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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– Intentaré complacerte -contestó Robespierre, con aire de un alumno aplicado-. Entretanto, ¿qué vamos a hacer con el duque?

– Pobre Philippe -respondió Danton-. Merece un cargo. Creo que deberíamos animar a los parisienses a que lo nombren diputado de la nueva Asamblea.

– Querrás decir la Convención Nacional -le rectificó Robespierre-. Si te empeñas…

– Y luego está Marat.

– ¿Qué quiere?

– No me ha pedido nada, pero debemos tenerlo en cuenta. Tiene multitud de seguidores entre el pueblo.

– Es cierto -contestó Robespierre.

– ¿Lo aceptarías en la Comuna?

– ¿Y la Convención? La gente dice que Marat es demasiado extremista, y Camille también, pero no podemos prescindir de ellos.

– ¿Extremistas? -repitió Danton-. Es una época extremista. Los ejércitos son extremistas. Nos hallamos en un momento crucial.

– No lo pongo en duda. Dios nos protege. Tenemos ese consuelo.

Danton lo miró estupefacto.

– Lamentablemente -dijo al cabo de unos instantes-, Dios no nos ha proporcionado todavía ninguna pica.

Robespierre se giró. Es como jugar con un erizo, pensó Danton, en cuanto le tocas el hocico se enrolla y te pinchas con las púas.

– Yo no deseaba esta guerra -dijo Robespierre.

– Desgraciadamente ha estallado, y no podemos fingir que no es nuestra.

– ¿Confías en el general Dumouriez?

– No nos ha dado ningún motivo para desconfiar.

– Pero eso no es suficiente -replicó Robespierre-. ¿Qué ha hecho para convencernos de que es un patriota?

– Es un soldado, y supongo que será leal al Gobierno de turno.

– Esa suposición resultó ser infundada en 1789, cuando los guardias franceses se pasaron al bando del pueblo. Perseguían sus intereses naturales. Dumouriez y nuestros aristocráticos oficiales no tardarán en hacer lo mismo. Me pregunto qué hará Dillon, el amigo de Camille.

– No he dicho que la lealtad de los oficiales esté asegurada, sino que el Gobierno lo da por sentado hasta que no demuestren lo contrario. De no ser así, sería imposible tener un Ejército.

– ¿Me permites que te dé un consejo? -preguntó Robespierre, mirando fijamente a Danton. Seguro que no me va a gustar, pensó Danton-. Hablas demasiado del «Gobierno». La Revolución te ha hecho un revolucionario, y en las revoluciones los viejos presupuestos se vienen abajo. En tiempos de paz y estabilidad es posible que un Estado ignore a sus enemigos, pero en tiempos como éstos debemos identificarlos y tomar medidas para defendernos de ellos.

¿Cómo?, se preguntó Danton. ¿Razonando con ellos? ¿Convirtiéndolos? ¿Matándolos? Pero tú no quieres que matemos a nadie, ¿verdad, Max? No lo aceptas.

– La diplomacia puede poner límites a la guerra -dijo Danton-. Mientras sea el jefe del Gobierno, haré cuanto pueda por mantener a raya a Inglaterra. Pero cuando deje de serlo…

– ¿Sabes que diría Marat? Diría: «¿Y por qué tienes que dejar de serlo?»

– Deseo ser miembro de la Convención. Ése es mi escenario, donde puedo ser más útil. No quiero pasarme la vida sujeto a una mesa de despacho. Como bien sabes, un diputado no puede ser ministro.

– Escucha -respondió Robespierre, sacando del bolsillo el pequeño volumen de El contrato social.

– ¿Acaso me vas a contar un cuento? -preguntó Danton.

Robespierre abrió el librito por una página señalada y dijo:

– Escucha atentamente: «La inflexibilidad de las leyes puede, en determinadas circunstancias, hacer que éstas sean peligrosas y causen la ruina de un Estado en crisis… Si el peligro es tal que el aparato de las leyes representa un obstáculo, se nombra un dictador, el cual suprime las leyes.»

Robespierre cerró el libro y miró interrogativamente a Danton.

– ¿Es una afirmación categórica o una recomendación facultativa? -preguntó Danton.

Robespierre guardó silencio.

– Esas frases no me impresionan, aunque las haya escrito el mismo Jean-Jacques.

– Quiero prepararte para los argumentos que te expondrán los demás.

– Observo que has señalado el párrafo. En adelante, no te molestes en andarte con rodeos. Pregúntame directamente lo que desees saber.

– No he venido aquí para provocarte. He señalado el párrafo porque he reflexionado mucho sobre él.

– ¿Y qué conclusiones has sacado? -preguntó Danton.

– Me gusta… -Robespierre dudó unos instantes y luego prosiguió-: Me gusta analizar todas las circunstancias. No debemos ser doctrinarios. Por otra parte, el pragmatismo puede fácilmente degenerar en una falta de principios.

– A los dictadores siempre acaban matándolos -dijo Danton.

– Pero, ¿y si antes de morir han salvado a su país? «Es inevitable que un hombre muera por el pueblo.»

– Olvídalo. No tengo el menor deseo de convertirme en un mártir. ¿Y tú?

– De todos modos, son meras hipótesis. Pero tú y yo, Danton… -dijo Robespierre con aire pensativo-. Tú y yo no nos parecemos.

– Me pregunto qué opina Robespierre sobre mí -dijo Danton a Camille.

– Opina que eres maravilloso -contestó Camille sonriendo, tratando de disimular su inquietud-. Siempre habla muy bien de ti.

– Me gustaría saber qué piensa Danton de mí -dijo Robespierre.

– Te tiene en gran estima -respondió Camille, esbozando una sonrisa forzada-. Cree que eres maravilloso.

La vida va a cambiar. Lo que han presenciado hasta ahora no es nada comparado con los cambios que van a producirse.

Todo lo que no aprueben, lo tacharán de «aristocrático», término que puede aplicarse a la comida, a los libros, a las obras teatrales, a las formas de expresarse, a los peinados y a instituciones tan venerables como la prostitución y la Iglesia católica.

Si la «libertad» fue la consigna de la primera Revolución, la «igualdad» es la consigna de la segunda. Lo de la «fraternidad» posee una cualidad menos contundente.

Todas las personas han pasado a ser simples «ciudadanos» o «ciudadanas». De ahora en adelante la Place Louis XV se llamará Place de la Révolution, y la científica máquina para decapitar a la gente será instalada allí y se denominará «guillotina», en honor del doctor Guillotin, el célebre experto en salud pública. La rue Monsieur-de-Prince se llamará rue Liberté, la Place de la Croix-Rouge se convertirá en la Place de la Bonnet-Rouge. Nôtre Dame se convertirá en el Templo de la Razón. Bourg-la-Reine se llamará en adelante Bourg-la-République. Y, andando el tiempo, la rue des Cordeliers se convertirá en la rue Marat.

El divorcio será un trámite sencillísimo.

Durante un tiempo, Annette Duplessis seguirá paseando por los jardines de Luxemburgo. Dentro de unos meses instalarán allí una fábrica de cañones, cuyo patriótico ruido y hedor será increíble, y sus patrióticos desperdicios serán arrojados al Sena.

La Sección de Luxemburgo se convertirá en la Sección Mutius Scaevola. Los romanos están muy de moda, al igual que los espartanos. Los atenienses no tanto.

En una localidad provinciana, la obra titulada El casamiento de Fígaro, de Beaumarchais, será prohibida, al igual que años atrás la había prohibido el Rey. En ella su autor describe un estilo de vida caduco; por otra parte, exige que los actores luzcan trajes aristocráticos.

Los trabajadores se denominan sansculottes porque llevan pantalones en lugar de calzones. Visten también un chaleco de rayas tricolores, una casaca de lana tosca, llamada carmagnole, y el gorro rojo de la «libertad», aunque ignoramos qué tiene que ver la libertad con el hecho de llevar un gorro.

El objetivo de los ricos y poderosos es ser aceptados como sansculottes en espíritu, sin ponerse ese ridículo uniforme. Sólo Robespierre y un puñado de hombres mantienen viva la llama de la esperanza para los peluqueros franceses en paro. Muchos miembros de la nueva Convención llevan el pelo peinado hacia adelante y un flequillo, como las estatuas de los héroes de la antigüedad. Se ven botas de montar a todas horas, incluso en los recitales de arpa. Los caballeros tienen un aire de estar dispuestos a aplastar una columna prusiana, cualquier día de la semana, después de cenar.

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