Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
– Nada… nada -todo el cuerpo de Miles temblaba, incontrolado.
– Mientes -Tony el «Oso» se volvió hacia Danny Kerrigan-. Trae ese jugo que usas para los grabados.
Durante el interrogatorio, hasta aquel momento, el viejo falsificador había mirado a Miles con odio. Ahora asintió.
– Muy bien, míster Marino.
Danny se acercó a un estante y sacó un frasco con tapa de plástico. El frasco tenía una etiqueta: ÁCIDO NÍTRICO. SÓLO PARA GRABAR. Retirando la tapa, Danny vertió el contenido del frasco en una jarra de cerveza. Con cuidado de no derramar, lo llevó a la mesa donde Tony el «Oso» tenía a Miles. Lo dejó allí, y puso al lado un pincel de grabador.
Tony el «Oso» agarró el pincel y lo empapó en ácido nítrico. Como al descuido se inclinó y pasó el pincel por la mejilla de Eastin. Por un segundo o dos, mientras el ácido penetraba bajo la piel, no hubo reacción. Después Miles gritó y una nueva y diferente agonía se apoderó de él, cuando la quemadura se extendía y se profundizaba.
Los otros miraban, fascinados, y la carne bajo el ácido se ablandó y pasó del rojo al verde.
Tony el «Oso» volvió a mojar el pincel.
– Te pregunto una vez más, culo sucio. Si no me contestas, esto va para la otra mejilla. ¿Qué otra cosa descubriste y dijiste?
Los ojos de Miles estaban enloquecidos, como los de un animal acorralado. Tartamudeó:
– El dinero… falsificado.
– ¿Qué sabes de eso?
– Compré algún dinero… lo mandé al banco… después conduje el coche… llevé más dinero a Louisville.
– ¿Y?
– Tarjetas de crédito… permisos de conducir…
– ¿Estás al corriente de quién los hizo? ¿Quién imprimió el dinero falso?
Miles movió la cabeza lo mejor que pudo.
– Danny.
– ¿Quién te lo dijo?
– Él… me lo dijo.
– ¿Y se lo soplaste todo al policía del banco? ¿Está enterado de todo?
– Sí.
Tony el «Oso» se volvió enfurecido hacia Kerrigan.
– ¡Borracho estúpido! ¡No vales más que él!
El viejo empezó a mascullar:
– Míster Marino, yo no estaba borracho. Pensé que él…
– ¡Silencio! -Pareció que Tony el «Oso» iba a pegar al viejo, después cambió de idea. Volvió a Miles:
– ¿Qué más sabes?
– Nada más.
– ¿Saben dónde se imprimen las cosas? ¿Dónde está este lugar?
– No.
Tony el «Oso» volvió a acercar el pincel al ácido. Miles seguía todos los movimientos. La gran experiencia le dijo cuál era la respuesta esperada:
– ¡Sí, sí… saben!
– ¿Y se lo dijiste al tipo de Seguridad del banco?
Desesperado, Miles mintió:
– Sí, sí…
– ¿Cómo lo descubriste? -el pincel estaba pendiente sobre el ácido.
Miles supo que debía encontrar una respuesta. Cualquier respuesta que satisficiera.
Volvió la cabeza a Danny:
– Él me lo dijo.
– ¡Mentiroso! ¡Mentiroso de mierda!
La cara del viejo se movía, tenía la boca abierta, la cerraba de pronto y el mentón le temblaba por la emoción. Apeló a Tony el «Oso».
– ¡Está mintiendo, míster Marino! ¡Juro que miente! ¡No es verdad! -Pero lo que veía en los ojos de Marino aumentó su desesperación. Danny se precipitó sobre Miles-. ¡Di la verdad, hijo de puta! ¡Dila! -Enloquecido, sabiendo el castigo que le esperaba, el viejo miró alrededor en busca de un arma. Vio la jarra con ácido nítrico. La agarró y volcó el contenido en la cara de Miles.
Empezó un nuevo aullido, que se detuvo de golpe. Mientras el olor al ácido y el asqueante hedor de la carne quemada se expandían… Miles cayó hacia adelante, inconsciente, sobre la mesa donde seguían clavadas sus manos, mutiladas y sangrientas.
Aunque no entendía del todo lo que le estaba pasando a Miles, Juanita sufría por sus gritos y súplicas y finalmente por la extinción de su voz. Se preguntó, de manera desapasionada, porque sus sentimientos estaban ahora adormecidos al punto que ninguna emoción podía afectarla, si habría muerto. Se preguntó también cuánto tiempo pasaría antes que ella y Estela compartieran el destino de Miles. Ahora parecía inevitable que las dos iban a morir.
Juanita agradeció una cosa: Estela no se había movido pese a lo penetrante de los gritos. Si el sueño no la abandonaba, tal vez la niña se viera libre de cualquier horror que les esperara antes del fin. Como no hacía desde años atrás, Juanita rogó a la Virgen María para que diera una muerte fácil a Estela.
Luego escuchó una nueva actividad en el cuarto contiguo. Era como si movieran muebles, abrieran cajones y los cerraran de golpe, colocaran frascos pesadamente. Oyó el estruendo del metal sobre el cemento y palabrotas.
Después, ante su sorpresa, el hombre que reconocía como Lou, apareció ante ella y empezó a desatarla. Supuso que iban a llevarla a otra parte, cambiando una tortura por otra. Cuando terminó, la dejó donde estaba y empezó a desatar a Estela.
– ¡De pie! -ordenó a las dos. Estela, semidormida, se quejó, en sueños. Empezó a llorar bajito, y el llanto quedaba sofocado por la mordaza.
Juanita hubiera querido acercarse, pero todavía no se podía mover; apoyó su peso contra la silla, dejando que la sangre recorriera sus miembros acalambrados.
– Oye -dijo Lou a Juanita-, tienes suerte gracias a tu hija. El patrón os va a dejar ir. Os vendarán los ojos, os llevarán en un coche a un lugar muy lejos de aquí y os soltarán. No sabes dónde has estado, de manera que no podrías traer aquí a nadie. Pero si hablas, si se lo cuentas a alguien, descubriremos dónde estás y mataremos a la niña. ¿Entendido?
Juanita asintió sin creer apenas lo que oía.
– ¡Entonces en marcha! -Lou señaló la puerta. Evidentemente no tenía intenciones de vendarle todavía los ojos. Pese a la inercia de hacía unos momentos, ella sintió que su normal agudeza mental volvía.
A la mitad de unas escaleras de cemento se apoyó contra la pared, con náuseas.
En el otro cuarto, cuando pasaron, había visto a Miles -o lo que quedaba de él- con el cuerpo echado sobre una mesa, sus manos una pulpa sangrienta, su cara, su pelo, y su cráneo quemados hasta hacerse irreconocibles. Lou había empujado a Juanita y a Estela para que pasaran pronto, pero no tanto como para que Juanita no viera la siniestra realidad. También se dio cuenta de que Miles no estaba muerto, aunque seguramente agonizaba. Se había movido levemente y había gemido.
– ¡Camina! -rugió Lou.
Siguieron subiendo las escaleras.
El horror de lo que le había ocurrido a Miles llenaba la mente de Juanita. ¿Qué podía hacer para ayudarle? Evidentemente nada en este momento. Pero, si ella y Estela eran liberadas, ¿había alguna manera de conseguir ayuda? Lo dudaba. No tenía idea de dónde estaban; y no parecía que hubiera oportunidad de averiguarlo. De todos modos, debía hacer algo. Algo para compensar -por lo menos en parte- su terrible sensación de culpa. Había traicionado a Miles. Fuera cual fuese el motivo había dicho su nombre, y le habían atrapado y traído aquí, con las consecuencias que había visto.
La semilla de una idea, no del todo pensada, surgió en ella. Se concentró, desarrollándola, borrando otras cosas de su mente, incluso a Estela. Juanita razonó: era posible que no diera resultado, pero había una leve posibilidad. El éxito dependía de la agudeza de sus sentidos y de su memoria. También era importante que no le vendaran los ojos hasta llegar al auto.
En lo alto de la escalera giraron a la derecha y entraron en un garaje.
Con paredes de cemento, parecía un garaje común para dos coches, perteneciente a una casa privada o a oficinas y, al recordar los sonidos que había escuchado a la llegada, Juanita adivinó que habían venido también por este camino. En el garaje había un auto… no el coche grande en el que habían llegado esa mañana, sino un Ford verde oscuro. Procuró ver el número del coche, pero no estaba al alcance de su vista.