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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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Porque lo que ellos -en su mayoría los políticos- han creado por un lado es un Himalaya de deudas que ni ellos, ni nosotros ni nuestros tataranietos podremos pagar nunca. Y, por otro lado, han impreso, como si fuera papel higiénico, una cantidad de billetes, desvalorizando nuestra buena moneda -especialmente los honrados dólares respaldados por oro que alguna vez hemos tenido los norteamericanos.

Repetimos: es una simple tarea doméstica… y es la manera más deshonesta, flagrantemente incompetente de llevar las finanzas de una casa en la historia humana.

Esto, y tan sólo esto, es el motivo básico de la inflación.»

Había más. Lewis prefería decir muchas palabras, antes que quedarse corto.

Y también, como siempre, Lewis ofrecía una solución a los males financieros.

«Como un vaso de agua para un deshidratado y moribundo caminante, la solución está pronta y al alcance, como siempre lo ha estado y siempre lo estará.

Oro, como base, una vez más, para los sistemas monetarios mundiales.

Oro, el más antiguo, el solo bastión de la integridad monetaria. Oro, la única fuente, incorruptible, de la disciplina fiscal.

Oro que los políticos no pueden imprimir, o hacer, o falsificar, o desvalorizar de algún modo.

Oro que, debido a su suministro severamente limitado, establece su propio valor, real, eterno.

Oro que, debido a su valor consistente y cuando es base de dinero, protege los honestos ahorros de toda la gente, impidiendo que sean saqueados por los bribones, los charlatanes, los incompetentes y los soñadores en los cargos públicos.

El oro que, desde hace siglos ha demostrado que:

Sin él como base monetaria, la inflación es inevitable, seguida por la anarquía.

Con él la inflación puede ser disminuida y curada, puede retenerse la estabilidad.

El oro que Dios, en su sabiduría, tal vez haya creado con el propósito de disminuir los excesos de los hombres.

El oro que alguna vez los norteamericanos dijeron con orgullo que su dólar «vale tanto como…

El oro que algún día, pronto, Norteamérica deberá honorablemente volver a usar como su standard de intercambio. La alternativa -que cada día se hace más clara- es la desintegración fiscal y nacional. Por suerte, aun ahora, pese al escepticismo y a los fanáticos del antioro, hay señales de puntos de vista que han madurado en el gobierno, señales de que volvemos a la cordura…»

Alex dejó a un lado el «D'Orsey Newsletter». Como muchos banqueros y demás, a veces se había burlado de los ruidosos defensores del oro, Lewis D'Orsey, Harry Schultz, James Dines, el congresista Crane, Exter, Browne, Pick y un puñado más. Con todo, recientemente, se había preguntado si el punto de vista simplista de aquellos hombres no tendría razón. Al mismo tiempo que en el oro, ellos creían en el laissez faire, la función libre y no estorbada del mercado, donde se dejaba que fracasaran las compañías poco eficientes y que triunfaran las eficientes. El reverso de la moneda eran los teóricos keynesianos, que odiaban el oro y tenían fe en las manipulaciones de la economía, incluidos los subsidios y los controles a lo que llamaban «una buena afinación». ¿Acaso, se preguntó Alex, los keynesianos eran los herejes, y D'Orsey, Schultz y los otros los verdaderos profetas? Tal vez. Los profetas en otras áreas habían estado solos y se habían burlado de ellos, pero algunos habían vivido para ver cumplidas sus profecías. Un punto de vista que Alex compartía totalmente con Lewis y los otros, era que se avecinaban tiempos más sombríos. Lo cierto es que para el FMA ya habían llegado.

Oyó girar una llave. Se abrió la puerta del apartamento y entró Margot. Se quitó un abrigo con cinturón, de pelo de camello, y lo tiró sobre un sillón.

– Dios mío, Alex, no puedo quitarme a Roscoe de la cabeza. ¿Cómo ha podido hacer eso? ¿Por qué?

Fue directamente al bar y se preparó un trago.

– Parece que había algunos motivos -dijo él lentamente-. Están empezando a salir a la luz. Si no te molesta, Bracken, prefiero no hablar todavía de esto.

– Entiendo -se acercó a él.

Él la abrazó y se besaron.

Después de un trago él dijo:

– Háblame de Eastin, de Juanita, de la niña…

Desde ayer Margot había hecho importantes arreglos respecto a los tres.

Se sentó frente a él y bebió unos sorbos.

– Es mucho cuando todo viene junto…

– Con frecuencia las cosas pasan de esa manera -se preguntó qué otra cosa, si es que pasaba algo, ocurriría antes de que terminara este día.

– Primero Miles -empezó Margot-. Está fuera de peligro y la mejor noticia es que, por un milagro, no quedará ciego. Los médicos creen que debió de cerrar los ojos un segundo antes de que le cayera el ácido, de manera que los párpados le han salvado. Están terriblemente quemados, lógicamente, como el resto de la cara, y tendrá que someterse durante mucho tiempo a la cirugía plástica.

– ¿Y las manos?

Margot sacó una libreta de su bolso y la abrió.

– El hospital se ha puesto en contacto con un cirujano en West Coast… el doctor Jack Tupper, en Oakland. Tiene fama de ser uno de los mejores especialistas para el arreglo quirúrgico de manos. Le han consultado por teléfono. Está de acuerdo en venir aquí en avión y operar a mediados de la próxima semana. Supongo que el banco pagará.

– Sí -dijo Alex-, pagará.

– He tenido una conversación -prosiguió Margot- con el agente Innes del FBI. Dice que, a cambio de que Miles Eastin se presente como testigo ante el tribunal, le ofrecen protección y una nueva identidad en otra parte del país… -dejó la libreta-. ¿Has hablado hoy con Nolan?

Alex movió la cabeza.

– No he tenido ocasión.

– Él te hablará. Quiere que uses tu influencia para lograr un empleo para Miles. Nolan dice que, si es necesario, dará puñetazos en tu escritorio para convencerte.

– No será necesario -dijo Alex-. Nuestra compañía de valores tiene tiendas de finanzas en Texas y California. Encontraremos algo para Eastin en uno de los dos puntos.

– Tal vez convenga que contraten también a Juanita. Ella dice que donde él vaya, irá ella. Y también Estela.

Alex suspiró. Se sentía contento de que, por lo menos, hubiera un final feliz. Preguntó:

– ¿Qué ha dicho Tim McCartney sobre la chica?

Había sido idea de Alex mandar a Estela Núñez al Remedial Center del doctor McCartney. ¿Qué herida mental, si la había, se preguntó Alex, había caído sobre aquella criatura, como resultado del secuestro y de la tortura?

Pero el pensamiento del Remedial Center le recordaba, penosamente, a Celia.

– Te diré algo -dijo Margot-. Si tú y yo fuéramos tan cuerdos y equilibrados como la pequeña Estela, seríamos mejores personas. El doctor McCartney dice que los dos hablaron totalmente de la cosa. Como resultado, a Estela no le quedará la experiencia enterrada en el inconsciente; la recordará claramente… como una mala pesadilla, y nada más.

Alex sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

– Me alegro -dijo con suavidad-. De verdad.

– Ha sido un día muy ocupado -Margot se desperezó y se quitó pataleando los zapatos-. Otra de las cosas que he hecho es hablar con el departamento legal del banco sobre una compensación para Juanita. Creo que podremos arreglar algo sin tener que llevarte ante el tribunal.

– Gracias, Bracken -tomó su vaso y el de ella para volver a llenarlos. Mientras lo hacía, sonó el teléfono. Margot se levantó y atendió.

– Es Leonard Kingswood. Quiere hablarte.

Alex atravesó la sala y tomó el teléfono.

– Escucho, Len.

– Ya sé que descansas después de un día duro -dijo el presidente de la Northam Steel-, yo estoy también impresionado con lo de Roscoe. Pero, lo que debo decirte, no puede esperar.

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