Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
– Desde luego. -Azhar rodeó a su hija por los hombros- Las dos lo habéis hecho muy bien, khushi -le dijo.
Barbara se sintió muy a gusto con los cumplidos. Sabía que eran debidos a la amabilidad y la amistad y a nada más. No era ni sería jamás una mujer atractiva, pero, con todo, se imaginó que sus miradas aún seguían clavadas en ella mientras caminaba por el jardín hacia el coche.
Una vez en el trabajo, encajó las carcajadas y burlas de los compañeros. Sufrió los comentarios en silencio mientras buscaba a Lynley, y vio que no estaba. Se enteró, de que Hillier había reclamado la presencia de Ardery en su despacho.
¿Lynley la habría acompañado?, le preguntó a Winston Nkata. Intentó que pareciera natural, pero no consiguió engañarle.
– Habrá que esperar, Barb. De otra forma, te vas a volver loca.
Frunció el ceño. Odiaba que Winston Nkata la conociera tan bien. No podía saber cómo lo había conseguido. ¿Era ella tan obvia? ¿Qué más habría averiguado Nkata?
Preguntó, abruptamente, si alguien había obtenido información sobre Zachary Whiting. ¿Había algo más aparte de que se mostró más de una vez entusiasta con la idea de ser policía, independientemente de lo que eso quisiera decir? Pero nadie sabía nada. Barbara suspiró. Parecía que si se tenía que escarbar sobre alguien de Hampshire, ella iba a ser la encargada de cavar.
Y todo tenía que ver con lo que el SO7 había informado sobre los cabellos que se encontraron pegados en la mano de Jemima Hastings. Los cabellos de alguien oriental en el cuerpo, sumado a que el arma del crimen estaba en manos de un violinista japonés, y la sangre de la víctima en su ropa, y testigos que le vieron rondar por el vecindario con la misma ropa que el día de su muerte… No parecía ser algo urgente escarbar en el pasado de un policía ligeramente sospechoso. Y eso a pesar del descubrimiento de una camisa amarilla, manchada de sangre en un contenedor en Putney, al otro lado del río. Eso tenía que significar algo, como la presencia del bolso de la víctima en el mismo contenedor.
Barbara fue primero a por Whiting. Como alguien había informado de que era un entusiasta de su trabajo, seguramente debía de haber quedado algún registro que definiera mejor qué significaba exactamente ese entusiasmo. Sólo había que seguir el trazo de la carrera de Whiting para encontrar a alguien dispuesto a hablar de manera franca sobre ese tipo. Por ejemplo: ¿dónde había trabajado antes de Lyndhurst? Difícilmente habría pasado su carrera entera ascendiendo puestos en una sola comisaría. Eso no pasa.
El Ministerio del Interior era la mejor fuente de información, pero escarbar allí no iba a ser ni fácil ni rápido. La burocracia lo había convertido en una suerte de laberinto, y había que vérselas con la subsecretaría, las secretarías adjuntas y las asistentes de las adjuntas. Muchas de esas unidades tenían su propio equipo, y ese equipo estaba al mando de diferentes departamentos que eran responsables de monitorizar todo el país.
De todos los departamentos, a Barbara la mejor opción le pareció la sección que se encargaba de los procedimientos. La pregunta era: ¿a quién llamaba, le pedía un favor, le invitaba a tomar un café, le presionaba, sobornaba o suplicaba? Ése era el problema porque, al contrario que otros policías, que cuidaban sus contactos como un granjero cuida su cosecha, Barbara nunca había sido muy buena estrechando lazos con gente que más adelante podría ayudarla. Pero tenía que haber alguien con esas capacidades, que pudiera usarlas, que pudiera conseguir un nombre…
Pensó en sus compañeros. Lynley era la mejor opción, pero no estaba allí. Philip Hale también podría haberlo hecho, pero estaba vigilando el hospital Saint Thomas por orden de Ardery, por más desafortunada que ésta fuera. A John Stewart ni le consideró, pues era la última persona del mundo a quien ella le pediría un favor. Los contactos de Winston Nkata eran más de la calle, ya que pasó mucho tiempo como líder de los Brixton Warriors. [26] Eso le dejaba a los agentes y la plantilla civil, lo que le llevó a pensar en la persona más obvia de todos. Barbara se preguntó por qué no había pensado en Dorothea Harriman desde el principio.
La localizó en la sala de mecanógrafas de la secretaría del departamento, donde, en vez de estar escribiendo, estaba poniéndose laca de uñas en sus medias por alguna razón. Vestía una de esas estilizadas faldas de tubo -Barbara sintió que se estaba convirtiendo en una experta en materia de faldas-, que iba a la perfección con su desgarbada figura, y tenía una carrera en mitad de sus medias, justo donde estaba esparciendo la laca de uñas.
– Dee -saludó Barbara.
Harriman se asustó.
– ¡Oh por Dios! -dijo-. ¡Vaya susto, sargento Havers!
Por un momento, Barbara pensó que se refería a su aspecto. Entonces se dio cuenta de por qué se había asustado y le dijo:
– Perdona, no pretendía darte esta sorpresa. ¿Qué estás haciendo con eso?
– ¿Con esto? -Harriman mostró un bote de laca de uñas-. Una carrera -dijo, y cuando Barbara la miró extrañada, añadió-: en mis medias. La laca evita que las carreras se hagan más grandes. ¿No lo sabías?
Barbara contestó apresuradamente:
– ¡Ah, sí! Las carreras. Lo siento. No sé en lo que estaba pensando. ¿Tienes un minuto?
– Claro, por supuesto.
– ¿Podemos…?
En tanto que iba a ponerle en situación, Barbara sabía que tenía que ser inteligente y procurar que todo eso quedara entre ellas. Le hizo un gesto con la cabeza para que la siguiera al pasillo. Harriman obedeció. Caminaron hacia el hueco de la escalera.
Barbara le explicó lo que quería: que husmeara por la oficina central, que encontrara a alguien dispuesto a hablar sobre el comisario jefe Zachary Whiting del condado de Hampshire. Le contó que tenía que llamar a la Sección de Procedimientos del Ministerio del Interior, porque era donde se guardaba la información sobre registros criminales, sobre las brigadas criminales regionales, el trabajo de investigación y las quejas. Tenía la sensación de que en alguna de esas áreas iba a encontrar una pequeña pista, posiblemente algo que podría haberle parecido insignificante a alguien que no la buscara, que le aclararía los tejemanejes de Whiting en Hampshire. Seguro que Dorothea Harriman sabía de alguien que le llevara a otra persona que le dijera de otra que a su vez encontraría una tercera…
Harriman frunció sus labios bien definidos. Se tocó su escultural peinado a la moda. Se pellizcó sus coloreadas mejillas.
En otras circunstancias, Barbara reconoció que le hubiera pedido a la joven un par de lecciones sobre maquillaje, ya que ella practicaba definitivamente la filosofía de la madre de Hadiyyah de realzar las facciones. Así, Barbara sólo podía fijarse en ella y admirarla, mientras Harriman pensaba sobre lo que le había pedido.
Miró la máquina de bebidas del rellano. Dos pisos más abajo se abrió una puerta y se oyó una voz que gritaba «qué es eso de servirle un plato de puré de patatas que sabía a gravilla y cemento seco», y se oyeron pasos subiendo la escalera a trompicones. Barbara cogió a Harriman del brazo y la llevó al pasillo y, de allí, fueron hasta el cuarto de la fotocopiadora.
Aquello hizo que Harriman pudiera considerar todas las diferentes posibilidades, ya fuera en el Rodolex, ya fuera en su agenda personal porque, en su particular aislamiento al otro lado de la sala, dijo en un suspiro:
– Hay un tipo cuya hermana tiene una compañera de piso…
– ¿Sí? -dijo Barbara.
– Quedamos algunas veces. Nos conocimos en una fiesta. Ya sabe cómo va…
Barbara no tenía ni idea, pero asintió como si lo comprendiera.
– ¿Puedes llamarle, verle, lo que sea?
Harriman golpeó con una de sus uñas los dientes.
– Es un poco complicado. Él estaba muy entusiasmado y yo no, ya sabes a qué me refiero. Pero…-Se le iluminó la cara-. Déjame ver qué puedo hacer, sargento Havers.
[26] Banda callejera que aparece en un libro anterior de Elizabeth George: Sin testigos.