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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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Alex hizo una mueca.

– Adelante.

– Ha habido una asamblea de directores. Desde esta tarde nos han convocado a dos conferencias, con otras llamadas entretanto. Se ha decidido para mañana a mediodía una reunión total del consejo de Dirección del FMA.

– ¿Y…?

– Primero, en la orden del día, está la aceptación de la renuncia de Jerome Patterton como presidente. Algunos la han solicitado. Jerome está de acuerdo. La verdad es que creo que se siente aliviado.

Sí, pensó Alex, Patterton iba a sentir alivio. Era evidente que no tenía estómago para la súbita avalancha de problemas, junto con las decisiones críticas que debían tomarse.

– Después de eso -dijo Kingswood con su acostumbrada manera brusca y directa- tú serás elegido presidente, Alex. Te harás cargo inmediatamente.

Mientras hablaba, Alex había sujetado el teléfono con la cabeza y el hombro, para encender su pipa. Aspiró mientras se concentraba.

– Al punto en que hemos llegado, Len, no estoy seguro de querer el cargo.

– Teníamos idea de que ibas a decir eso, y por eso me eligieron para que te llamara. Puedes decir que te estoy rogando, Alex; en mi nombre y en el de los demás de la Dirección. -Kingswood hizo una pausa y Alex sintió que lo estaba pasando mal. El suplicar no era fácil para un hombre del tamaño de Leonard L. Kingswood, pero se lanzó a ello de todos modos.

– Todos sabemos que tú nos previniste sobre la Supranational, y nosotros creímos saber más. Nos equivocamos. Ignoramos tu consejo y lo que previste ha pasado. Por eso te pedimos, Alex… un poco tarde, lo reconozco… que nos ayudes a salir del lío en que estamos. Debo decir que algunos de los directores están preocupados con su responsabilidad personal. Todos recordamos que también nos previniste sobre eso.

– Déjame pensar un momento, Len.

– Todo el tiempo que quieras.

Alex creyó que debía sentir alguna satisfacción personal, un sentimiento de superioridad, quizás, al ser vindicado, al poder decir Ya os lo decía; una sensación de poder al tener en la mano, como sabía que las tenía, las cartas del triunfo.

Pero no sintió nada de esas cosas. Sólo una gran tristeza por la futilidad y la adversidad, y comprendió que lo mejor que podía pasar, durante mucho tiempo, si tenía éxito, era que el banco recobrara el estado en que lo había dejado Ben Rosselli.

¿Valía la pena? ¿Qué significaba todo eso? ¿Acaso el extraordinario esfuerzo, el profundo sacrificio personal y el involucrarse en la cosa, la tensión y la presión se justificaban? ¿Y todo para qué? Para salvar un banco, una tienda de dinero, una máquina de dinero, del fracaso. ¿Acaso el trabajo de Margot entre los pobres y desheredados no era mucho más importante que el trabajo de él, no era una contribución mucho mayor a la época actual? Pero todo no era tan simple, porque los bancos eran necesarios, a su manera tan esenciales e inmediatos como la comida. La civilización se vendría abajo sin un sistema monetario. Los bancos, aunque fueran imperfectos, hacían trabajar el sistema monetario.

Pero éstas eran consideraciones abstractas; había una consideración práctica.

Aun en el caso de que Alex aceptara la dirección del First Mercantile American en este estado, no había seguridad del éxito. Era probable que presidiera, ignominiosamente, el cierre del FMA o el hecho de que fuera asimilado a otro banco. En tal caso sería recordado por eso, y su reputación como banquero también quedaría liquidada. Por otra parte, si alguien podía salvar el FMA, Alex sabía que él era esa persona. Al mismo tiempo que habilidad poseía el conocimiento interno que alguien venido de fuera hubiera necesitado tiempo para adquirir. Y algo más importante: pese a todos los problemas, aun ahora, creía poder hacerlo.

– Si acepto, Len -dijo- quiero tener mano libre para hacer cambios, incluidos en el consejo de Dirección.

– Tendrás mano libre -contestó Kingswood-. Te lo garantizo personalmente.

Alex aspiró la pipa, después la dejó.

– Déjame pensarlo. Te daré mi decisión mañana por la mañana.

Colgó la comunicación y volvió a coger el vaso que estaba en el bar. Margot ya había tomado el suyo.

Le miró curiosa.

– ¿Por qué no has aceptado? Ambos sabemos que vas a hacerlo.

– ¿Te has dado cuenta de qué se trataba?

– Naturalmente.

– ¿Por qué estás tan segura de que voy a aceptar?

– Porque no eres capaz de rechazar la provocación. Porque toda tu vida consiste en ser banquero. Todo lo demás viene en segundo lugar.

– No estoy seguro -dijo él lentamente- de que desee que eso sea verdad… -y sin embargo había sido verdad, pensó, cuando él y Celia estaban juntos. ¿Todavía lo era? Probablemente la respuesta fuera afirmativa, como decía Margot. Probablemente, también, nadie puede cambiar nunca su naturaleza básica.

– Hay algo que tengo ganas de preguntarte -dijo Margot-. Y este me parece el mejor momento para hacerlo.

Él asintió.

– Adelante.

– Aquella tarde en Tylersville, el día de la «estampida» del banco, cuando la vieja pareja con los ahorros de toda su vida en la canasta te preguntó: ¿Está nuestro dinero absolutamente seguro en su banco?, tú dijiste que sí. ¿Estabas realmente seguro?

– Me lo he preguntado a mí mismo -dijo Alex-. Inmediatamente y después. Si soy sincero, supongo que no lo estaba.

– Pero salvabas el banco, ¿verdad? Eso era lo primero. Antes que esos viejos y que todos los otros; antes que la honradez, porque «los negocios, como siempre» eran lo más importante… -de pronto hubo emoción en la voz de Margot-. Y por eso seguirás procurando salvar el banco, Alex… antes que nada. Eso es lo que pasó contigo y con Celia. Y… -añadió lentamente- es lo que pasaría… si tuvieras que elegir, entre tú y yo.

Alex guardó silencio. ¿Qué puede uno decir, qué puede decir nadie, ante la verdad desnuda?

– Así que, en el fondo -dijo Margot- no eres tan distinto a Roscoe. O a Lewis -agarró con desagrado el «D'Orsey Newsletters»-. La estabilidad de los negocios, el dinero sólido, el oro, los altos precios de las acciones. Todo eso, primero. La gente… especialmente la gente pequeña, sin importancia… muy detrás. Es el gran abismo entre nosotros, Alex. Y siempre estará ahí…

Vio que ella lloraba.

Sonó un timbre en el pasadizo, más allá de la sala.

Alex exclamó:

– ¡Malditas interrupciones!

Se dirigió a un teléfono interno que comunicaba con la portería.

– Sí, ¿qué pasa?

– Míster Vandervoort, aquí hay una señora que pregunta por usted, mistress Callaghan.

– No conozco a nadie… -se interrumpió-. ¿La secretaria de Heyward? Pregúntele si es del banco.

Una pausa.

– Sí, señor. Es del banco.

– Bien. Hágala subir.

Alex se lo dijo a Margot. Ambos esperaron curiosamente. Cuando oyó el ascensor en el rellano, se dirigió a la puerta del apartamento y la abrió.

– Pase, mistress Callaghan.

Dora Callaghan era una mujer atractiva, bien cuidada, cerca de la sesentena. Alex sabía que trabajaba en el FMA desde hacía muchos años, y que, por lo menos diez, los había pasado junto a Roscoe Heyward. Normalmente tenía dignidad y confianza en sí misma, pero esta noche parecía cansada y nerviosa.

Llevaba un abrigo de gamuza con adornos de piel y traía un portafolio de cuero. Alex lo reconoció como perteneciente al banco.

– Míster Vandervoort, perdone que le moleste…

– Estoy seguro de que tiene usted algún motivo importante para haber venido… -presentó a Margot. Después preguntó:

– ¿Bebe algo?

– No me desagradaría.

Un Martini. Margot lo preparó. Alex le recogió el abrigo de gamuza. Todos se sentaron frente al fuego.

– Puede usted hablar libremente ante miss Bracken -dijo Alex.

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