El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
El jefe de estación conocía de vista a la señora Cleary, pero nunca se había atrevido a entablar conversación con ella; por tanto, la observó mientras bajaba la escalera de madera del puente y no le dijo nada cuando ella se colocó muy estirada en el andén. Era una viejecita distinguida, pensó: vestido y sombrero a la última moda, y también tacones altos. Buena figura, y no muchas arrugas en su cara, para la edad que debía de tener; lo cual demostraba lo bien que podía sentarle a una mujer la vida regalada del ganadero.
Tanto era así que Frank reconoció a su madre, por su aspecto, mucho más pronto que ella a él, aunque el corazón de Fee reconoció en seguida al hijo. Éste tenía cincuenta y dos años, y había estado ausente todo el período que media entre la juventud y la madurez avanzada. El hombre plantado ahora bajo la luz crenuscular de Gilly estaba excesivamente delgado, casi escuálido, y se veía muy pálido; llevaba el cabello rapado hasta media altura de la cabeza, vestía ropas holgadas sobre una estructura que todavía se adivinaba vigorosa a pesar de su pequeña estatura, y las bien formadas manos se cerraban sobre el ala de un sombrero de fieltro gris. No andaba encorvado ni tenía aspecto enfermizo, pero parecía como desamparado, estrujando el ala del sombrero entre las manos, como si no esperase que fuera a recibirle y no supiese lo que tenía que hacer.
Fee hizo acopio de valor y avanzó por el andén.
– Hola, Frank -dijo.
Él levantó aquellos ojos que antaño brillaban y echaban chispas, engastados ahora en la cara de un hombre camino de la vejez. No eran los ojos de Frank. Apagados, resignados, intensamente cansados. Pero, al captar la imagen de Fee, una expresión extraordinaria se pintó en ellos, lacerada, completamente indefensa, llenos de la desesperada súplica de un moribundo.
– ¡Oh, Frank! -dijo ella, abrazándole y meciendo la cabeza de él sobre su hombro-. Todo está bien, todo está bien -murmuró, y repitió, aún más bajo-: ¡Todo está bien!
Al principio, Frank permaneció hundido en el asiento y guardó silencio; pero, al adquirir velocidad el «Rolls» y salir de la población, empezó a interesarse por lo que le rodeaba y miró por la ventanilla.
– Todo parece exactamente igual -murmuró.
– Creo que sí. Aquí, el tiempo pasa muy despacio.
Cruzaron el desvencijado puente de madera sobre el río estrecho y fangoso, flanqueado de sauces llorones, con la mayor parte de su lecho al descubierto entre una maraña de raíces y cantos rodados, y charcas inmóviles y pardas, y eucaliptos creciendo en eriales pedregrosos.
– El Barwon -dijo él-. Nunca pensé volver a verlo.
Detrás de ellos, se elevaba una enorme nube de polvo; delante de ellos, la carretera se extendía recta, como un ejercicio de perspectiva, sobre una gran llanura herbosa y carente de árboles.
– ¿Es nueva esta carretera, mamá?
Parecía ansioso de encontrar un tema de conversación, de hacer que la situación pareciese normal.
– Sí; la construyeron desde Gilly hasta Milparinka al terminar la guerra.
– Podrían haber echado un poco de alquitrán, en vez de dejar el polvo de siempre.
– ¿Para qué? Estamos acostumbrados a comer polvo, y piensa lo que habría costado tender una capa lo bastante firme para resistir el barro. La nueva carretera es recta, la tienen bien cuidada y ha suprimido trece de nuestras veintisiete puertas. Sólo quedan catorce entre Gilly y nuestra casa, y ya verás cómo hemos arreglado éstas, Frank. Ya no hay que bajar para abrirlas y cerrarlas.
El «Rolls» subió una rampa hasta una puerta de acero que se elevó despacio; en el momento en que el coche hubo pasado y se hubo alejado unos metros, la puerta volvió a cerrarse sola.
– ¡Las maravillas nunca cesan! -comentó Frank.
– Nosotros fuimos los primeros de la región que instalamos puertas automáticas, aunque sólo entre la carretera de Milparinka y la casa. Las puertas de las dehesas todavía tienen que abrirse y cerrarse a mano.
– Bueno, supongo que el tipo que inventó estas puertas debió de abrir y cerrar muchas de las otras en su tiempo, ¿eh? -rió Frank, siendo ésta su primera muestra de regocijo.
Pero volvió a callar, y su madre se concentró en su tarea de conducir el coche, no queriendo precipitar las cosas. Cuando cruzaron la última puerta y entraron en el Home Paddock, él exclamó:
– ¡Había olvidado lo bonito que es!
– Es nuestra casa -replicó Fee-. La cuidamos bien.
Llevó el «Rolls» al garaje, y después retrocedieron juntos hacia la casa; pero ahora él llevaba su maleta.
– ¿Prefieres una habitación en la casa grande, Frank, o toda la casa de los invitados para ti solo? -preguntó su madre.
– Prefiero la de los invitados. Gracias. -Los cansados ojos del hombre se posaron en la cara de ella-. Así podré mantenerme alejado de la gente -explicó, y fue ésta la única referencia que hizo a su estancia en la cárcel.
– Creo que será mejor para ti -dijo su madre, guiándole hacia el salón-. La casa grande está muy llena de gente en este momento; tenemos al cardenal, Dane y Justine están en casa, y Luddie y Anne Mueller llegarán mañana para pasar las Navidades.
Tiró del cordón de la campanilla, para pedir el té, y recorrió velozmente la habitación para encender las lámparas de queroseno.
– ¿Luddie y Anne Mueller? -preguntó él.
Ella se detuvo en el momento de encender una mecha y miró a su hijo.
– Ha pasado mucho tiempo, Frank. Los Mueller son amigos de Meggie. -La lámpara ardió satisfactoriamente, y Fee se sentó en su poltrona-. Cenaremos dentro de una hora, pero primero tomaremos una taza de té. Tengo que quitarme de la boca el polvo de la carretera.
Frank se sentó torpemente en el borde de una de las otomanas de seda crema y contempló, asombrado, la habitación.
– Parece completamente distinta de como era en tiempo de la tía Mary.
– Bueno, creo que sí -contestó Fee sonriendo.
Entonces entró Meggie, y a Frank le costó más asimilar el hecho de que Meggie fuese una mujer madura que el de que su madre fuese una vieja. Cuando su hermana le abrazó v le besó, volvió la cara, se encogió en su holgado traje y buscó con los ojos a su madre, que le miraba como diciéndole: «No te preocupes; muy pronto, todo te parecerá normal; sólo es cuestión de tiempo.» Un minuto después, mientras él buscaba todavía algo que decirle a esta desconocida, llegó la hija de Meggie; una muchacha alta y flaca, que se sentó muy tiesa, alisando con las grandes manos los pliegues de su vestido y resiguiendo todas las caras con sus ojos pálido. Era mayor de lo que era Meggie cuando él se marchó de casa, pensó Frank. El hijo de Meggie entró con el cardenal y fue a sentarse en el suelo, al lado de su hermana; un chico precioso, tranquilo y distante.
– Esto es maravilloso, Frank -dijo el cardenal, estrechándole la mano, y después, se volvió a Fee, arqueando la ceja izquierda-. ¿Una taza de té? Muy buena idea.
Sus hermanos varones entraron juntos en el salón, y fue un momento de gran violencia, porque ellos no le habían perdonado todavía. Frank sabía la razón; era por el daño que había causado a su madre. En cambio, no sabía qué decir para hacerles comprender, ni podía hablarles de su dolor y de su soledad, ni pedirles perdón. La única persona que importaba realmente era su madre, y ésta no había pensado nunca que hubiese algo que perdonar.
Fue el cardenal quien trató de salvar la velada, quien llevó el peso de la conversación alrededor de la mesa de comedor y cuando volvieron al salón, charlando con facilidad de diplomático y cuidando especialmente de no excluir a Frank.
– Bob, hay algo que quería preguntarte desde que llegué: ¿Dónde están los conejos? -dijo el cardenal-. He visto millones de madrigueras, pero ni un solo conejo.
– Todos los conejos han muerto -respondió Bob.
– ¿Muerto?
– Sí; de algo que llaman mixomatosis. Entre los conejos y los años de sequía, Australia estaba casi acabada como nación productora en el año cuarenta y siete. Estábamos desesperados -dijo Bob, animándose con el tema y alegrándose de poder hablar de algo que no incluyese a Frank.