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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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Los aliados habían aterrizado en Francia.

– París es una ciudad tan segura -comunicó Danton a la Asamblea-, que he traído a mis hijos y a mi anciana madre a la capital, a mi casa de la Place des Piques.

Más tarde se encontró con el ciudadano Roland en los jardines de las Tullerías y dieron un paseo bajo los árboles. Sobre el rostro de su colega caían los rayos del sol que se filtraban entre las hojas.

– Quizás ha llegado el momento de marcharse -dijo Roland con voz temblorosa-. El Gobierno debe permanecer unido a toda costa. Si nos trasladáramos más allá del Loira, cuando ocupen París…

Danton se giró y lo miró enfurecido.

– Cuidado, Roland -dijo-, pueden oírte. Si tanto te asusta la lucha, huye, pero yo me quedo para gobernar el país. Jamás ocuparán París. Antes le prenderemos fuego.

Como saben, el pánico es contagioso. Danton está convencido de que existe un mecanismo que lo pone en marcha, un proceso que forma parte de la mente humana o del alma. Sin embargo, confía en que, mediante ese mismo proceso, a lo largo de las vías por las que se extiende el pánico también puede extenderse el valor. En cualquier caso, está resuelto a permanecer al pie del cañón, a modo de ejemplo.

La señora Recordain estaba sentada en una silla, contemplando admirada el palacio del ministro de Justicia. De pronto olfateó el aire, alarmada.

Habían empezado a cavar trincheras alrededor de las murallas de París.

Durante las primeras semanas, Marat solía acudir con frecuencia al ministerio. No se molestaba en bañarse para tales ocasiones, ni anunciaba su visita con antelación. Recorría los pasillos con paso apresurado y decía con cara de pocos amigos: «Vengo a ver al ministro, o al secretario», como si estuviera dispuesto a pelearse con quien intentara impedírselo.

Una mañana se topó con dos funcionarios que conversaban junto a la puerta del despacho del secretario Desmoulins. Parecían nerviosos e irritados. Ninguno de ellos trató de detener al doctor Marat sino que lo miraron como diciendo: «Adelante, el secretario merece recibir la visita de un tipejo como tú.»

Era una habitación espaciosa, espléndidamente amueblada, en la que Camille no acababa de encajar. De las paredes colgaban unos retratos de viejos ministros que observaban con expresión vacía, debajo de sus empolvadas pelucas, al ocupante de la mesa que antaño les había pertenecido, como si la presencia de Camille les dejara totalmente indiferentes.

– Longwy ha caído -dijo Marat.

– Lo sé. Me lo han señalado en ese mapa, porque ni siquiera sabía dónde quedaba eso.

– Dentro de unos días caerá Verdun -continuó Marat, sentándose frente a Camille-. ¿Qué problemas tienes con tus funcionarios? Me he encontrado a dos ahí fuera, murmurando.

– Aquí me asfixio -contestó Camille-. Ojalá me hubiera quedado en la redacción del periódico.

Marat, en aquellos momentos, en lugar de publicar sus opiniones en el periódico, las escribía en unos carteles que pegaba por toda la ciudad. Ciertamente, no era un estilo sutil, que alentara las simpatías de la gente.

– A ti y a mí, querido amigo, nos van a matar de un tiro.

– Quizá tengas razón.

– Llegado el momento, ¿qué harás? ¿Suplicar misericordia?

– Probablemente -contestó Camille con franqueza.

– Pero tu vida es muy valiosa. La mía también, aunque supongo que muchos no estarían de acuerdo con esta afirmación. Tenemos un deber hacia la Revolución, no podemos rendirnos. Brunswick se ha movilizado. ¿Qué dice Danton? La situación es grave, pero no desesperada. Danton no es idiota, e imagino que no ha perdido las esperanzas. Sin embargo, tengo miedo. El enemigo dice que está dispuesto a arrasar la ciudad. El pueblo sufrirá, como quizá jamás ha sufrido en nuestra historia. ¿Imaginas cómo se vengarán los monárquicos?

Camille sacudió la cabeza, dando a entender que trataba de no pensar en ello.

– Provenza y Artois regresarán. María Antonieta regresará, para ocupar de nuevo su lugar. Los sacerdotes regresarán. Los niños que ahora están en la cuna sufrirán por lo que hicieron sus padres. -Marat se inclinó hacia adelante, con la espalda encorvada y la mirada fija en Camille, como si estuviera pronunciando un discurso desde la tribuna del Club de los Jacobinos-. La nación se convertirá en un matadero.

Camille apoyó los codos en la mesa y observó a Marat, sin saber qué responder.

– No sé cómo podemos detener el avance del enemigo -le dijo Marat-. De eso se ocuparán Danton y los soldados. Lo que me concierne es la defensa de esta ciudad, los traidores que hay entre sus muros, los subversivos, los monárquicos que llenan nuestras cárceles. Esas prisiones no son seguras; tenemos a gente encerrada en conventos, en hospitales, no hay espacio para ellos, ni forma de encerrarlos en un lugar seguro.

– Es una lástima que derribáramos la Bastilla -dijo Camille.

– ¿Y si logran escapar? -preguntó Marat-. No, no es imposible, el arma que representa la cárcel exige cierto consentimiento por parte de la víctima, cierta colaboración. Supón que se niegan a colaborar… Cuando nuestras tropas partan hacia el campo de batalla, dejando a la ciudad en manos de las mujeres, los niños y los políticos, los aristócratas saldrán de las cárceles, localizarán los escondites donde guardan las armas…

– ¿Los escondites? Nos seas estúpido. ¿Por qué crees que la Comuna ha registrado todas las casas…?

– ¿Estás seguro de que las han registrado todas?

Camille sacudió la cabeza.

– ¿Qué quieres que hagamos? -preguntó-. ¿Matar a los presos en las cárceles?

– Por fin -respondió Marat-. Creí que nunca íbamos a llegar a este punto.

– ¿A sangre fría?

– Como sea.

– ¿Y tú te encargarías de organizarlo, Marat?

– No, sucedería espontáneamente. La gente, aterrada, llevada por el odio hacia el enemigo…

– ¿Espontáneamente? -repitió Camille-. No lo creo probable.

Sin embargo, pensó: tenemos una ciudad que corre un peligro inmediato, tenemos un populacho enfurecido, tenemos un mar de odio inútil contra las instituciones del Estado que fluye a través de las plazas públicas, y tenemos a las víctimas, el objetivo de ese odio, tenemos a los traidores a mano, dispuestos a lo que sea… Bien pensado, no es tan descabellado.

– Venga, hombre -dijo Marat-. Los dos sabemos cómo suceden esas cosas.

– Hemos empezado a juzgar a los monárquicos -contestó Camille.

– ¿Crees acaso que disponemos de uno o dos años? ¿De un mes, de una semana?

– No, tienes razón. Pero jamás… quiero decir que jamás hemos cometido nada semejante, Marat. Sería un asesinato, lo mires como lo mires.

– No seas hipócrita. ¿Qué crees que hicimos en 1789? Fueron los asesinatos los que te convirtieron en el personaje que eres hoy, que te sacaron del anonimato y te colocaron en este despacho. ¡Los asesinatos! ¿Qué significa eso? Se trata simplemente de una palabra.

– Hablaré de ello con Danton.

– Sí, hazlo.

– Pero dudo de que acepte tu plan.

– Allá él. De todos modos sucederá. Podemos ejercer cierto control sobre ello o bien dejar que se nos escape de las manos. Danton tendrá que elegir entre ser el amo o el sirviente. ¿Qué crees tú que elegirá?

– Manchará su buen nombre. Su honor.

– Ay, Camille -murmuró Marat-. ¡Su honor! ¡Mi pobre Camille!

Camille se reclinó en la silla y alzó la cabeza, contemplando los cuadros que cubrían las paredes. Los ministros tenían los ojos enrojecidos, sin duda debido a su avanzada edad. ¿Tenían esposa, hijos? ¿Sentimientos? Debajo de sus elegantes chalecos ¿se movían sus costillas con el latir de sus corazones? Los retratos lo observaban impasibles, en silencio. Los funcionarios se habían alejado de la puerta. Camille oyó el tictac de un reloj.

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