El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
Tampoco era acusadamente sexual aunque ella no estaba segura del motivo: o bien había aprendido a sublimar casi a la perfección sus pasiones, o bien, a pesar de sus dotes corporales, andaba escaso de algún necesario elemento cerebral. Probablemente era lo primero, ya que practicaba a diario alguna clase de deporte vigoroso, para asegurarse de que se acostaría rendido. Ella sabía muy bien que sus inclinaciones eran «normales», es decir heterosexuales, y sabía cuál era el tipo, de muchacha que le atraía: alta, morena y voluptuosa. Pero no estaba sensualmente alerta; no advertía el tacto de las cosas al asirlas, ni los olores del aire que respiraba, ni comprendía la satisfacción especial que producen la forma y el color.
Para que experimentase una atracción sexual, el impacto del objeto tenía que ser irresistible, y sólo en estos raros momentos parecía darse cuenta de que había un plano terrenal que era el que pisaban la mayoría de los hombres, durante el mayor tiempo posible.
Se lo contó en su camerino del «Culloden», después de una representación. Aquel día había quedado arreglado lo de Roma, y se perecía por contárselo, aunque sabía que no iba a gustarle. Sus ambiciones religiosas eran algo que nunca discutía con ella como hubiese querido hacerlo, porque Justine se enfadaba. Pero, al entrar aquella noche en el camerino, su alegría era demasiado intensa para poder contenerla.
– ¡Eres un imbécil! -exclamó ella, disgustada.
– Es lo que quiero hacer.
– ¡Idiota!
– No cambiarás nada insultándome, Jus.
– ¿Crees que no lo sé? Es sólo una manera de desahogarme un poco.
– Pensé que, para desahogarte emocionalmente, te bastaba con representar Electra. Estás magnífica, Jus.
– Después de esta noticia, todavía actuaré mejor -dijo tristemente ella-. ¿Irás a San Patricio?
– No. Voy a ir a Roma, con el cardenal De Bricas-sart. Mamá lo ha arreglado así.
– ¡No, Dane! ¡Tan lejos!
– Bueno, tú podrías venir también, al menos a Inglaterra. Con tus antecedentes y tu capacidad, nada te costaría encontrar trabajo en cualquier parte.
Ella estaba sentada ante un espejo, quitándose el maquillaje de Electra y vistiendo todavía las ropas de Electra; orlados de gruesos arabescos negros, sus ojos parecían aún más extraños. Asintió lentamente con la cabeza.
– Sí que podría hacerlo, ¿verdad? -preguntó, reflexivamente-. Ya es hora de que lo haga… Australia se me está quedando pequeña… ¡Tienes razón, amigo! ¡Inglaterra es lo que me conviene!
– ¡Estupendo! ¡Imagínate! Tendré vacaciones, ¿sabes?, porque en los seminarios dan vacaciones como en la universidad. Podemos disfrutarlas juntos, viajar un poco por Europa, venir a Drogheda. ¡Oh, Jus, lo tengo todo bien pensado! Si tú no estás lejos, será perfecto.
Ella resplandeció.
– ¿Verdad que sí? La vida no sería lo mismo, si no pudiese hablar contigo.
– Temía que dirías esto -sonrió él-. Pero, hablando en serio, Jus, tú me preocupas. Me gustaría tenerte en un sitio donde pudiese verte de vez en cuando. Si no fuese así, ¿quién sería la voz de tu conciencia?
Se sentó en el suelo, entre un casco de hoplita y una horrible máscara de la Pitonisa, de un modo que pudiese verla, encogiéndose como una bola y lejos del alcance de sus pies. Sólo había dos camerinos1 para las estrellas en el «Culloden», y Justine tío tenía aún categoría suficiente para ocupar uno de ellos. Estaba en el aposento general, entre un barullo incesante.
– ¡Dichoso viejo cardenal De Bricassart! -escupió ella-. ¡Le odié desde el primer momento en que le vi!
Dane rió entre dientes.
– No es verdad, y lo sabes.
– ¡Lo es! ¡Lo es!
– No, no le odiaste. Tía Anne me contó una historia, y apostaría a que tú no la sabes.
– ¿Qué es lo que no sé? -preguntó ella, cansadamente.
– Que cuando eras muy pequeña, él te dio el biberón y te meció, y te quedaste dormida. Tía Anne dijo que tú eras muy rebelde y odiabas que te tomasen en brazos; pero, cuando él lo hizo, te gustó de veras.
– ¡Es una horrible mentira!
– No, no lo es. -Sonrió-. De todos modos, ¿por qué le odias tanto ahora?
– Porque sí. Es como un viejo buitre pellejudo, y me da náuseas.
– A mí me gusta. Siempre me gustó. El padre Watty dice que es el sacerdote perfecto. Y yo lo creo también.
– ¡Pues yo digo que se joda!
– ¡Jusíirac!
– ¡Ah! Esto te ha impresionado, ¿eh? Apuesto a que no pensabas que conocía esta expresión.
Él movió los ojos.
– ¿Sabes lo que significa? Dímelo, Jussy, ¡atrévete!
Ella no podía resistir que él la pinchase; sus ojos empezaron a echar chispas.
– Tal vez llegarás a ser un Fray Gerundio, imbécil; pero, si todavía no sabes lo que eso significa, será mejor que no lo investigues. Él se puso serio.
– Descuida, no lo haré.
Un par de piernas femeninas bien formadas se detuvieron al lado de Dane y giraron sobre sí mismas. Él levantó la cabeza, se puso colorado, desvió la mirada y dijo, con voz casuaclass="underline" -Hola, Martha. -Hola -dijo ella.
Era una muchacha sumamente hermosa, poco dotada como artista, pero tan decorativa que era garantía de éxito en una producción; también era el tipo de belleza que gustaba a Dane, y Justine había escuchado más de una vez sus laudatorios comentarios. Alta, lo que las revistas de cine llamaban sensacional, de ojos y cabellos muy negros, piel blanca y busto magnífico.
Sentándose en un ángulo de la mesa de Justine, balanceó provocativamente una pierna delante de la nariz de Dane y le observó con una admiración no disimulada y que a él le pareció desconcertante. ¡Caray, el chico valía la pena! ¿Cómo podía una paleta vulgar como Jus tener un hermano así? Tal vez no tenía más de dieciocho años, pero, ¿qué importaba esto?
– Tal vez podrías venir a mi casa a tomar café -dijo, mirándole-. Con Justine -añadió de mala gana.
Justine movió rotundamente la cabeza, y una súbita idea hizo brillar sus ojos.
– No, gracias; yo no puedo ir. Tendrás que contentarte con Dane.
Él meneó la cabeza con la misma decisión, pero a regañadientes, como si se sintiese realmente tentado.
– Te lo agradezco, Martha, pero no puedo. -Miró su reloj, como un áncora de salvación-. ¡Dios mío! Si no me doy prisa, voy a perder el Metro. ¿Cuánto vas a tardar, Jus?
– Unos diez minutos.
– Te esperaré fuera, ¿de acuerdo?
– ¡Gallina! -se burló ella.
Martha le siguió con sus ojos negros.
– Es realmente guapísimo. ¿Por qué no quiere mirarme?
Justine sonrió con amargura y acabó de limpiarse. Las pecas empezaron a aparecer de nuevo. Tal vez Londres le sentaría bien; allí no había sol.
– ¡Oh! Sí que te mira. Y le gustaría irse contigo. Pero no lo hará. Dane no es de ésos.
– ¿Por qué? ¿Qué le pasa? ¡No me digas que es marica! ¿Por qué todos los hombres guapos que conozco han de ser maricas? Sin embargo, nunca pensé que Dane lo fuera; no tiene pinta de eso.
– ¡Cuidado con lo que dices, estúpida! Claro que no es marica. Te digo que, si un día le viese mirar al Dulce William, nuestro melindroso galán joven, le cortaría el cuello, y también se lo cortaría al Dulce William.
– Bueno; pero, si no es de la acera de enfrente, ¿por qué no aprovecha las ocasiones? ¿Acaso no recibió mi mensaje? ¿O cree que soy demasiado vieja para él?
– Ni cuando tengas cien años serás demasiado vieja para un hombre corriente, querida; no te pVeocu-pes por eso. No; Dane ha renunciado al sexo de por vida, el muy tonto. Va a hacerse cura.
Martha se quedó boquiabierta y se echó a tras la mata de negros cabellos.