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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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Una vez, cuando la Torre de la Casa Central del FMA había sido nueva, Ben Rosselli había traído a sus ejecutivos por este camino. Heyward estaba entre ellos, y habían salido por otra puertecita, que podía ver ahora. Heyward la abrió y salió a un estrecho balcón, casi en la cúspide del edificio, por encima de la ciudad.

Un crudo viento de noviembre le golpeó, con tumultuosa fuerza. Se puso de frente y encontró que el viento le apaciguaba de alguna manera, como si le envolviera. En aquella ocasión, recordaba, Ben Rosselli había tendido las manos hacia la ciudad, diciendo: «Señores: ésta fue alguna vez la tierra prometida de mi abuelo. Lo que ustedes ven ahora, es nuestro. Recuerden, como él recordaba, que, para beneficiarse en el verdadero sentido, debemos dar, al igual que tomar.» La cosa parecía muy lejos, tanto en el precepto como en el tiempo. Ahora Heyward miró hacia abajo. Pudo ver los edificios más pequeños, el río siempre presente, con sus vueltas, el tráfico, la gente moviéndose como hormigas en la Plaza Rosselli, allá abajo. El ruido de todo llegaba hasta él, confundido y enmudecido entre el viento.

Puso una pierna sobre la barandilla que separaba el balcón de un estrecho borde sin protección. Después pasó la otra pierna. Hasta ese momento no había tenido miedo pero ahora todo su cuerpo temblaba, y sus manos se agarraron con fuerza a la barandilla que tenía a la espalda.

Desde algún punto detrás de él oyó voces agitadas, pasos que subían corriendo las escaleras. Alguien gritó:

– ¡Roscoe!

Su último pensamiento fue un versículo de Samuel I: Ve, y que el Señor sea contigo. Pero el último de los últimos fue para Avril. Oh, tú, hermosa entre las mujeres… levántate amor mío, hermosa mía y ven….

Luego, cuando las figuras se precipitaron por la puerta que tenía detrás, cerró los ojos y saltó al vacío.

25

Hay un montón de días en nuestra vida, pensó Alex Vandervoort, que mientras uno recuerde y respire, quedarán aguda y dolorosamente grabados en la memoria. Uno era el día, hacía poco más de un año, en que Ben Rosselli había anunciado su próxima muerte. Otro era hoy.

Era de noche. En casa, en su apartamento, Alex, todavía impresionado por lo que había pasado, inquieto y desalentado, esperaba a Margot. Ella llegaría pronto. Se preparó un segundo whisky con soda y echó un leño al fuego, que se estaba apagando.

Esa mañana, él había sido el primero en abrir la puerta que llevaba al alto balcón de la torre, se había precipitado escaleras arriba al oír que la gente estaba preocupada por el estado mental de Heyward, deduciendo, tras interrogar rápidamente a algunas personas, dónde podía haber ido Roscoe. Alex había gritado llamándole en el momento que se precipitaba por la puerta hacia el balcón, pero ya era demasiado tarde.

Al ver a Roscoe, que pareció suspendido un instante en el aire y desapareció luego de la vista con un terrible grito, que se apagó rápido, Alex había quedado horrorizado, temblando y por un momento, no pudo hablar. Fue Tom Straughan, que estaba detrás de él en la escalera, quien se había encargado de las cosas, ordenando que salieran todos del balcón, orden que Alex cumplió.

Después, en un acto inútil, se había cerrado con llave la puerta que daba al balcón.

Abajo, al volver al piso treinta y seis, Alex se había recobrado y había ido a informar a Jerome Patterton. Después el resto del día fue una mezcla de acontecimientos, decisiones, detalles, que se sucedían y se mezclaban unos con otros, que todo se convirtió en el epitafio de Heyward, que todavía no se había terminado, y mañana seguirían las mismas cosas. Pero, por hoy, la mujer y el hijo de Roscoe habían sido informados y consolados; se había respondido a la investigación policial… por lo menos en parte; se habían previsto los funerales… como el cuerpo era irreconocible el ataúd debía cerrarse en cuanto el juez de turno diera el permiso; se hizo un comunicado de prensa redactado por Dick French, que fue aprobado por Alex; y todavía quedaban más cuestiones que tratar o posponer.

Las respuestas a otros interrogantes se hicieron claras para Alex al final de la tarde, poco después de avisarle Dick French que debía atender a la llamada telefónica de un periodista del «Newsday», llamado Endicott. Cuando Alex le habló, el periodista pareció inquieto. Explicó que, unos minutos antes, se había enterado por la AP del aparente suicidio de Roscoe Heyward. Endicott describió luego la llamada que había hecho a Heyward esa mañana y lo que había sugerido.

– Si yo hubiera imaginado… -terminó torpemente.

Alex no intentó hacer que se sintiera más cómodo. La moral de su profesión era algo que el hombre tenía que descubrir por sí mismo.

En cambio, Alex preguntó:

– ¿Su periódico todavía piensa publicar el artículo?

– Sí, señor. Estamos preparando otro titular. Fuera de eso, se publicará mañana, como habíamos pensado.

– Entonces, ¿para qué me ha llamado?

– Supongo que… deseaba decir… a alguien… que lo lamento mucho.

– Sí -dijo Alex-, yo también.

Esa noche Alex pensó de nuevo en la conversación, compadeciendo a Roscoe por la agonía mental que debía haber sufrido en los momentos finales.

En otro plano no cabía duda de que la historia del «Newsday», cuando apareciera mañana, iba a hacer gran daño al banco. Sería daño sobre daño. Pese al éxito de Alex al detener la «estampida» en Tylersville, y la ausencia de otras en otras partes, se había producido una disminución de la confianza pública en el First Mercantile American y una erosión de depósitos. Casi cuarenta millones de dólares retirados se habían escabullido en los últimos diez días, y los fondos que entraban estaban bastante por debajo del nivel usual. Al mismo tiempo el precio de las acciones del FMA había cedido mucho en la bolsa de Nueva York.

El FMA, naturalmente, no estaba solo en esto. Desde que habían corrido las primeras noticias de la insolvencia de la Supranational, un miasma de melancolía se había apoderado de los inversores y de la comunidad comercial, incluidos los banqueros; y los precios de las acciones habían marchado generalmente barranco abajo; se habían creado nuevas dudas internacionales en cuanto al valor del dólar; y ahora la cosa aparecía para algunos como el último aviso antes de la tormenta mayor de una crisis mundial.

Era, pensó Alex, como si el desmoronamiento de un gigante hubiera hecho comprender que otros gigantes, que se suponía invulnerables, iban también a desmoronarse; que ni los individuos, ni las corporaciones, ni los gobiernos, a ningún nivel, podían escapar para siempre a la ley más simple de la contabilidad: que se debe pagar lo que se debe.

Lewis D'Orsey, que había predicado desde hacía años esa doctrina, había escrito algo muy parecido en su último «Newsletter». Alex había recibido el número esa mañana por correo, le había echado una mirada y se lo había metido en el bolsillo para leerlo esa noche con más atención. Ahora lo sacó.

No crean ustedes en el mito falsamente repetido (escribía Lewis) de que hay algo complejo y elusivo que desafía cualquier análisis fácil, en las finanzas corporadas, nacionales e internacionales.

Todo es economía doméstica… ordinaria economía doméstica, en gran escala.

Los supuestos vericuetos, las ofuscaciones y las sinuosidades son un bosquecillo imaginario. No existen en realidad; han sido creados por políticos compradores de votos (lo que significa todos los políticos), por manipuladores y por «economistas» que tienen enfermedades de Keynes. Juntos usan a un curandero mixtificador para ocultar lo que están haciendo y han hecho.

Lo que más temen estos desaprensivos es un simple escrutinio de sus actividades a la luz clara y simple del sentido común.

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