El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
– ¡Oh, mamá! Vuelves a confundir las estrellas de cine con las artistas. Sinceramente, no tienes remedio.
– Bueno, ¿no son actrices las estrellas de cine?
– De una calidad muy inferior. Bueno, a menos que antes hayan actuado en el escenario. Incluso Lau-rence Olivier hace alguna película de vez en cuando.
Sobre el tocador de Justine había una fotografía con el autógrafo de Laurence Olivier; Meggie lo había considerado simplemente un capricho juvenil, aunque había reconocido que, al menos, Justine tenía buen gusto. Los amigos que a veces traía a casa, a pasar unos días, solían guardar como un tesoro fotografías de Tab Hunter y de Rory Colhoun.
– Todavía no lo entiendo -dijo Meggie, meneando la cabeza-. ¡Una actriz!
Justine se encogió de hombros.
– Bueno, ¿dónde puedo gritar y chillar y aullar, si no es en un escenario? No puedo hacerlo aquí, ni en el colegio, ni en parte alguna. Y a mí me gusta gritar y chillar y aullar, ¡maldita sea!
– Pero tú tienes facilidad para el arte, Jussy. ¿Por qué no has de ser artista?
– insistió Meggie.
Justine se volvió de la gran cocina de gas y apuntó con el dedo a una de sus válvulas cilindricas.
– Debo decir a esas dormidas cocineras que cambien las bombonas de gas; están bajas. Pero hoy todavía aguantarán. -Sus ojos claros observaron compasivamente a Meggie-. No eres práctica, mamá. ¡V dicen que son los jóvenes los que no ven el lado práctico de sus carreras! Permíteme decirte que no quiero morirme de hambre en una buhardilla, para ser famosa después de muerta. Quiero disfrutar un poco de la fama mientras viva, y no tener apuros económicos. Por consiguiente, pintaré por afición y haré teatro para vivir. ¿Qué te parece?
– Tienes una renta de Drogheda, Jussy -dijo Meggie, desesperadamente, rompiendo su promesa de guardar silencio, pasara lo que pasara-. Nunca tendrías que pasar hambre en una buhardilla. Si quisieras pintar, podrías hacerlo.
Justine pareció de pronto interesada.
– ¿Cuánto tengo, mamá?
– Lo bastante para vivir sin trabajar, si es esto lo que quieres.
– ¡Qué fastidio! Acabaría hablando por teléfono y jugando al bridge; al menos, eso es lo que hacen las madres de casi todas mis amigas del colegio. Porque viviría en Sydney, no en Drogheda. Sydney me gusta mucho más que Drogheda. -Un destello de esperanza brilló en sus ojos-. ¿Tengo lo suficiente para hacer que me quiten las pecas con ese nuevo tratamiento eléctrico?
– Supongo que sí. ¿Por qué?
– Porque entonces podrían verme la cara.
– Creí que eso no importaba para ser actriz.
– Ya basta, mamá. Mis pecas son una lata.
– ¿Estás segura de que no preferirías ser pintora?
– Completamente segura, gracias. -Dio unos pasos de baile-. ¡Voy a pisar las tablas, señora Wor-thington!
– ¿Cómo te metiste en el «Culloden»?
– Hice una prueba.
– ¿Y te aceptaron?
– La fe que tienes en tu hija es conmovedora, mamá. ¡Claro que me aceptaron! Soy magnífica, ¿sabes? Algún día, seré muy famosa.
Meggie batió un colorante verde en un tazón con azúcar y mantequilla desleídos, y empezó verter la mezcla sobre los ya cocidos abetos.
– ¿Te importa mucho la fama, Justine?
– Supongo que sí. -Añadió azúcar a la mantequilla, tan blanda que se había pegado a los bordes del tazón; a pesar de que el horno de leña había sido sustituido por uno de gas, hacía un calor terrible en la cocina-. Estoy completamente decidida a ser famosa.
– ¿No piensas casarte?
Justine hizo un mohín desdeñoso.
– ¡Por nada del mundo! ¿Pasarme la vida limpiando mocos y culos sucios? ¿Haciendo reverencias a un hombre que no me llegaría a la suela de los zapatos y se creería mejor que yo? ¡Ja, ja, ja! ¡No seré yo quien lo haga!
– Desde luego, eres el colmo. ¿Dónde aprendes ese lenguaje?
Justine empezó a cascar huevos y verterlos en una cacerola, rápida y hábilmente, con una sola mano.
– En mi distinguido colegio de señoritas, naturalmente. -Empezó a batir con furia los huevos-. En realidad, somos un grupo de chicas estupendas. Y muy cultas. No todas las adolescentes tontas pueden apreciar la delicadeza de un trabalenguas latino:
Había un romano de Vinidium Que usaba una camisa de iridium; Si le preguntaban el porqué, Respondía: «Id est Bonum sanguinem praesidium.»
Meggie frunció los labios.
– Siento tener que preguntarlo, pero, ¿qué dijo el romano?
– «Es una muy buena protección.»
– ¿Sólo esto? Pensé que sería algo mucho peor. Me sorprendes. Pero, volviendo a lo que decíamos, querida niña, a pesar de tu claro empeño en cambiar de tema, ¿qué tiene de malo el matrimonio?
Justine imitó la risa irónica y ronca de su abuela.
– ¡Mamá! ¡Ésta sí que es buena! ¿Eres tú quien lo pregunta?
Meggie sintió que la sangre hervía bajo su piel, y bajó los ojos, mirando los verdes abetos de la fuente.
– No seas impertinente, aunque estés muy adelantada a tus diecisiete años.
– ¿No es curioso? -preguntó Justine al cazo donde batía los huevos-. En cuanto una se mete en territorio acotado de los padres, se vuelve impertinente. Yo sólo he dicho: «¿Eres tú quien lo pregunta?» Es la pura verdad, ¡caray! Lo cual no implica necesariamente que seas una fracasada, o una pecadora, o algo peor. En realidad, creo que demostraste tener mucho sentido común al prescindir de tu marido. ¿Para qué lo necesitabas? Tus hijos tienen toneladas de influencia masculina, con todos los tíos rondando por ahí, y tú tienes dinero sobrado para vivir. ¡Estoy de acuerdo contigo! El matrimonio es bueno para los pájaros.
– ¡Eres igual que tu padre!
– Otra evasión. Cuando te disgusto en algo, soy igual que mi padre. Bueno, tengo que fiarme de tu palabra, pues jamás he visto a ese caballero.
– ¿Cuándo te marchas? -preguntó desesperadamente Meggie.
Justine hizo una mueca.
– No puedes esperar para librarte de mí, ¿eh? Bueno, mamá, no te censuro en absoluto. Pero no puedo evitarlo; me gusta pinchar a la gente, en particular a ti. ¿Qué te parece si me llevas mañana al aeropuerto?
– Pongamos pasado mañana. Mañana te llevaré al Banco. Conviene que sepas de cuánto dispones. Y, Justine…
Justine añadía harina y la mezclaba con mano experta; pero levantó la mirada al percibir el cambio de tono en la voz de su madre,
– ¿Qué?
– Si te hallas en apuros algún día, ven a casa, te lo ruego. Siempre habrá sitio para ti en Drogheda, recuérdalo. Nada de lo que hagas puede ser tan malo que te impida volver a casa.
La mirada de Justine se dulcificó.
– Gracias, mamá. En el fondo, no eres una vieja mala, ¿verdad?
– ¿Vieja? -saltó Meggie-. ¡Yo no soy vieja! ¡ Sólo tengo cuarenta y tres años!
– Dios mío, ¿tantos?
Meggie le tiró un dulce que fue a darle en la nariz.
– ¡Oh, malvada! - ¡Eres un monstruo! Ahora me parece que tengo ciento.
Su hija le hizo un guiño.
En este momento, entró Fee a ver cómo andaban las cosas en la cocina; Meggie saludó su llegada con alivio.
– Mamá, ¿sabes lo que acaba de decirme Justine?
Los ojos de Fee sólo se esforzaban ya en llevar los libros; pero, detrás de las nubladas pupilas, s,u mente seguía despierta como siempre.
– ¿Cómo puedo saber lo que acaba de decirte Justine? -preguntó suavemente, contemplando los pas-telitos verdes con un ligero estremecimiento.
– Porque a veces tengo la impresión de que Justine y tú tenéis vuestros secretillos, y porque precisamente ahora, cuando Justine acaba de darme la noticia, entras en la cocina, cosa que nunca sueles hacer.