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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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Ella fue cuidadosa respecto a lo que contaba sobre su vida, como la mayoría de la gente, y lo que le contó fueron sólo cosas positivas: un hermano mayor cuidando ovejas en Nueva Zelanda, los padres vivos y sanos en Dover, donde papá trabajaba de revisor en una línea de ferris y mamá era una ama de casa que cantaba en el coro de la iglesia; que había sido educada en colegios católicos, aunque no profesaba ninguna religión; con un marido e hijos maravillosos, pero que, por desgracia, se había casado demasiado joven, mucho antes de que cualquiera de los dos estuviera realmente preparado para saber cómo hacer que un matrimonio funcionase.

– Odio el compromiso -reconoció-. Sé lo que quiero y aquí lo tienes.

– ¿Qué es lo que quieres, Isabelle? -le preguntó.

Le miró con franqueza antes de contestar. Fue una mirada larga que podía significar un montón de cosas distintas. Al final, dijo con algo de resignación:

– Supongo que quiero lo que quieren todas las mujeres.

Él esperó más. Pero no hubo más. Alrededor de ellos en el pub, de repente, paró el ruido que hacían sus nocturnos clientes, hasta que se dio cuenta de que parecían silenciosos por el propio latido su corazón, que sonaba extremadamente fuerte.

– ¿Y qué es? -le preguntó.

Tocó el extremo del vaso con sus dedos. Tomaron vino, dos botellas, cuyas consecuencias pagaría a la mañana siguiente. Pero alargaron las copas durante horas, con lo que en aquel momento no sintió que estaba bebido, se dijo a sí mismo.

Volvió a llamarla como para provocar su respuesta y repitió su pregunta.

– Eres un hombre con experiencia, así que creo que lo sabes bien -le contestó.

El latido de su corazón de nuevo, y esta vez le obstaculizó la garganta, lo que no tenía sentido. Pero le ayudó a no darle una respuesta.

– Gracias por la cena -dijo Isabelle-. Y también por la visita a los Saint James.

– No hace falta…

Ella se levantó de la mesa, se colgó el bolso en el hombro y con la mano se lo ciñó como si estuviera a punto de marcharse.

– ¡Oh, otra cosa! -dijo-. Podías haber presentado tus hipótesis sobre la camisa durante la reunión. No estoy ciega, Thomas. Podías haberme hecho quedar como una imbécil y haberme hecho desistir de lo de Matsumoto, pero preferiste no hacerlo. Eres un hombre bueno y decente.

Capítulo 24

Un establecimiento llamado Sheldon Pockworth Numismática le sonaba a Lynley como un sitio escondido en un callejón de Whitechapel, una tienda cuyo propietario debía de ser del tipo señor Venus, [25] de huesos articulados en vez de sellos y medallas. Se encontró con que la realidad era diferente. La tienda estaba limpia, arreglada y muy iluminada. No se encontraba muy lejos del antiguo ayuntamiento de Chelsea, en un impecable edificio de ladrillos en la esquina de King's Road con la calle Sydney, donde compartía lo que sin duda era un carísimo local con varios comerciantes de porcelanas antiguas, plata, joyas, cuadros y fina porcelana.

No había nadie que respondiera al nombre de Sheldon Pockworth, nunca lo hubo. El negocio lo llevaba un tal James Dugué, que parecía más un tecnócrata que un proveedor de monedas y medallas militares de las guerras napoleónicas. Cuando Lynley fue esa mañana, se encontró a Dugué hojeando un pesado volumen que estaba encima del límpido mostrador de cristal. Debajo había varias monedas brillantes de oro y plata en un estante móvil. Cuando Dugué le miró, sus elegantes gafas de montura metálica reflejaron la luz. Vestía una almidonada camisa rosa y una corbata azul marino con rayas verdes en diagonal. Sus pantalones también eran del mismo color y, cuando se desplazó de un mostrador a otro, Lynley se fijó en que llevaba unas relucientes zapatillas deportivas blancas sin calcetines. Enérgico sería una buena palabra para describirle. Y, como se demostraría, era la palabra idónea.

Lynley había ido a la tienda directamente desde su casa, en vez de pasar por la comisaría. Vivía tan cerca que eso tenía más sentido, y había telefoneado a Isabelle al móvil por educación. Hablaron poco tiempo, vacilantemente y con cortesía. Algo entre ellos había cambiado ligeramente.

Al final de la cena de la noche anterior, él la había acompañado hasta el coche, pese a que ella le había mostrado que no era necesario tal gesto de cortesía, ya que se encontraba en perfectas condiciones en la improbable situación de que alguien la molestara en el elegante barrio de Chelsea. Entonces pareció darse cuenta de lo que había dicho, porque se paró en la calle, se giró, e impulsivamente le puso la mano en el hombro y murmuró:

– ¡Oh, Dios mío! Cuánto lo siento, Thomas.

Aquello le llevó a pensar que había relacionado su comentario con lo que le pasó a Helen, su asesinato en un barrio no muy diferente a éste, ni muy lejano a él.

– Gracias. Pero no hay necesidad, en serio… -dudó en seguir hablando-, eso sólo que… -Se calló de nuevo, en busca de las palabras adecuadas.

Se quedaron de pie en las sombras de una frondosa haya. Debajo de ella, la calzada ya comenzaba a acumular las hojas que habían caído por el calor y la sequía del verano. Una vez más, sintió que estaba muy cerca de Isabelle Ardery, era casi de su misma altura, esbelta sin ser delgada, con los pómulos prominentes -un detalle que no había notado hasta ahora- y los ojos grandes, en los que tampoco se había fijado. Sus labios se abrieron como si fueran a decir algo.

Aguantó su mirada. Pasó un rato. Cerca, sonó la puerta de un coche cerrándose. Miro hacia allá.

– Quiero que la gente deje de ser tan cuidadosa conmigo -confesó él.

Ella no contestó.

– Tienen miedo de decir alguna cosa que me haga recordar -continuó-. Lo entiendo. Supongo que yo me sentiría igual. Pero lo que no comprendo es que piensen que necesito recordar o que tengo miedo de recordar lo que pasó.

Ella siguió callada.

– Lo que quiero decir es que ella siempre estará allá. Es una presencia constante. ¿Cómo no iba a serlo? Ella estaba haciendo algo tan simple, de vuelta de la compra, y ellos estaban allí. Dos de ellos. Tenía doce años, el chico que le disparó. No tenía una razón en particular. Simplemente ella estaba allí. Cogieron al que disparó, pero no al otro, y el chico no le identificó. No ha dicho una palabra desde entonces. No la ha dicho desde que le cogieron. Pero la verdad es que todo lo que quiero saber es lo que ella debió decir antes de que ellos… Porque de algún modo, creo que yo me sentiría… Si lo supiera… -De repente notó que su garganta estaba tan tensa que sabía que podría, para su horror, ponerse a llorar si dejaba de hablar. Agitó la cabeza y despejó su garganta. Siguió mirando a la calle.

Cuando la mano de ella tocó la suya, sintió que era extraordinariamente suave. Ella le atrajo hacia sí y se sintió extrañamente cómodo. Se dio cuenta de que aparte de su familia cercana y de Deborah Saint James, nadie le había tocado desde hacía meses, más allá de estrecharle la mano en un saludo cotidiano. Era como si la gente hubiera comenzado a temerle, como si al tocarle creyeran que la tragedia que había visitado su vida pudiera, de algún modo, afectar la suya. Sintió alivio cuando le tocó y caminó junto a ella y sus pasos se sincoparon de modo natural.

– Allí -dijo ella cuando llegaron al coche. Le miró-. Ha sido una noche encantadora. Eres una compañía muy agradable, Thomas.

– Tengo mis dudas al respecto -contestó, tranquilo.

– ¿Las tienes?

– Sí. Y de hecho, puedes llamarme Tommy. Es como me llama todo el mundo.

– Tommy, sí. Me he dado cuenta. -Sonrió-. Ahora te voy a abrazar para que sepas que somos amigos -dijo, y lo hizo. Lo abrazó estrechamente, pero sólo un momento, y también rozó sus labios contra su mejilla-. Creo que por ahora debo llamarte Thomas, si te parece bien -dijo antes de separarse.

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[25] Personaje de la obra Nuestro común amigo, de Charles Dickens, taxidermista y articulador de huesos.

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