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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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— Córcholis —murmuró el mago—, si ese chico ya está en el Alcázar, lo…

Gratch gruñó ante aquella evidente referencia a Richard. Más que oírlo Zedd sintió el gruñido en la espalda, pegada al pecho del gar. Entonces bajó la vista hacia el suelo, muy abajo.

— Lo salvaría. Eso es lo que iba a decir, Gratch. Si Richard está en apuros, bajaré hasta allí para salvarlo.

Gratch gorjeó de satisfacción.

Ojalá Richard no estuviera en apuros. Después de una semana de esfuerzo para mantener el hechizo que permitía que Gratch pudiera transportarlo, se sentía casi sin fuerzas. No se veía capaz de aguantar mucho más, y menos aún de usar su magia para salvar a nadie. Necesitaba descansar varios días.

— Yo también quiero a Richard, Gratch —dijo al gar, acariciando los enormes brazos peludos que lo rodeaban—. Nosotros lo ayudaremos. Entre los dos lo protegeremos. ¡Gratch! —exclamó Zedd, muy asustado—. ¡Mira por dónde vas! ¡Frena, frena!

Zedd alzó los brazos para protegerse la cara al tiempo que el gar bajaba en picado hacia la muralla. Al aventurar una miradita entre los dedos, comprobó que la piedra se aproximaba a una velocidad alarmante y ahogó un grito. Gratch lo agarró con más fuerza mientras aleteaba, tratando de frenar la caída en picado.

El mago se dio cuenta de que no podía seguir manteniendo el hechizo. Se sentía tan exhausto que pesaba demasiado y Gratch no podía llevarlo. Desesperado trató de mantenerlo, pero era como tratar de atrapar un huevo que está a punto de caerse por el borde de la mesa.

En el último segundo logró atrapar el conjuro antes de que desapareciera y lo controló de nuevo.

Finalmente el aleteo de Gratch consiguió generar aire suficiente para frenar, y remontó el vuelo antes de estrellarse. Agitando elegantemente sus enormes alas correosas, el gar se posó sobre la muralla. Zedd sintió que los peludos brazos de Gratch se apartaban de su túnica empapada en sudor.

— Lo siento, Gratch. He estado a punto de perder el control del hechizo y hacer que nos estrellásemos.

Gratch asintió, distraído. Sus ojos verdes escrutaban la oscuridad. Estaban rodeados por muros y cientos de lugares en los que esconderse. Gratch parecía examinarlos todos.

En la garganta del gar empezó a resonar un grave gruñido. El resplandor verde de sus ojos se intensificó. Zedd fijó la vista en los oscuros huecos, pero no vio nada. Gratch sí.

El mago se estremeció cuando el gar de pronto lanzó un bramido y se lanzó hacia la oscuridad.

Sus impresionantes garras hendieron el aire de la noche, mientras que sus colmillos desgarraban la nada.

Poco a poco Zedd empezó a distinguir formas en el aire que giraban alrededor del gar. Las capas se hinchaban con el movimiento y los cuchillos destellaban.

Eran mriswith.

Los monstruos siseaban con ruiditos secos mientras atacaban a la enorme bestia peluda. Gratch los cogía entre sus garras, despedazaba sus escamosos cuerpos, derramando su sangre y sus entrañas. Zedd sentía un escalofrío en la columna vertebral cada vez que un mriswith lanzaba un aullido al morir.

Zedd notó que algo pasaba rozándolo, e inmediatamente otro mriswith se lanzó contra el gar. El mago extendió una mano y lanzó una bola de fuego líquido que acertó al mriswith, prendió su capa, y luego las llamas se extendieron al resto del cuerpo.

De pronto la muralla se convirtió en un hervidero de mriswith. Zedd ahondó en lo más profundo de sí para reunir poder con el que lanzar una línea de denso aire, que precipitó a varios al abismo. Gratch arrojó a otro contra el muro con tal violencia que el cuerpo del mriswith reventó al chocar contra la piedra.

Zedd no estaba preparado para librar esa batalla campal que de pronto había estallado a su alrededor. Exhausto y mentalmente aturdido, Zedd buscaba frenéticamente ideas, pero no engendraba nada más ingenioso que simple magia con fuego y aire.

De repente un mriswith lo atacó con sus cortantes garras. Zedd le lanzó una línea de aire tan afilada como el filo de un hacha, que le cercenó la cabeza. A continuación tejió una red para apartar a otros de Gratch y lanzarlos por el borde de la muralla. Desde el muro externo en el que se encontraban había una caída en picado de miles de metros.

En su mayor parte, los mriswith hacían caso omiso de Zedd y solamente parecían interesados en acabar con el gar. ¿Por qué esa obsesión? Por el modo en que Gratch los masacraba, parecía sentir un odio visceral hacia ellos.

Una cuña de luz hendió súbitamente la oscuridad previa al alba al tiempo que se abría una puerta. Una pequeña figura se recortó contra la luz. La iluminación permitió ver a Zedd cómo todos los mriswith se abalanzaban sobre el gar. Zedd embistió lanzando una bola de fuego que envolvió a tres de los escamosos seres que giraban hacia adelante haciendo centellear sus cuchillos.

Un mriswith pasó junto a él dándole un empellón en el hombro que le hizo perder el equilibrio. Aún tuvo tiempo de ver cómo los mriswith se amontonaban sobre el gar y lo derribaban contra el almenado muro.

La furiosa masa se tambaleó en el borde y cayó al negro abismo justo cuando Zedd se golpeaba la cabeza contra la piedra.

La puerta se abrió con un chirrido. Ann aprovechó que Valdora interrumpió la labor de tortura para recuperar la respiración y al mismo tiempo luchar contra la oscuridad que trataba de envolver su mente. No podía seguir aguantando. Había llegado al límite. Ya ni siquiera era capaz de seguir gritando. Querido Creador, no podía soportarlo más. ¿Por qué no había acudido a su rescate?

— Abuela. —Con gran esfuerzo Holly arrastraba algo centímetro a centímetro—. Abuela, ha pasado algo.

Valdora se volvió hacia la niña.

— ¿Dónde lo has encontrado?

Ann hizo un esfuerzo por alzar la cabeza. Entre resoplidos Holly alzó a un enjuto anciano cogiéndolo por la túnica granate y lo apoyó contra la pared. Sangraba por un lado de la cabeza, y también la sangre empapaba su mata de pelo blanco ondulado totalmente alborotado.

— Es un mago, abuela. Está casi muerto. Le vi luchar con un gar y otros seres cubiertos de escamas.

— ¿Por qué piensas que es un mago?

Holly se enderezó, jadeando. El anciano quedó tendido en el suelo.

— Usaba su don. Lanzaba bolas de fuego.

— ¿De veras? Un mago. Qué interesante. ¿Y qué pasó con el gar y los otros seres? —inquirió, rascándose la nariz.

Holly describió la batalla haciendo grandes aspavientos.

— Y luego todos saltaron sobre el gar, y todos cayeron por el borde. Yo me acerqué y miré abajo, pero ya no pude verlos. Todos cayeron por la montaña —concluyó.

Ann apoyó la cabeza sobre la mesa con un ruido sordo. Querido Creador, aquél era el mago que se suponía que debía rescatarla.

Qué gran fracaso. Iba a morir en vano. ¿Cómo había podido ser tan vanidosa para creer que podía correr ese riesgo y salirse con la suya? Nathan tenía razón.

Nathan. Ann se preguntó si el profeta llegaría a encontrar su cuerpo y averiguar qué había sucedido, o si lamentaría la muerte de su guardiana. No era más que una tonta, una vieja tonta que se había pasado de lista. Había interferido con las profecías una vez más, y las profecías le habían devuelto el golpe. Nathan tenía razón. Debería haberlo escuchado.

Ann se estremeció al ver a Valdora que se inclinaba sobre ella con una cruel sonrisa en los labios. Con la punta del cuchillo le alzó el mentón.

— Bueno, querida Prelada, parece que tengo un mago que despachar. —La bruja pasó la punta del cuchillo por la garganta de su víctima. Ann sintió cómo el acero tiraba de su piel, se la cortaba y se la arañaba.

— Por favor, Valdora, pide a Holly que se marche. No quiero que tu nieta vea cómo matas.

— ¿Quieres mirar, verdad querida? —preguntó Valdora a su nieta.

Holly tragó saliva.

— No, abuela. Ella no nos ha hecho ningún daño.

— Ya te he dicho que a mí sí.

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