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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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Adie deslizó una mano entre sus piernas y mediante un leve apretón trató de transmitirle consuelo.

El mriswith se inclinó hacia ellas, y la hendidura que tenía por boca pareció distenderse en una espantosa sonrisa. Alzó el cuchillo de triple hoja con una garra y lo agitó ante sus ojos.

— Si tratáissss de escapar, os cortaré los piesss —dijo, ladeando su lisa testa—. ¿Comprendido?

Kahlan y Adie asintieron.

— Y si habláissss, os cortaré la lengua —añadió.

Ambas asintieron de nuevo.

— Sella su poder mediante el collar y tu don, tal como te he enseñado —ordenó entonces a Lunetta—. ¿Comprendido? —inquirió, colocando una garra sobre la frente de la bruja.

Lunetta sonrió.

— Claro que sí.

Kahlan oyó un gruñido de Adie y al mismo tiempo sintió algo que le atenazaba el pecho, allí donde antes solía sentir su poder. Consternada, se preguntó si algún día volvería a sentirlo. Recordaba la sensación de vacío y desamparo que la invadió cuando el mago kelta usó magia para impedirle que conectara con su poder. Kahlan sabía qué esperar de eso.

— Está sangrando —dijo el mriswith a Lunetta—. Cúrala. El hermano de piel no querrá verla marcada.

Kahlan oyó el restallar del látigo y el silbido de Ahern. El coche se puso en marcha con un bandazo. Lunetta se inclinó hacia adelante para curarle la herida.

Queridos espíritus, ¿adónde las llevaban?

40

Con las lágrimas que le escocían en los ojos Ann lanzó un escalofriante grito. Hacía tiempo que había renunciado a no gritar. ¿Quién, excepto el Creador la oiría o se preocuparía por ello?

— ¿Te hago daño? —Valdora alzó el cuchillo totalmente cubierto de sangre y rió, exhibiendo su desdentada sonrisa—. ¿Qué se siente cuando otra persona tiene tu destino en sus manos? Eso es lo que tú hiciste; elegiste el modo en que moriría. Me negaste la vida, la vida que podría haber tenido en palacio. Aún sería joven, pero tú elegiste dejarme morir.

Ann se encogió al notar la punta del cuchillo en el flanco.

— Te he hecho una pregunta, Prelada. ¿Qué se siente? ¿Te gusta?

— No más que a ti, supongo.

— Excelente —replicó Valdora, nuevamente sonriendo—. Quiero que experimentes el dolor que yo he sentido todos estos años.

— Te concedí la misma vida que tiene todo el mundo. Una vida para que hicieras con ella lo que quisieras. Te devolví lo que el Creador te otorgó, que es lo mismo que da a cualquiera que nace en este mundo. Podría haberte ejecutado.

— ¡Por ejecutar un conjuro! ¡Soy una hechicera! ¡Simplemente usé lo que el Creador me dio!

Ann sabía que era inútil discutir, aunque era mejor eso que Valdora siguiera torturándola en silencio.

— Usaste lo que el Creador te dio para arrebatar a los demás aquello que no estaban dispuestos a darte voluntariamente. Robaste su afecto, su corazón, su vida. No tenías ningún derecho. Paladeabas su adoración como quien saborea dulces en una feria. Los unías a ti mediante conjuros de amor y, cuando te cansabas, los descartabas y te buscabas otros.

Sintió otro pinchazo del cuchillo.

— ¡Y por eso me desterraste!

— ¿Cuántas vidas arruinaste? Te aconsejamos, te advertimos, te castigamos y, no obstante, no te enmendabas. Te ganaste a pulso la expulsión del Palacio de los Profetas.

Ann notaba un dolor sordo en los hombros. Estaba desnuda, tumbada sobre un tablero de madera con las muñecas sujetas con magia por encima de la cabeza y los tobillos también inmovilizados. El hechizo tejido por Valdora le rozaba más la piel de lo que lo hubiera hecho una basta soga de cáñamo. Estaba tan indefensa como un puerco que se cuelga para ser sacrificado.

Valdora había usado un hechizo aprendido quién sabía dónde para bloquear el han de la Prelada. La sensación era la misma que un cálido fuego en una noche invernal que uno ve al otro lado de la ventana, justo ahí, insoportablemente tentador, pero fuera del alcance.

Ann alzó la mirada hacia la ventana situada cerca de la parte superior de la pared de la pequeña estancia de piedra. Empezaba a clarear. ¿Por qué no llegaba? Ya debería haber acudido al rescate, tras lo cual ella, de algún modo, lo capturaría. Pero él no se había presentado.

Aún no había amanecido. Tal vez llegara. Ann suplicó al Creador que llegara pronto.

A no ser que fuese el día equivocado. El pánico se apoderó de ella. ¿Y si se habían equivocado en sus cálculos? Imposible. Nathan y ella habían revisado las tablas. Ése era el día y, además, no era el día en sí sino los acontecimientos los que alimentaban la profecía. El hecho de haber sido capturada indicaba que ése era el día correcto, del mismo modo que si hubiese sido capturada una semana antes, ése habría sido el día. Ese día estaba prefijado en la misma situación. La profecía se estaba cumpliendo. Pero ¿dónde estaba él?

Ann se dio cuenta de que el rostro de Valdora había desaparecido. Ya no estaba a su lado. Debería haberla hecho hablar más. Debería…

Sintió un súbito, intenso y lacerante dolor cuando el cuchillo le cortó la planta del pie izquierdo. Todo su cuerpo se sacudió, tratando de librarse de las ataduras mágicas. Su frente se perló de nuevo de sudor, que le goteaba por el cuero cabelludo. El dolor de otro corte le hizo lanzar un impotente chillido.

Sus gritos resonaron contra la piedra cuando Valdora le arrancó una tira de carne de la planta del pie.

Ann se agitaba de manera incontrolable, y la cabeza le colgaba a un lado. La niña, Holly, la miraba a los ojos. Ann sintió cómo las lágrimas le caían por el puente de la nariz, le entraban en el otro ojo y luego desaparecían.

Temblorosa, contempló los ojos de la pequeña, preguntándose qué maldades le estaría enseñando Valdora. Conseguiría convertir en piedra el corazón de aquella inocente criatura.

— Mira, Holly —dijo Valdora, sosteniendo en alto la tira de carne—. Fíjate lo fácil que sale si lo haces como yo te digo. ¿Te gustaría probarlo a ti, pequeña?

— ¿Abuela, tenemos que hacer esto? Ella no nos ha hecho ningún daño. Ella no es como los otros; no ha tratado de hacernos daño.

— Vaya si lo ha hecho —protestó Valdora, subrayando sus palabras con el cuchillo—. Ella me ha hecho mucho daño: me robó mi juventud.

Holly echó un vistazo a Ann, que seguía estremeciéndose por efecto del dolor. Para tratarse de alguien tan joven su rostro era una extraña máscara de calma. Habría podido ser una excepcional novicia y, con el tiempo, una excelente Hermana.

— Ella me dio una moneda de plata. No ha intentado hacernos daño. Esto no me gusta. No quiero hacerlo.

Valdora se rió entre dientes.

— Bueno, pues yo sí. Escucha con atención a tu abuela —la exhortó Valdora, agitando el cuchillo—: se lo merece.

Holly miró fríamente a la anciana.

— Sólo porque seas más vieja que yo no significa que tengas razón. No pienso seguir mirando. Me marcho afuera.

Valdora se encogió de hombros.

— Haz lo que quieras. Esto es entre la Prelada y yo. Si no quieres aprender nada, vete afuera a jugar.

La niña salió. Ann sintió deseos de besarla por su valentía.

— Nos hemos quedado solas, Prelada —dijo Valdora, aproximándose a su víctima. Apretaba la mandíbula—. ¿No crees que ya es hora de que vayamos al grano? —Cada palabra iba acompañada de un ligero pinchazo con el cuchillo en el costado. Ladeó la cabeza para mirar a Ann a los ojos y añadió—: Se acerca el momento de la muerte, Prelada. Me encantaría que murieras gritando. ¿Lo intentamos?

— ¡Allí! —Zedd trató de señalar lo mejor que pudo, pese a que apenas podía moverse—. Hay luz en el Alcázar.

Aunque el alba empezaba a iluminar el cielo, aún se distinguía claramente en la oscuridad el resplandor amarillo que salía de varias ventanas. Gratch vio lo mismo que Zedd y viró hacia la fortaleza.

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