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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– ¿Lo dices en serio? -preguntó Fabre. Miró a Camille en busca de apoyo, pero éste estaba leyendo su correspondencia.

– Si te divorcias de Nicole y te casas con Caroline, puedes traerla a vivir aquí.

– ¿Casarme con ella? -preguntó Fabre-. Estás loco.

– Si te parece una idea tan impensable, ello demuestra que esa mujer no debería tratarse con nuestras esposas.

– Ya comprendo -contestó Fabre, que estaba de un humor agresivo. No podía dar crédito a lo que oía. El ministro y su colega, el otro secretario, se habían beneficiado ese verano en numerosas ocasiones de Caroline-. De modo que hay una ley para ti y otra para mí.

– No sé a qué te refieres. ¿Acaso me propongo mantener a una amante aquí?

– Sí -masculló Fabre.

Camille soltó una carcajada.

– Te ruego que comprendas -dijo Danton-, que si Caro se traslada aquí, los ministerios y la Asamblea se enterarán de ello al cabo de una hora y lloverán las críticas, especialmente sobre mí.

– Muy bien -respondió Fabre, enojado-. Cambiemos de tema. ¿Quieres saber lo que dice Condorcet sobre tu nombramiento, ministro, en el periódico de hoy?

– Espero que no nos deleites todas las mañanas refiriéndonos lo que opinan y dicen los brissotinos -terció Lucile-. Pero continúa.

Fabre abrió el periódico y leyó:

– «El primer ministro tenía que ser alguien que contara con la confianza de los agitadores responsables de haber derrocado la monarquía. Tenía que ser un hombre con suficiente autoridad personal para controlar a los más nefastos instrumentos de esta beneficiosa, gloriosa y necesaria Revolución.» Se refiere a nosotros, Camille. «Tenía que ser un hombre que poseyera la suficiente elocuencia, espíritu y carácter para estar a la altura del cargo que ostenta y de los miembros de la Asamblea Nacional que deben tratar con él. Sólo Danton reunía esas cualidades. Yo voté a favor de él, y no me arrepiento de mi decisión.» Fabre se inclinó hacia Gabrielle y añadió-: ¿No estás impresionada?

– Hay algo que no me convence en ese artículo -dijo Camille.

– Tiene un tono paternalista -declaró Lucile, arrebatando el periódico de manos de Fabre-. «Los miembros que deben tratar con él.» Parece como si vayan a encerrarte en una jaula y se aproximen a ti con unos palos y temblando de miedo.

– Como si nos importara el que Condorcet se arrepintiera o no de su decisión -dijo Camille-. En primer lugar, no tenía elección. Las opiniones de los brissotinos carecen de importancia.

– Te equivocas. Cuando se elija a los diputados de la Convención Nacional tendrán una gran importancia -respondió Danton.

– Me gusta eso del carácter -dijo Fabre-. ¿Imaginas lo que hubiera dicho si te llega a ver arrastrando a Mandat por todo el Ayuntamiento?

– Olvidemos ese episodio -contestó Danton.

– Pensaba que había sido uno de tus momentos más gloriosos, Georges-Jacques.

Camille distribuyó las cartas en montoncitos y dijo:

– No he recibido noticias de Guise.

– Quizás estén impresionados por tu nuevo domicilio.

– Supongo que no me creen. Pensarán que es una de mis mentiras habituales.

– ¿Acaso no leen los periódicos?

– Sí, pero desde que soy periodista no se fían de ellos. Mi padre está convencido de que acabarán ahorcándome.

– Quizá tenga razón -dijo Danton con tono burlón.

– Puede que esto te interese. He recibido carta de mi querido primo Fouquier-Tinville -dijo Camille, examinando la esmerada caligrafía de su pariente-. Halagos, envidia, servilismo, envidia, mi querido primo Camille, envidia y más envidia… «el nombramiento de los patrióticos ministros… conozco bien su reputación, pero no tengo la suerte de que ellos me conozcan a mí…»

– Yo sí lo conozco -dijo Danton-. Un tipo útil. Hace lo que le ordenan.

– «Confío en que intercederás en mi favor ante el ministro de Justicia para que me ofrezca un cargo… Como sabes, soy padre de familia numerosa y no ando sobrado de dinero…» -Camille arrojó la carta frente a Danton-. Permite que interceda en favor de tu humilde y leal servidor Antoine Fouquier-Tinville. La familia lo considera un abogado muy competente. Puedes darle un cargo si te apetece.

Danton cogió la carta y se echó a reír.

– Qué tono tan servil… Hace tres años no te habría dado ni los buenos días, Camille.

– Tienes razón. Si me lo hubiera encontrado en la calle ni siquiera me hubiera dirigido la palabra, hasta que cayó la Bastilla.

– No obstante -dijo Danton tras leer la carta-, tu primo puede sernos útil en el tribunal especial que montaremos para juzgar a los perdedores. Déjame reflexionar, ya le encontraré un trabajo.

– ¿Quiénes envían esas cartas? -preguntó Lucile.

– Éstas son de felicitación, y éstas otras obscenas -contestó Camille, indicando con la mano los dos montoncitos de cartas. Lucile observó su mano; parecía casi transparente-. Solía entregárselas a Mirabeau. Las coleccionaba.

– ¿Puedo verlas?

– Más tarde -contestó Danton-. ¿Recibe Robespierre ese tipo de cartas?

– Sí, algunas. Maurice Duplay inspecciona su correspondencia. Los Duplay constituyen una maravillosa presa para una imaginación calenturienta. Todas esas hijas, y los dos chicos… Según me ha informado Maurice, en ellas mencionan mi nombre con frecuencia. Pero no puedo hacer nada para remediarlo.

– Robespierre debería casarse -dijo Fabre.

– No sirve de nada -respondió Danton. Luego se giró hacia su esposa y le preguntó-: ¿Qué vas a hacer hoy, cariño?

Gabrielle guardó silencio.

– Tu alegría de vivir es admirable -dijo Danton con tono sarcástico.

– Echo de menos mi hogar -contestó Gabrielle, contemplando fijamente el mantel. No le gustaba airear su vida privada.

– ¿Por qué no vas de compras? -sugirió su marido-. Vete a la modista.

– Estoy encinta de tres meses. La ropa no me interesa.

– No seas malo con ella, Georges-Jacques -terció Lucile.

Gabrielle la miró furiosa y le espetó:

– No necesito que me defiendas, zorra. -Luego se levantó y añadió-: Disculpadme.

Tras esas palabras, salió precipitadamente de la habitación.

– Olvídalo, Lolotte -dijo Danton-. Está nerviosa.

– Gabrielle tiene el temperamento de las personas que escriben esas cartas -dijo Camille-. Todo lo ve bajo un prisma pesimista.

– Ya puedes satisfacer tu morbosa curiosidad -dijo Danton a Fabre, indicando las cartas-. Pero llévatelas de aquí.

Fabre se inclinó profundamente ante Lucile y salió con expresión fría y digna.

– No le gustarán -observó Danton-. Ni siquiera pueden gustarle a Fabre.

– Maximilien recibe proposiciones de matrimonio -soltó Camille inopinadamente-. Recibe dos o tres a la semana. Las conserva en su habitación, sujetas con una cinta. Tiene la manía de guardarlo todo.

– ¿No será una de tus fantasías? -le preguntó Danton.

– No, te lo aseguro. Las oculta debajo del colchón.

– ¿Cómo lo sabes? -preguntó Danton, echándose a reír.

– No se lo cuentes a nadie -contestó Camille-, porque Max sospechará que te lo he dicho yo.

En aquel momento apareció de nuevo Gabrielle, seria y tensa.

– Cuando hayáis terminado, me gustaría hablar un momento con mi marido, si no tenéis inconveniente.

Danton se levantó y dijo, dirigiéndose a Camille:

– Hoy puedes hacer de ministro de Justicia, mientras yo me ocupo de lo que Gabrielle llama «los asuntos extranjeros». ¿Qué querías decirme, cariño?

– ¡Maldita sea! -exclamó Lucile, cuando los Danton se hubieron marchado-. Me ha llamado zorra.

– No lo ha dicho en serio -respondió Camille-. Se siente desgraciada, confundida.

– Y nosotros no hacemos nada para ayudarla.

– ¿A qué te refieres?

Camille acarició suavemente la mano de su esposa mientras ambos se miraban fijamente. Ninguno estaba dispuesto a renunciar a su jueguecito.

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