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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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En una rápida mirada alrededor, algo intrigó a Juanita. Contra una de las paredes del garaje había una cómoda de madera oscura y pulida, pero nunca había visto antes una cómoda semejante.

Parecía cortada verticalmente por la mitad, las dos mitades estaban separadas y pudo ver que el interior era hueco. Dentro de la cómoda había algo que parecía un armario de comedor, cortado en de la misma manera especiaclass="underline" en ese momento dos hombres retiraban la mitad del armario; uno de ellos estaba oculto por una puerta, el otro le daba la espalda.

Lou abrió la puerta trasera del Ford.

– Entra -dijo.

En las manos llevaba dos trapos negros… las vendas para los ojos.

Juanita entró primero. Al hacerlo tropezó deliberadamente, cayó hacia adelante, y se sostuvo agarrándose al respaldo del asiento delantero. Aquello le dio la oportunidad que buscaba: mirar hacia el asiento del conductor y ver el cuentakilómetros con el kilometraje. Sólo tuvo un segundo para ver los números:

25714 8. Cerró los ojos y los confió -con esperanza- a su memoria.

Estela siguió a Juanita. Lou subió finalmente, les venció los ojos y se sentó en el asiento trasero. Empujó el hombro de Juanita:

– Las dos al suelo. No arméis alboroto, no os vamos a hacer daño-. Acurrucada en el suelo con Estela a su lado, Juanita dobló las piernas y se las arregló para mirar hacia delante. Oyó que otra persona subía al coche, el motor se puso en marcha, las puertas del garaje resonaron al abrirse. Estaban en movimiento.

Desde el momento en que se movió el auto, Juanita se concentró como nunca lo había hecho en su vida. Su intención era recordar el tiempo y la dirección… si podía. Empezó a contar los segundos como le había enseñado una vez un fotógrafo amigo. Mil UNO; mil DOS; mil TRES; mil CUATRO… Sintió que el coche daba la vuelta y giraba, entonces contó ocho segundos hasta que se movió en línea recta. Luego casi se detuvo. ¿Había sido un camino de entrada? Probablemente. ¿Un sendero largo? El coche había avanzado despacio, probablemente había salido a una calle… Un giro a la izquierda. Ahora avanzaba más rápido. Volvió a contar. Diez segundos. Disminuía. Giraba a la derecha… mil UNO; mil DOS, mil TRES… Un giro a la izquierda… más velocidad… más velocidad… un largo trecho… mil CUARENTA Y NUEVE; mil CINCUENTA… No disminuía la marcha… Sí, ahora disminuía. Una espera de cuatro segundos, después en línea recta. Podía haber sido una luz de tráfico… Mil OCHO….

Dios mío, por Miles, ayúdame a recordar.

…mil NUEVE; mil DIEZ. Giro a la derecha….

Borró otros pensamientos. Reaccionaba ante cada movimiento del auto. Contaba el tiempo… esperando, rogando para que la misma gran memoria que la había ayudado a contar el dinero en el banco… que la había salvado una vez de la duplicidad de Miles… le salvara ahora a él.

…mil VEINTE; mil dólares con veinte… No. Madre de Dios, no dejes vagar mi pensamiento…

Un largo camino en línea recta, sobre asfalto, a gran velocidad… Su cuerpo se bamboleó… El camino giraba hacia la izquierda; una larga curva, suavemente… que se detenía, se detenía… Habían sido sesenta y ocho segundos… Giro a la derecha. Empezar de nuevo. Mil UNO; mil DOS.

Y así siguió y siguió.

A medida que pasaba el tiempo la posibilidad de recordar, de reconstruir, parecía cada vez menos probable.

23

– Habla el sargento Gladstone de la Oficina Central de Comunicaciones de la Policía de la Ciudad -anunció la voz nasal e impersonal en el teléfono-. Dijeron que notificara en seguida si Juanita Núñez o su hija, Estela, eran localizadas.

El agente especial Innes se sentó, tenso y erguido. Instintivamente acercó el teléfono:

– ¿Qué noticias tiene, sargento?

– La radio de un coche acaba de informar. Una mujer y una niña que responden a la descripción y nombres han sido encontradas en la unión de Cheviot Township y Shawnee Lake Road. Están bajo custodia protectora. Los oficiales las llevan ahora al Puesto Doce.

Innes cubrió el teléfono con la mano. Dijo con suavidad a Nolan Wainwright, sentado frente al escritorio en el cuartel general del FBI:

– La policía local. Han encontrado a Juanita Núñez y a su hija.

Wainwright apretó con fuerza el borde del escritorio.

– Pregunte en qué condiciones están.

– Sargento -dijo Innes- ¿están bien?

– Le he dicho todo lo que sé, jefe. Si quiere más noticias llamé al Puesto Doce.

Innes anotó el número del Puesto Doce y llamó. Se comunicó con el teniente Fazackerly.

– Sí, estamos enterados -reconoció cortante Fazackerly-. No corte. Siga el informe telefónico que acaba de llegar.

El hombre del FBI esperó.

– Según nuestros hombres la mujer ha sido algo castigada -dijo Fazackerly-. Tiene la cara amoratada y cortes. La chica tiene una fea quemadura en la mano. Los oficiales les han prestado los primeros auxilios. No informan de más daños.

Innes trasmitió las noticias a Wainwright, que se cubrió la cara con la mano, como si rezara.

El teniente volvió a hablar:

– Pero pasa algo raro.

– ¿Qué es?

– Los oficiales del coche dicen que la mujer Núñez no quiere hablar. Lo único que quiere es un lápiz y un papel. Se los han dado. Está escribiendo como loca. Dijo algo sobre cosas que tenía en la memoria y que debía anotar.

El agente especial Innes suspiró:

– ¡Cristo! -recordaba la pérdida de dinero en la caja del banco, la historia detrás, la increíble agudeza de memoria de Juanita Núñez.

– Oiga -dijo-. Escuche lo que le digo, se lo explicaré después; vamos para allá. Pero comuníquese por radio con el coche, en seguida. Dígale a sus oficiales que no dirijan la palabra a la Núñez, que no la molesten, que le den todo lo que pida. Y cuando llegue al lugar, que hagan lo mismo. Háganle caso. Dejen que siga escribiendo si quiere. Trátenla como a algo especial.

Se detuvo y añadió:

– Cosa que por otra parte, es.

Breve marcha atrás. Desde el garaje

Adelante. 8 segundos. Casi se detiene (¿Camino de entrada?)

Vuelta a la izquierda. 10 segundos. Velocidad media.

Vuelta a la derecha. 3 segundos.

Vuelta a la izquierda. 55 segundos. Marcha suave, rápida.

Parada. 4 segundos. (¿Luz de tráfico?)

En línea recta. 10 segundos. Velocidad media.

Vuelta a la derecha. Camino no asfaltado (breve distancia) después asfalto. 18 segundos.

Disminuye la marcha. Se detiene. Parte de inmediato. Curva a la derecha. Se detiene y parte. 25 segundos.

Vuelta a la izquierda. Línea recta, marcha suave. 47 segundos.

Lento. Vuelta a la derecha…

El resumen de Juanita al terminar era de siete páginas escritas a mano.

Trabajaron intensamente durante una hora en un cuarto trasero, en el puesto de policía, usando mapas en gran escala, pero el resultado no fue decisivo.

Las notas garabateadas de Juanita les habían sorprendido a todos… a Innes y a Dalrymple, a Jordan y a Quimby del Servicio Secreto que se habían unido a los otros tras una llamada urgente, y a Nolan Wainwright. Las notas eran increíblemente completas y, según decía Juanita, totalmente exactas. Explicó que nunca creía poder recordar lo que se guardaba en la mente, hasta que llegaba el momento. Pero, una vez hecho el esfuerzo, sabía con certeza si el recuerdo era correcto. Estaba segura de que era así en este caso.

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