La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Las corbatas se hacen más anchas, como si estuvieran destinadas a proteger la garganta. El personaje que luce las corbatas más anchas es el ciudadano Antoine Saint-Just, miembro de la Convención Nacional y del Comité de Salvación Pública. En los tenebrosos días de 1794 aparecerá una obscena versión femenina de la misma: una fina cinta escarlata, colocada alrededor de un cuello blanco y desnudo.
El Gobierno impone controles económicos y límites a los precios. Estallarán huelgas debido a los precios del café y el azúcar. Un mes no habrá leña, otro faltará jabón, o velas. Crecerá el mercado negro, y se aplicará la pena de muerte a los acaparadores y traficantes.
Asimismo, correrán persistentes rumores sobre ci-devant condes y marqueses, los emigrados que han regresado al país. Alguien ha visto a un marqués trabajando de limpiabotas, mientras su esposa hace de costurera. Un duque está empleado como mayordomo en su propia casa, que actualmente pertenece a un banquero judío. A algunos les gusta creer que esos rumores son ciertos.
En la Asamblea Nacional se producen unos deplorables incidentes en que los caballeros, dejándose arrastrar por los nervios, desenvainan la espada. En la Convención y en el Club de los Jacobinos, las peleas a puñetazos y navajazos están a la orden del día. Los duelos han dado paso a los asesinatos.
Los ricos -es decir, los nuevos ricos- viven tan bien como solían vivir bajo el régimen anterior. Camille Desmoulins, en una conversación semiconfidencial en el Club de los Jacobinos una tarde de 1793, dijo:
– No sé por qué se queja la gente de que no consiguen ganar dinero. A mí no me cuesta ningún esfuerzo.
Las iglesias son saqueadas, las estatuas destrozadas. Los santos con ojos de piedra alzan un dedo amputado en un truncado gesto de bendición. Si uno quiere salvar una estatua de la Virgen, tiene que encasquetarle un gorro rojo y convertirla en una diosa de la Libertad. Así es como se salvan todas las vírgenes. ¿Quién quiere a esas feroces mujeres que se dedican a la política?
Debido a los cambios en los nombres de las calles, la gente anda desorientada. El calendario también ha sufrido modificaciones; enero ha sido abolido, adiós al aristocrático junio. La gente se pregunta: «¿En que fecha estamos hoy realmente?»
1792, 1793, 1794. Libertad, igualdad, fraternidad o muerte.
Lo primero que hizo Danton al llegar al Ministerio de Justicia fue convocar a los funcionarios públicos más antiguos.
– Les aconsejo -dijo sonriendo-, que acepten una jubilación anticipada.
– La voy a echar mucho de menos -dijo Louise Gély a Gabrielle-. ¿Quiere que vaya a visitarla en la Place Vendôme?
– La Place des Piques -corrigió Gabrielle, sonriendo con tristeza-. Por supuesto. De todos modos, no tardaremos en regresar aquí porque Georges sólo ha aceptado el cargo ya que se trata de una emergencia, y cuando la situación se haya normalizado… -Pero no terminó la frase. No quería tentar a la suerte.
– No tenga miedo -dijo Louise, abrazándola con ternura-. Debería estar orgullosa de su marido. Mientras él sea el jefe de Gobierno, tendremos la seguridad de estar a salvo del enemigo.
– Eres muy valiente, Louise…
– Danton está convencido de ello.
– A veces me pregunto si un hombre puede abarcar tantas cosas.
– Ése no es el problema -contestó Louise. A veces resultaba difícil no enojarse con Gabrielle-, sino de que éste sea el mejor de los dirigentes.
– Pensaba que mi marido no te caía bien.
Louise la miró perpleja.
– Jamás he dicho tal cosa. Le estoy muy agradecida por haber ayudado a mi padre.
El señor Gély ocupaba un cargo en el Ministerio de Marina.
– No tiene importancia -respondió Gabrielle-. Ha colocado a todos sus amigos y antiguos empleados. Incluso a Collot d’Herbois, al que no podemos soportar.
– Confío en que se lo agradezcan -dijo Louise, cosa que dudaba-. Ha ofrecido cargos a sus amigos, a gente que no le cae bien, a personas sin la menor importancia, creo que si pudiera ofrecería un cargo a toda la ciudad. Me pregunto por qué ha enviado al ciudadano Fréron a Metz…
– Supongo que se debe a que el consejo ejecutivo de Metz necesita a alguien que les ayude a dirigir su revolución -se apresuró a contestar Gabrielle, aunque no estaba muy segura de ello.
– Metz está en la frontera.
– Así es.
– Pensaba que lo había hecho como un favor al ciudadano Desmoulins. ¿No es cierto que Fréron seguía a su esposa a todas partes, dedicándole piropos y miradas de cordero degollado? A Danton no le gustan estas cosas. Sin duda se alegrará de habérselo quitado de en medio.
Gabrielle hubiera preferido no mantener esa conversación con Louise. Incluso una niña de catorce años se daba cuenta de esas cosas.
Cuando llegó la noticia del golpe del 10 de agosto a su cuartel general, Lafayette trató de organizar los Ejércitos para marchar sobre París y derrotar al Gobierno provisional. Sólo un puñado de oficiales se mostraron dispuestos a respaldarlo. El 19 de agosto, el general atravesó la frontera junto a Sedan, y fue arrestado por los austriacos.
Los inquilinos del Ministerio de Justicia solían desayunar juntos para organizar un plan del día. Danton saludó a todos excepto a su esposa; al fin y al cabo, ya la había visto antes. Ambos pensaban que había llegado el momento oportuno de ocupar habitaciones separadas, pero ninguno tenía el valor de proponerlo. Así pues siguieron utilizando el lecho conyugal, y amaneciendo bajo un pesado dosel y rodeados por gruesos cortinajes de terciopelo.
Lucile llevaba esa mañana un vestido gris perla. Ofrecía un aspecto curiosamente puritano, pensó Danton; se imaginó que se inclinaba sobre ella y que la besaba salvajemente en los labios.
Nada afectaba el apetito de Danton, ni un arrebato de pasión, ni una crisis nacional ni el histórico polvo de los cortinajes del lecho. Lucile no probó bocado pues estaba tratando de recuperar su figura tras el parto.
– Te vas a quedar esquelética -le dijo Danton.
– Trata de parecerse a su marido -observó Fabre-. No quiere reconocerlo, pero por alguna razón que sólo ella conoce eso es justamente lo que hace.
Camille bebía una taza de café a sorbitos. Su esposa lo miró de soslayo mientras abría la correspondencia con un abrecartas.
– ¿Dónde están François y Louise? -preguntó Fabre-. Debe de haberlos retenido algo. Son una pareja la mar de curiosa; todavía se despiertan juntos en el mismo lecho en el que iniciaron su vida conyugal.
– ¡Basta de impúdicos cotilleos antes de desayunar! -exclamó Danton.
Camille dejó la taza de café sobre la mesa y dijo:
– Algunos de nosotros no podemos empezar el día sin haber ingerido nuestra ración cotidiana de escándalos y perversos chismorreos.
– Confiemos en que el austero ambiente de este lugar influya en nuestro ánimo -contestó Danton-. Incluido Fabre. Esto no será como vivir entre los cordeliers, quienes aplaudían todas tus pequeñas depravaciones.
– No soy un depravado -protestó Fabre-. El depravado es Camille. A propósito, supongo que no tendrás ningún inconveniente en que Caroline Rémy se instale aquí.
– No me parece correcto -respondió Danton.
– ¿Por qué? A Hérault no le importa, puede venir a visitarla aquí.
– Me importa un comino lo que opine Hérault. No dejaré que conviertas este lugar en un prostíbulo.