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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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– ¡Vamos, anda!

– Es verdad.

– ¿Quieres decir que todo eso va a perderse?

– Temo que sí. Quiere consagrarse a Dios.

– Entonces, Dios nos ha hecho una mala pasada.

– Puede que tengas razón -dijo Justine-. De todos modos, no quiere demasiado a las mujeres. Somos espectadores de segunda clase y tenemos que ir al gallinero. La platea y el anfiteatro son para los hombres.

– ¡Oh!

Justine se despojó de la túnica de Electra, se puso un fino vestido de algodón, recordó que en la calle hacía frío, añadió un chaleco de punto y dio unos golpecitos cariñosos en la cabeza de Martha.

– No te preocupes por eso, querida. Dios fue muy bueno contigo: no te dio sesos. Y, créeme, así es mucho mejor. Nunca tendrás que competir con los reyes de la creación.

– No lo sé, pero no importaría competir con cualquiera por tu hermano.

– Olvídalo. Estás luchando contra el orden establecido, y eso es imposible. Antes seducirías al Dulce Willie, te doy mi palabra.

Un coche del Vaticano recogió a Dane en el aeropuerto, y lo llevó a través de calles soleadas y deslucidas, llenas de gente sonriente y de buen ver; pegada la nariz al cristal de la ventanilla, absorbía todo aquello, terriblemente excitado al ver en la realidad lo que sólo había visto en fotografía: las columnas romanas, los palacios rococó, la gloria renacentista de San Pedro.

Y esperando, vestido ahora de escarlata de la cabeza a los pies, estaba Ralph Raoul, cardenal De Bricassart. Tendió la mano en que resplandecía el anillo; Dane hincó ambas rodillas en el suelo para besarlo.

– Levántate, Dane; deja que te mire.

Él se levantó y sonrió a aquel hombre que tenía casi exactamente su misma estatura; podían mirarse a los ojos. Para Dane, el cardenal tenía una inmensa aureola de poder espiritual, que le hacía pensar más en un papa que en un santo; sin embargo, aquellos oos intensamente tristes no eran los ojos de un papa. Sin duda había sufrido mucho, para adquirir osle aspecto; pero sin duda se había encumbrado también sobre sus sufrimientos, para convertirse en el más perfecto de los sacerdotes.

Y el cardenal Ralph contempló al joven sin saber que era su hijo, y le amó, pensó, porque era el hijo ilc Meggie. Así habría querido ver él a un hijo de su propia sangre: tan alto, asombrosamente guapo, tan elegante como éste. Jamás en su vida había visto a un hombre moverse tan bien. Pero mucho más atractiva que su belleza física era la sencilla hermosura de su alma. Tenía la fuerza de los ángeles, y algo de su inmaterialidad. ¿Había sido él así, a los dieciocho años? Trató de recordar, a través del cúmulo de acontecimientos de tres quintos de su vida; no, él no había sido nunca así. ¿Era que éste venía realmente por su propia elección? Porque él no había elegido, aunque había tenido vocación; de esto estaba se-üiiro.

– Siéntate, Dane. ¿Empezaste a aprender italiano, tal como te pedí?

– Ya lo hablo con fluidez, aunque no gramaticalmente, y lo leo muy bien. Probablemente, el hecho de que sea mi cuarto idioma hace que me resulte más fácil. Parece que tengo facilidad para los idiomas. Un par de semanas aquí, y creo que captaré el habla vernácula.

– Sí, lo harás. Yo tengo también facilidad para los idiomas.

– Bueno, no son difíciles -declaró, modestamente Dane.

La imponente figura escarlata le intimidaba un poco; de pronto, le costaba recordar al hombre que montaba el caballo castaño en Drogheda.

El cardenal Ralph se inclinó hacia delante, observándole.

«Te hago responsable de él, Ralph -le había escrito Meggie-. Te encargo su bienestar y su felicidad..Lo que yo robé, ahora lo devuelvo. Tengo que hacerlo. Sólo prométeme dos cosas, y descansaré sabiendo que has obrado como más le conviene. Primero: prométeme que te asegurarás, antes de aceptarle, de que es esto lo que él quiere de verdad. Segundo: que, si es lo que él quiere, no le pierdas de vista y te asegures de que sigue siendo lo que quiere ser. Si se desanimase, quiero que vuelva aquí. Porque era mío y de nadie más. Soy yo quien te lo entrego.»

– Dane, ¿estás seguro? -preguntó el cardenal.

– Absolutamente.

– ¿Por qué?

Sus ojos parecían algo distantes, incómodamente familiares, pero familiares de una manera que pertenecía al pasado.

– Por el amor que siento por Nuestro Señor. Quiero servirle, como sacerdote Suyo, durante toda mi vida.

– ¿Sabes lo que exige Su servicio, Dane?

– Sí.

– ¿Sabes que ningún otro amor debe interponerse entre tú y Él? ¿Que has de ser exclusivamente Suyo, y de nadie más?

– Sí.

– ¿Que debes hacer Su voluntad en todas las cosas, que para servirle debes enterrar tu personalidad, tu individualidad, tu concepto de ti mismo como algo de importancia primordial?

– Sí.

– ¿Que, en caso necesario debes aceptar la muerte, la cárcel, el hambre, en Su nombre? ¿Que no debes poseer nada, dar calor a nada que pueda menguar tu amor por Él?

– Sí.

– ¿Eres fuerte, Dane?

– Soy hombre. Eminencia. Ante todo, soy hombre. Sé que será duro. Pero espero que, con Su ayuda, encontraré la fuerza necesaria.

– ¿Será así. Dane? ¿Nada podrá satisfacerte fuera de esto?

– Nada.

– Y si más tarde cambiases de idea, ¿qué harías?

– Pues… pediría permiso para dejarlo -dijo, sorprendido, Dane-. Si cambiase de idea, sólo podría ser por haberme equivocado de buena fe al pensar que tenía vocación; por nada más. Por consiguiente, pediría permiso para salir del seminario. Por esto no amaría menos a Dios, sino que sabría que no es éste el camino que Él quiere que siga para servirle.

– Sin embargo, ¿te das cuenta de que, cuando hayas prestado tus votos definitivos y sido ordenado, no habrá manera de volverte atrás, no habrá dispensa, te verás atado para siempre?

– Lo sé -contestó pacientemente Dane-. Pero, si he de tomar una decisión, la tomaré antes de que llegue este momento.

El cardenal Ralph se echó atrás en su sillón y suspiró. ¿Había estado él tan seguro alguna vez? ¿Había tenido este vigor?

– ¿Por qué has venido a mí, Dane? ¿Por qué quisiste venir a Roma? ¿Por qué no te quedaste en Australia?

– Mamá me sugirió Roma, pero hacía tiempo que yo pensaba en esto como en un sueño. No creí que tuviésemos bastante dinero.

– Tu madre es muy prudente. ¿No te dijo nada?

– ¿Decirme, qué, Eminencia?

– Que tienes una renta de cinco mil libras anuales y muchos miles de libras a tu nombre en el Banco.

Dane se puso rígido.

– No. Nunca me lo dijo.

– Hizo bien. Pero así está la cosa, y, si quieres, puedes quedarte en Roma. ¿Lo quieres de veras?

– Sí.

– ¿Por qué me quieres a mí, Dane?

– Porque es usted mi concepto del sacerdote perfecto, Eminencia.

La cara del cardenal Ralph se contrajo.

– No, Dane, no debes pensar eso de mí. Estoy muy lejos de ser un sacerdote perfecto. Quebranté todos mis votos, ¿sabes? Tuve que aprender lo que tú pareces saber ya, de la manera más dolorosa para un sacerdote, faltando a mis votos. Pues no quería admitir que era ante todo un hombre mortal, y sólo después, un sacerdote.

– No importa. Eminencia -replicó Dane, en tono muy suave-. Lo que acaba de decir no altera en nada mi concepto del perfecto sacerdote. Creo que no entiende lo que quiero decir. No me refiero a un autómata inhumano, por encima de las flaquezas de la carne. Quiero decir que usted ha sufrido y ha crecido espiritualmente. ¿Le parezco presuntuoso? No pretendo serlo, de veras. Si le he ofendido, le pido perdón. Pero es que me cuesta mucho expresar mis pensamientos. Quiero decir que, para ser un sacerdote perfecto, deben necesitarse muchos años, sufrir muchas angustias, y tener siempre presente un ideal… y Nuestro Señor.

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