freud, me pregunto qué pensaría de esto. Tal vez diría…
Ella le quitó el paquete, lo abrió, sacó un cigarrillo y lo encendió, sin darle tiempo a ofrecerle una cerilla.
– Diría que te gusta conservar intactas las sustancias membranosas, ¿no crees?
La carcajada de Justine sacudió el aire cargado de humo e hizo que varios hombres volviesen la cabeza con curiosidad-
– ¿De veras diría esto? ¿Es› una manera indirecta de preguntarme si conservo mi virginidad, Arthur?
Él chascó la lengua, irritado.
– ¡Justine! Veo que, entre otras cosas, tendré que enseñarte el arte del subterfugio.
– ¿ Entre otras cosas, Arthur? -dijo ella, apoyando los codos en la mesa y bríllándole los ojos en la penumbra.
– Bueno, ¿qué necesitas aprender?
– En realidad, mi educación ha sido bastante buena.
– ¿En todo?
– ¡Dios mío! Sabes dar énfasis a las palabras, ¿no? Muy bien, recordaré cómo has dicho esto.
– Hay cosas que sólo pueden aprenderse con una experiencia de primera mano -dijo él, suavemente, alargando una mano para tirar de un ricito detrás de la oreja.
– ¿De veras? Siempre me había bastado la observación.
– ¡Ah! Pero, ¿y en lo tocante al amor? -dijo él, poniendo una delicada profundidad en la palabra-. ¿Cómo puedes representar Julieta sin saber lo que es el amor?
– Apúntate un tanto. Estoy de acuerdo contigo.
– ¿fías estado enamorada alguna vez?
– No.
– ¿ Sabes algo del amor?
Esta vez, cargó el acento sobre «algo», más que sobre «amor».
– Nada en absoluto.
– ¡Ah! Entonces, Freud habría acertado, ¿no?