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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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—Quiere fastidiarte —dijo Alim, que empezaba a ver la forma correcta de proceder—. Le gustan las peleas. No sabe quién apuñaló a James, así que hará que nos matemos unos a otros. Se acuesta con Elliot y le dice a Rob que la ha violado. A ti no te abre las piernas para que te pelees con Chick. Y si lo digo me va a indisponer con seis hombres. ¿Qué puedo hacer, Jackie?

Alim creyó haber dado con la solución: hacer que Jackie pensara con la cabeza en lugar de la entrepierna.

—Lo que necesitamos —dijo Jackie— es algo que desvíe las mentes de los hermanos para que no piensen en las mujeres.

Lo dijo como si la idea fuera divertida y triste al mismo tiempo.

—Eso no va a ser fácil.

—Alim, ¿dónde vamos a ir? ¿Qué nos ocurrirá?

—Es difícil decirlo.

Podía hablar con Jackie, pero no podía decir a nadie que no sabía lo que harían, dónde irían. Y Jackie era listo, una vez fue miembro de los Panteras Negras, tuvo inquietudes políticas, como Alim. En una época trabajaron juntos. Jackie agitaba el gueto hasta que Alim lograba lo que quería del Ayuntamiento, y luego aplacaba las cosas de modo que pareciera obra de Alim. Alim Nassor tenía que hacer pensar a Jackie, pero no podía decirle, a él ni a nadie, que estaba asustado, harto de aquella humedad, que se sentía desgraciado y estaba a punto de perder los nervios.

—El poder negro ha terminado —dijo Jackie—. No hay bastantes negros, ni bastante poder.

—Sí, ya lo imaginaba.

—Y nosotros somos pocos —continuó Jackie—. Insuficientes para establecernos en ninguna parte. Chick dice que cada uno necesitaría un par de acres para vivir. Cien acres podrían mantenernos vivos, pero no podrá ser. Desconocemos el trabajo agrícola. Haría falta gente que realizara parte del trabajo, y dos acres para cada uno. Eso supondría una gran extensión, y no podríamos cuidarla.

—Podemos cuidar una pequeña extensión —dijo Alim.

—Lo que debemos hacer es unirnos, encontrar un grupo de blancos con los que podamos trabajar juntos. Política, no sangre. —Jackie hablaba con la mirada perdida en la noche, en voz pausada, pero Alim podía notar que Jackie había reflexionado en aquello largo tiempo—. El maldito sistema ha sido aplastado. Siempre quisimos que el sistema desapareciera, librarnos de los cerdos, el Ayuntamiento y los ricos bastardos.. Pero no nos sirve de nada, porque no somos bastantes.

—Mierda —exclamó Alim—. Yo he reunido a todos los que he podido. ¿Me estás diciendo que no lo hice?

—No, tú hiciste cuanto estuvo en tu mano —dijo Jackie—. No es culpa tuya si no hubo bastante gente. Alim, ven aquí y mira allá abajo.

A través de la lluvia se veía una luz difuminada. Tenía que ser la fogata de un campamento, que brillaba junto a la línea del agua, hacia el norte.

—Tengo mejor vista que tú —dijo Jackie—. Quizá no ves que se trata de dos fogatas, dos. ¿Cuánta gente debe haber para que valga la pena encender dos fuegos?

—Muchos. ¿Crees que ellos han visto nuestro fuego?

—No. Nadie viene por aquí. Y no les importa que les vean o no. Piensa en eso.

Poder. Aquel grupo no necesitaba ocultarse. Tenía poder.

—¿Una patrulla en nuestra busca? No. No hemos estado en el norte, y nadie de ahí tiene ningún motivo para buscarnos.

—Tal vez esto hará que Chick deje de pensar en matarme —dijo Jackie.

—¿Cómo es que viste esos fuegos y no me lo dijiste antes?

—Tenía que vigilar, y nadie subió aquí. He estado vigilando todo el rato.

—De acuerdo. Quédate aquí y vigila. Enviaré a Gay con los prismáticos.

Con la luz grisácea de la mañana, Jackie bajó por el lado sur de la colina. Alim ya había hecho que la gente se levantara y recogiera las cosas, y los hermanos esperaban con las armas en la mano.

Lo primero que hizo Jackie fue dirigirse a Chick y Cassie. Alim no oyó lo que les dijo, pero Chick tenía una escopeta y no la utilizó. Luego Jackie informó de lo que había visto.

—Están en pie, y organizados. Son cincuenta, sesenta, puede que más. Tal vez muchos más, pues no caben todos en el mismo sitio a la vez. Hay mujeres y un tipo que todavía viste los restos de un traje y lleva corbata. Los demás son soldados.

Jackie esperó para dejar caer sus palabras.

—¿Soldados? Oh, no —dijo Alim Nassor.

—Llevan uniformes del Ejército y rifles, pero no actúan como soldados. Y hay otros vestidos de civiles.

Alim frunció el ceño.

—Tienen algo más que rifles, Alim —prosiguió Jackie—. Tienen ametralladoras y una especie de tubos de estufa..

—Bazookas —dijo Alim.

—Sí, y una cosa grande como un cañón que llevan entre dos hombres. Creo que pueden hacer volar una casa con esas cosas. Lo vi una vez en la tele. Y creo que se dirigen al norte.

Alim reflexionó. Aquello significaba que el grupo debía proceder del este, puesto que antes no los habían visto. Desde luego, no venían del oeste, del lago que cubría el valle de San Joaquín.

—Quizá lo mejor sería seguirlos —dijo Swan, que había estado escuchando—. Parece gente dura de pelar. Puede que dejen algo antes de marcharse.

—Todo habrá desaparecido antes de que lleguemos —dijo Alim. No sabía qué hacer. Sería mejor oír lo que pensaban los otros antes de decidir algo—. Voy a subir ahí a echar un vistazo.

Dejó a Swan al mando, con instrucciones sobre la dirección que deberían tomar si el grupo del Ejército avanzaba hacia ellos, y siguió a Jackie colina arriba. Pensó que los problemas anteriores no habían sido nada. No faltaría más que tuviera que enfrentarse a las armas del Ejército con una docena de muchachos y algunas escopetas.

—Ahora sabemos por qué todo el mundo estaba oculto —le dijo a Jackie.

No habían encontrado comida en ninguna parte. Dos días atrás habían construido una balsa para acercarse a un supermercado medio sumergido, pero ya había sido saqueado. No pudieron encontrar más que cosas raras, como salmón y anchoas en lata, y en muy poca cantidad. El grupo del Ejército debía haberse llevado todo.

Cuando llegó a lo alto del montículo clareaba más. Jackie hizo una seña y Alim se tendió boca abajo y avanzó arrastrándose entre los arbustos hasta que encontró a Gay. El abrigo de piel de Alim estaba cubierto de barro, pero aquellos tipos del Ejército también debían tener prismáticos y montaban guardia, pues de lo contrario no estarían todavía vivos.

El campamento de aquellos desconocidos estaba a casi dos kilómetros de distancia, junto a la extensión de agua. Estaba rodeado por trincheras y fortificaciones bajas. Parecía organizado. Había mucha gente, la mayoría sentados alrededor de fogatas, sin temor a exponerse, y tenían alimentos. Alim contó siete mujeres.

—Las mujeres hacen la mayor parte del trabajo —dijo Gay—. Ellas y ese tipo con cara de conejo vestido con un trate azul. Hay muchos blancos, pero he contado hasta diez hermanos, y uno de ellos es el sargento.

—El sargento —repitió Alim—. ¿Y hacen lo que él les ordena?

—Saltan cada vez que él mueve los brazos —dijo Gay.

—¿Hay oficiales?

—No he visto ninguno. Creo que el sargento está al mando.

—Lo han hecho —dijo Jackie—. Alim, lo han hecho. Parece mentira.

Alim no dijo nada y esperó la explicación de Jackie.

—¿Te das cuenta? Es lo que hablábamos anoche. —La voz de Jackie estaba llena de excitación—. Ya no hay poder negro, sino simplemente poder. Y son muchos, Alim.

—No tantos.

—Tal vez quieran reclutas —dijo Jackie.

—¿Estás loco? —Gay soltó un bufido—. ¿Quieres alistarte en el maldito Ejército?

—Calla.

Alim siguió observando el campamento con los prismáticos. Había allí una actividad ordenada. Sacaban basura del recinto y la volcaban en fosas. Los centinelas montaban guardia en los puestos de vigilancia. Había calderos de agua sobre el fuego, y todo el mundo lavaba sus equipos sucios con agua caliente. El campamento estaba gobernado como un auténtico ejército, pero algo no encajaba. No era exactamente lo mismo, algo no funcionaba como debería.

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