Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
Además de las notas tenían pista para guiarse; el kilometraje.
Las mordazas y las vendas de los ojos habían sido quitadas a Juanita y a Estela unos momentos antes de ser empujadas fuera del coche en un camino suburbano. Con deliberada torpeza y suerte, Juanita se las arregló para echar otra mirada al cuentakilómetros. 25738,5. Habían viajado 23,7 millas.
Pero, ¿era una dirección recta o el coche había retrocedido a veces, haciendo que el viaje pareciera más largo de lo que era, simplemente para confundirla? Incluso con el informe de Juanita era imposible tener la certeza. Hicieron todo lo posible, trabajando penosamente para establecer el recorrido, calculando si el coche había tomado tal dirección o tal otra, si había doblado aquí o allá, si había viajado hasta tal distancia en tal camino. Pero todos sabían que la cosa era muy inexacta, ya que la velocidad sólo podía ser adivinada, y los sentidos de Juanita, cuando estaba con los ojos vendados, podían haberla engañado, de manera que un error podía acumularse sobre otro error, y volver inútil la tarea actual, convertirla en una pérdida de tiempo. Pero había una posibilidad de que pudieran rastrear el camino de vuelta hacia donde ella había estado presa, o muy cerca del lugar. Y, de manera significativa, una consistencia general existía entre las varias posibilidades que se presentaban hasta ahora.
Fue el agente Jordan, del Servicio Secreto, quien hizo una afirmación para todos. En un mapa de la zona trazó una serie de líneas que representaban las posibles direcciones por las que había atravesado el auto que llevaba a Juanita y a Estela. Después, en el principio de las líneas, trazó un círculo.
– Aquí -señaló con el dedo-. Aquí, en algún punto.
En el silencio siguiente Wainwright oyó el ruido del estómago de Jordan, como siempre que le había visto. Wainwright se preguntó cómo era posible que Jordan aceptara tareas en las que tenía que permanecer escondido y en silencio. ¿O acaso su ruidoso estómago le excluía de esa clase de trabajos?
– Esta zona -señaló Dalrymple- es de lo menos cinco millas cuadradas.
– Entonces investiguémosla -contestó Jordan-. En grupos, en autos. Nuestra organización y la de ustedes, y pediremos también ayuda a la policía municipal.
El teniente Fazackerly, que se les había unido, preguntó:
– ¿Y qué es lo que debemos buscar, señores?
– Si quiere que le diga la verdad -dijo Jordan-, maldito si lo sé.
Juanita viajaba en un coche del FBI con Innes y Wainwright. Wainwright conducía, dejando a Innes en libertad para manejar dos radios, una unidad portátil, de las cinco suministradas por el FBI, que podía comunicarse directamente con los otros autos, y un transmisor regular enlazado directamente con el Cuartel General del FBI.
Antes, bajo la dirección del comisario de policía de la ciudad, habían localizado el área y cinco coches la cruzaban ahora. Dos eran del FBI, uno del Servicio Secreto, y dos de la policía municipal. El personal se había dividido. Jordan y Dalrymple viajaban cada uno con un detective de la policía, y daban detalles a los recién llegados a medida que avanzaban. Si era necesario, otras patrullas de la policía municipal vendrían en su ayuda.
Todos estaban seguros de una cosa: el sitio donde había estado secuestrada Juanita era el centro donde se hacía moneda falsa. La descripción general hecha por ella y algunos detalles que había percibido volvían la cosa casi cierta. Por lo tanto las instrucciones a todas las unidades especiales eran las mismas: buscar e informar de cualquier actividad desusada que pudiera relacionarse con un centro criminal especializado en falsificaciones. Todos estuvieron de acuerdo en que las instrucciones eran vagas, pero nadie había podido suministrar algo más específico. Como decía Innes:
– ¿Qué otra cosa nos queda?
Juanita estaba sentada en el asiento trasero del coche del FBI.
Habían pasado casi dos horas desde que ella y Estela habían sido dejadas bruscamente, dándoles órdenes de que volvieran la cara, y el Ford verde oscuro había desaparecido con un chirrido de goma quemada. Desde entonces Juanita había rehusado todo tratamiento -como no fueran los primeros auxilios inmediatos- para la cara malamente amoratada y cortada, y para las heridas y desgarraduras de las piernas. Sabía que tenía un aspecto horrible, con las ropas manchadas y rotas, pero sabía también que, si quería llegar a tiempo para salvar a Miles, todo lo demás debía esperar, incluso la atención que debía prestar a Estela, que había sido llevada a un hospital para curarle la herida y ponerla en observación. Mientras Juanita hacía lo que debía, Margot Bracken -que había llegado al destacamento policial poco después de Wainwright y el FBI- atendía a Estela.
Era la media tarde.
Al poner sobre el papel las secuencias de su viaje, al liberar la mente como purgándola de un centro sobrecargado, había quedado exhausta. De todos modos había contestado a lo que parecían preguntas interminables de los hombres del FBI y del Servicio Secreto, que insistían en averiguar los menores detalles de su experiencia con la esperanza de que algún fragmento olvidado les acercara más a lo que todos deseaban: a un lugar determinado. Hasta ese momento no se había producido nada.
Pero no era en los detalles en lo que pensaba ahora Juanita, sentada detrás de Wainwright y de Innes, sino en Miles tal como le había visto. La imagen permanecía grabada -con sentimientos de culpabilidad y angustia- agudamente en su mente. Dudaba que pudiera desaparecer nunca. La pregunta la perseguía: si se descubría el centro de falsificación, ¿sería ya demasiado tarde para salvar a Miles? ¿O, quizás, ya era demasiado tarde?
La zona que había trazado el agente Jordan -situada en el borde oriental de la ciudad- era un barrio populoso y mezclado. En parte era comercial, con algunas fábricas, galpones y una gran avenida dedicada a la industria ligera. Ésta -considerada la zona más probable- era el segmento al que prestaban mayor atención las fuerzas patrulleras. Había varias zonas comerciales. El resto era residencial, y presentaba toda la gama de viviendas desde las de tipo bungalow hasta casas amplias, de tipo mansión.
Para la docena de buscadores que daban vueltas y se comunicaban frecuentemente por las radios portátiles, la actividad en todas partes parecía común y de rutina. Incluso algunos pocos acontecimientos fuera de lo ordinario tenían un tono común.
En uno de los distritos comerciales un hombre que había comprado un equipo de seguridad para pintor había tropezado con el instrumento y se había roto una pierna. Un poco más lejos, un coche con el acelerador trabado se había metido en el vestíbulo vacío de un teatro.
– A lo mejor creía que era una película para meterse dentro -dijo Innes, pero nadie rió. En la avenida industrial el departamento de bomberos había acudido ante el fuego en una pequeña fábrica y rápidamente lo había apagado. La fábrica estaba rodeada de charcos; uno de los inspectores de policía fue a mirar, para cerciorarse. En una mansión residencial se iniciaba un té de caridad. En otra, un camión tractor cargaba muebles domésticos. Entre los bungalows un grupo de obreros reparaba una cañería. Dos vecinos habían discutido y se habían liado a puñetazos en la acera. El agente Jordan, del Servicio Secreto, bajó y los separó.
Y eso era todo.
Por una hora. Al terminar no habían adelantado, estaban como al principio.
– Tengo una sensación rara -dijo Wainwright-. La sensación que acostumbraba tener cuando trabajaba para la policía y algo se me pasaba por alto.
Innes lo miró de reojo.
– Comprendo lo que usted dice. Usted cree que tiene algo ante las narices, pero que no lo ve.
– Juanita -dijo Wainwright por encima del hombro-, ¿hay algo, algún detalle pequeño que le haya podido pasar por alto?