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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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Ella dijo con firmeza:

– Lo he dicho todo.

– Entonces vamos a repetirlo otra vez.

Después de un rato, Wainwright dijo:

– En el momento en que Eastin dejó de gritar y cuando usted todavía estaba atada, dijo que había oído mucho ruido en el lugar.

Ella corrigió:

– No ruido, una conmoción. Ruido y actividad. Oí gente que se movía, cosas que levantaban, cajones que se abrían y se cerraban, ese tipo de cosa.

– Tal vez buscaban algo -sugirió Innes-. Pero… ¿qué?

– Cuando usted salía -preguntó Wainwright-, ¿tuvo alguna idea de lo que representaba esa actividad?

– Por última vez, no lo sé -Juanita movió la cabeza-. Les he dicho que me sentía demasiado aterrada al ver a Miles para percibir otra cosa… -vaciló-. Bueno, estaban aquellos hombres en el garaje moviendo esos muebles raros.

– Sí -dijo Innes-, ya nos lo ha dicho. Es raro, pero todavía no hemos encontrado la explicación de eso.

– ¡Un momento! Tal vez la haya…

Innes y Juanita miraron a Wainwright. Él fruncía el ceño. Parecía concentrado, meditaba.

– Esa actividad que Juanita oyó… supongamos que no buscaban algo, sino que estaban empaquetando, que se disponían a mudarse…

– Pudiera ser -reconoció Innes-. Pero lo que movían debían ser maquinarias. Máquinas grabadoras, repuestos. No muebles.

– A menos -dijo Wainwright- que los muebles fueran una cubierta. Muebles huecos.

Se miraron entre sí. La respuesta llegó a ambos al mismo tiempo.

– ¡Dios me valga -gritó Innes- ese camión de mudanzas…!

Wainwright ya había empezado a dar la vuelta al coche, girando el volante en una vuelta rápida, apretada.

Innes se apoderó de la radio portátil. Transmitió tenso:

– Grupo dirigente a todas las unidades especiales. Converger hacia la gran casa gris que está en el fondo, al Este, en Earlham Avenue. Busquen un camión de mudanzas. Detengan y arresten a los ocupantes. Policía Municipal, llame a todos los coches en las cercanías. Código 10-13.

Código 10-13 significaba: máximo de velocidad, a todo lo que daba, con luces y sirenas. Innes puso en marcha su propia sirena. Wainwright apretó con fuerza el acelerador.

– Dios -dijo Innes, que estaba a punto de llorar-, hemos pasado dos veces al lado. Y la última vez casi habían terminado de cargar.

– Cuando salgas de aquí -ordenó Marino al conductor del camión tractor- dirígete hacia la West Coast. Marcha sin prisa, haz todo lo que harías con un cargamento normal y descansa todas las noches. Pero no pierdas el contacto, ya sabes a dónde tienes que llamar. Y, si no recibes nuevas órdenes en camino, las recibirás en Los Angeles.

– Bien, míster Marino -dijo el chófer. Era un tipo de confianza que conocía la tarea, y también que iba a recibir un premio regio por el riesgo personal que corría. Había hecho el mismo trabajo otras veces, en una ocasión en que Tony el «Oso» había mantenido el centro de falsificaciones en carretera, librando de daños a las máquinas, marchando por el campo y manteniéndose a flote hasta que todo tumulto desapareció.

– Bueno, entonces -dijo el chófer-, ya que todo está cargado, es mejor que me vaya. Hasta pronto, míster Marino.

Tony el «Oso» asintió, sintiéndose aliviado. Había estado inquieto durante el empaquetamiento y la operación de carga, sentimiento que le había clavado allí, supervisando y manteniendo la presión, aunque sabía que no era inteligente quedarse.

Generalmente se mantenía a salvadora distancia del frente de trabajo de cualquiera de sus operaciones, y se aseguraba de que no quedaran pruebas que lo relacionaran con el asunto si algo se embrollaba. Pagaba a otros para que corrieran esos riesgos y recibieran los golpes si era menester. La cosa era que, la falsificación, que se había iniciado como una insignificancia, se había convertido con el tiempo en tal fábrica de dinero -en el sentido real- que, de ser alguna vez el menor de sus intereses, figuraba ahora casi en lo alto de la lista. La buena organización había hecho la cosa; eso y el tomar ultra precauciones -calificación que agradaba a Tony el «Oso»- como la de mudarse ahora.

Estrictamente hablando no creía que esta mudanza fuera necesaria -por lo menos tan pronto-; estaba seguro de que Eastin había mentido cuando dijo que Danny Kerrigan le había dicho dónde estaba situada la casa, y había pasado la información.

El «Oso» Tony creía en esto a Kerrigan, aunque el viejo borracho había hablado demasiado, y pronto iba a tener algunas sorpresas desagradables, que le curarían de tener la lengua tan suelta. Si Eastin hubiera sabido lo que había dicho saber, y hubiera pasado la información, los policías y los empleados de Seguridad del banco habrían venido como un enjambre, hacía tiempo. Tony el «Oso» no se había sorprendido ante la mentira. Sabía que la gente bajo la tortura pasaba por diferentes puertas de desesperación mental, saltando de la mentira a la verdad y volviendo después a mentir si creían que los torturadores querían oír algo. Siempre era un juego interesante el adivinar. Tony el «Oso» se divertía con esta clase de juegos.

Pese a todo, mudarse, usando los acuerdos de emergencia establecidos con la compañía de camiones, era lo que convenía hacer. Como siempre… ultra inteligente. En la duda, mudarse.

Y ahora que el cargamento había terminado, era tiempo de librarse de lo que quedaba del espía Eastin. Basura. Un detalle del que se encargaría Angelo. Entretanto, decidió el «Oso» Tony, ya era hora de que él saliera de aquí disparado. Con excepcional buen humor tuvo una risita. Ultra inteligente.

Fue entonces cuando oyó el débil y creciente sonido de las sirenas, que convergían y, unos minutos después, comprendió que lo que había hecho no era en modo alguno inteligente.

– Es mejor que te des prisa, Harry -dijo el joven ayudante de la ambulancia al chófer-. ¡Éste no tiene tiempo que perder!

– Por lo que he visto del tipo -dijo el chófer, que mantenía los ojos hacia delante, usando luces y tocando la sirena para avanzar en medio del tráfico de esta hora-, por lo que he visto, haríamos un favor al pobre hombre si nos detuviéramos a tomar una cerveza.

– Rápido, Harry -el ayudante, que tenía título de enfermero, miró hacia Juanita. Ella estaba sentada en el asiento, se volvía, para ver a Miles, con la cara tensa, moviendo los labios.

– Perdón, señorita. Nos olvidamos que usted estaba aquí. En este trabajo uno se vuelve un poco duro.

Ella tardó un momento en comprender lo que le habían dicho. Luego preguntó:

– ¿Cómo está?

– Muy mal. Es inútil engañarla -el joven enfermero había inyectado morfina subcutáneamente, y había tomado la presión. Ahora echaba agua en la cara de Miles. Miles estaba semiconsciente y, pese a la morfina, se quejaba dolorido. El ayudante no paraba de hablar-. Tiene un shock. Eso puede matarlo, si no le matan las quemaduras. Esta agua es para quitarle el ácido, aunque ya es tarde. En cuanto a los ojos, no quisiera… Eh, ¿qué ha pasado aquí?

Juanita movió la cabeza, porque no quería perder tiempo y hacer el esfuerzo de hablar. Tendió la mano para tocar a Miles, a través de la manta que lo cubría. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Suplicó, sin saber si la escuchaba:

– Perdón… perdón…

– ¿Es su marido? -preguntó el enfermero. Empezó a colocar palillos, asegurados por vendas de algodón, en las manos de Miles.

– No.

– ¿Su amigo?

– Sí -las lágrimas corrieron más aprisa. ¿Era todavía su amigo? ¿Necesitaba haberle traicionado? Aquí, en seguida, quería que la perdonara, como ella le había perdonado una vez… parecía aquello tan lejano, aunque no era así. Y también sabía que todo era inútil.

– Tenga esto -dijo el enfermero. Colocó una máscara sobre la cara de Miles y tendió a Juanita una botella portátil de oxígeno. Ella sintió un silbido cuando salió el oxígeno y se aferró a la botella como si, con el contacto, pudiera comunicarse, como había querido comunicarse desde que encontraron a Miles inconsciente, sangrando, quemado, todavía clavado a la mesa en aquella casa.

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