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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– El pueblo llano no tiene honor -dijo Marat-. No se puede permitir ese lujo.

– Supón que los otros ministros tratan de impedirlo.

– ¿Los otros ministros? No me hagas reír. ¿Qué otros ministros? Si son unos eunucos.

– A Danton no le gustará esa idea.

– No tiene por qué gustarle -contestó Marat enérgicamente-. Basta con que comprenda que es necesario. Hasta un niño comprendería que es necesario. ¿Gustarle? ¿Crees que me gusta a mí?

Camille no contestó.

Al cabo de unos instantes, Marat dijo:

– Lo cierto es que me tiene sin cuidado. Absolutamente sin cuidado.

Los preliminares para las elecciones de la Convención han comenzado. La vida continúa como siempre. El pan es horneado todos los días. Se ensayan obras teatrales.

Lucile ha recuperado a su hijito. Súbitamente suenan unos berridos a través de los amplios salones, debajo de los techos abovedados, entre los documentos y los libros encuadernados en piel, en unos lugares donde jamás han resonado las voces ni los berridos de un niño.

Verdun cae el 1 de septiembre. Si el enemigo decidiera marchar sobre París, se hallaría tan sólo a dos días de marcha.

Robespierre piensa con frecuencia en Mirabeau, el cual solía decir, haciendo un amplio gesto con la mano: «Mirabeau hará esto», o «el conde Mirabeau responderá…», refiriéndose a sí mismo como si fuera un personaje en una obra dirigida por él. Es consciente de que lo observan atentamente. Robespierre actúa. O Robespierre no actúa. Robespierre observa mientras es observado.

Se había negado a actuar de juez en el tribunal especial creado por Danton.

– ¿Todavía te opones a la pena de muerte? -le preguntó Danton, enojado.

Sin embargo, Danton había hecho gala de su misericordia. Había muy poco trabajo para el ciudadano Sanson. Habían ejecutado a un oficial de la Guardia Nacional -mediante la guillotina- y al secretario de la Lista Civil, pero habían perdonado la vida a un aristocrático periodista. Camille apoyó las manos sobre los hombros de Danton y le convenció de que era un mal precedente ejecutar a periodistas. Danton se echó a reír y respondió:

– Como quieras. Puedes revocar el veredicto; seguiremos aplazando indefinidamente la ejecución, y al final no se llevará a cabo. Haz lo que creas más conveniente. Tienes el sello con mi firma.

Era arbitrario, afirmó Fabre, el que la vida de un hombre dependiera de que Camille recordara una victoria en un intercambio de insultos con él en 1789, y que se sintiera magnánimo, y que hiciera el papel de puta barata para divertir a Danton y ponerlo de buen humor al final de una dura jornada. (Un secreto, dijo Fabre, que Camille hubiera podido vender a la esposa de Danton.) A Fabre le disgustaba el incidente, no por la pasión que sentía por la justicia, según dijo Robespierre, sino porque no poseía unas dotes similares para conseguir sus fines. ¿Acaso Robespierre era el único que pensaba que la ley no debía ser vulnerada de esa forma? Le producía náuseas, ofendía su intelecto. Pero ese sentimiento provenía de los viejos tiempos, antes de la Revolución. La justicia se había convertido en sirviente de la política: ningún otro cargo era compatible con el de la supervivencia. Sin embargo, le hubiera disgustado profundamente oír a Danton exigir a gritos que cortaran la cabeza a los detenidos. En todo caso, a Danton le faltaba carácter, era sensible a los halagos, y no sólo por parte de Camille.

Brissot. Vergniaud. Buzot. Condorcet. Roland. Roland y Brissot de nuevo. En su sueño, esperan, riendo, atraparlo en una red. Y Danton se niega a actuar…

Ésos son los conspiradores. ¿Por qué teme una conspiración, se pregunta (pues es un hombre razonable), cuando nadie más parece temerla?

Temo las consecuencias de lo que en el pasado contribuí a provocar, se dice. En mi interior se agitan otros conspiradores: el corazón que late aceleradamente, la cabeza que no cesa de dolerme, las tripas a las que les cuesta hacer la digestión y los ojos que se sienten heridos por la luz del sol. Detrás de ellos está el jefe de los conspiradores, la parte oculta de la mente. Las pesadillas le despiertan a las cuatro y media de la mañana, y no logra conciliar el sueño de nuevo.

¿Con qué fin conspira el individuo que hay en su interior? ¿Para tomarse una noche libre y leer una novela? ¿Para tener más amigos, para que le quieran más? La gente comenta extrañada el hecho de que Robespierre luzca unas gafas tintadas que le dan un aspecto de lo más siniestro.

Danton lucía una casaca escarlata. Al ponerse en pie en la Asamblea, sus colegas lo aclamaron con fervor; algunos incluso sollozaban. Las voces y exclamaciones del público que llenaba las galerías se oían al otro lado del río.

Respirando tal como le había enseñado a hacer Fabre, su voz sonaba inmensa y poderosa. A través de su mente discurrían dos líneas de pensamiento: la organización de los planes, el despliegue de los Ejércitos y las maniobras diplomáticas. Mis generales son capaces de contenerlos durante quince días; luego (repetía mentalmente), luego ya se me ocurrirá otra cosa. Los venderé a la Reina si está dispuesta a comprarlos, o a mi madre, o me rendiré, o me cortaré las venas.

La segunda línea de pensamiento: las acciones surgen de palabras. ¿Cómo pueden unas palabras salvar al país? Las palabras generan mitos, y la gente lucha por defender esos mitos. Louise Gély: «Hay que guiarles, enseñarles lo que deben hacer. Una vez que han aprendido a afrontar la situación, todo resulta muy sencillo.» Tiene razón. La situación no puede ser más sencilla. Hasta una niña de catorce años lo comprende. Es preciso utilizar palabras sencillas. Pocas, y breves. Danton se yergue, extiende un brazo y dice:

– Hay que mostrar arrojo. Siempre hay que mostrar arrojo. De esta forma salvaremos a Francia.

En aquel momento alguien escribió: «Ese hombre, pese a su grotesco aspecto, resulta hermoso.»

Danton se sentía como un emperador romano, presente en su propia deificación. Los dioses vivientes caminan por las calles; los avatares cargan los cañones; los iconos cargan los dados.

Legendre: «El enemigo se hallaba a las puertas de París. Apareció Danton, y salvó al país.»

Es muy tarde. El rostro de Marat presenta, a la luz de las velas, un tono lívido, como el de un ahogado. Fabre se ríe. Tiene una botella de coñac junto a él. En la habitación hay aproximadamente una docena de personas. No se han saludado por su nombre, y evitan mirarse a los ojos. Es posible que dentro de un año ni siquiera recuerden quién estuvo allí y quién no. El jefe de una Sección está sentado junto a una ventana abierta, porque a sus compañeros les molesta el olor de su pipa.

– No será una arbitrariedad -dice un miembro de la Comuna-. Utilizaremos a patriotas de confianza, hombres de las Secciones, a quienes facilitaremos unas listas completas. Podrán entrevistar a todos los prisioneros que aún no hayan sido liberados, y condenar a los otros. ¿Qué os parece?

– Me parece bien -responde Marat-. Siempre y cuando la sentencia sea la misma.

– ¿A qué viene esa farsa? -pregunta Camille al miembro de la Comuna-. ¿No sería mejor entrar en las cárceles y matarlos a todos?

– De todos modos, eso es lo que acabará sucediendo -contesta Marat-. Pero debemos seguir los trámites establecidos y actuar rápidamente, ciudadanos. El pueblo está sediento de justicia.

– Estamos un poco cansados de tus consignas, Marat -protesta Camille.

El sansculotte que fuma en pipa se la quita de la boca y dice:

– Esto no te va, te sientes incómodo, ¿no es cierto, Camille? ¿Por qué no te marchas a casa?

– Porque este asunto me concierne, concierne al ministro -responde Camille, golpeando con un dedo los documentos que yacen sobre la mesa.

– Si te sirve de consuelo -insiste el sansculotte-, considéralo una continuación de lo que hicimos el 10 de agosto. Aquel día iniciamos algo, ahora lo vamos a terminar. ¿De qué sirve fundar una república si uno no puede tomar las medidas pertinentes para defenderla?

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