Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
– ¿Puedes hacerlo ahora?
– Es muy importante, ¿verdad?
– Dee -le contestó Barbara con energía-, no puedes ni imaginarte lo importante que es.
No podía seguir evitando más la reunión con el inspector jefe. Judi Macintosh llamó a Isabelle aquella mañana, temprano, y a su móvil, para dejar claro las órdenes del señor David Hillier. La superintendente tenía que pasar por la oficina de Hillier nada más llegar a Victoria Street.
Para asegurarse de que lo había entendido, se le repitió la orden en cuanto llegó a la oficina, esta vez en boca de Dorothea Harriman, que se contoneó en lo que debían de ser siete centímetros de tacón, que iban a condenar a sus pies a una seria visita al podólogo en años venideros.
– Dice que se supone que tiene que ir ahora -le explicó diligentemente-. ¿Quiere que le traiga un café para que se lo lleve, superintendente Ardery? No suelo hacerlo -añadió, como para dejar claras sus funciones-, pero como es muy temprano y quizá quiera coger algo de fuerza…, el inspector puede ser un poco insoportable…
Lo que necesitaba para coger fuerzas no era café, pero Isabelle no pretendía ir por ese camino. Por el contrario, rechazó la oferta, guardó sus pertenencias en la mesa y se puso de camino hacia la oficina de Hillier en Tower Block, donde Judi Macintosh la había citado. La había enviado directamente al inspector y le había explicado que el jefe de prensa se les uniría allí.
No eran buenas noticias. Eso significaba que más maquinaciones estaban en marcha. Más maquinaciones implicaban que la posición de Isabelle estaba menos clara que el día anterior.
Hillier estaba justo acabando con una llamada:
– … Te estoy pidiendo que aguantes unas horas más hasta que se aclaren las cosas… No se trata de hacer… Hay puntos que aclarar… Por supuesto que serás el primero en saber… Si crees que éste es el tipo de llamadas que me gusta hacer… Sí, sí. Muy bien. -Y con eso colgó.
Le hizo un gesto con la cabeza para que se sentara en una de las dos sillas de delante de la mesa. Isabelle se sentó y él también, y la poca distancia entre ambos la tranquilizó.
– Es el momento para que me informe con todo detalle de lo que sabe, y le sugiero que vaya con cuidado con sus explicaciones -dijo.
Isabelle frunció el ceño. Vio que en la mesa del inspector había un diario sensacionalista y otro serio, vueltos del revés, y se le ocurrió que la prensa había publicado algún detalle que ella no les había contado ni a Hillier ni a Deacon, o alguna otra cosa que no había sabido con antelación o no sabía ahora. Se dio cuenta de que tenía que haber hojeado los diarios de la mañana antes de ir a trabajar, más que nada para prepararse. Pero no lo había hecho, como tampoco había visto los informativos de la televisión que ofrecían el clásico resumen de las portadas de los diarios.
– No estoy muy segura de a qué se refiere, señor -dijo, pensando incluso que eso es lo que quería que dijera, porque así le ponía en una posición de ventaja, como a él le gustaba.
Esperó a lo que vendría después. Estaba del todo segura que sería el momento dramático en que daría la vuelta a los periódicos, y así fue. Entonces vio rápidamente la referencia a esa rueda de prensa de la tarde de Zaynab Bourne, que había estado a punto de ser amputada por la rueda de prensa de la Policía. Zaynab Bourne lo consiguió; hizo público un dato que la propia Isabelle no había mencionado ni a Hillier ni a Deacon durante su reunión: Yukio Matsumoto era un enfermo crónico de esquizofrenia paranoica. Que la Policía hubiera ocultado esa información, en palabras del abogado, constituía «un claro y desafortunado intento de falsear la información, que no puede ni debe quedar impune».
Isabelle no necesitó leer el resto de la noticia para saber que la señora Bourne había confirmado que los investigadores policiales conocían la enfermedad de Yukio Matsumoto tras mantener un encuentro con su hermano, antes de que fueran tras él. Así que ahora la Policía se encontraba no sólo con una persecución a media tarde en mitad del tráfico de la avenida Shaftesbury, que ciertamente podía haberse quedado en una desafortunada e inevitable situación provocada por un individuo que trató de evitar una conversación razonable con dos agentes desarmados, sino que también tenían una persecución a un paciente del psiquiátrico aterrado en medio de ese tráfico, un hombre que sin lugar a dudas se encontraba en medio de un episodio psicótico que la Policía ya conocía de antemano, pues se lo había señalado el hermano del sospechoso. Y no ayudaba nada que el hermano fuera el virtuoso músico de renombre internacional, Hiro Matsumoto.
Isabelle consideró su postura. Sus manos estaban húmedas, pero lo último que pensó hacer fue secárselas en la falda. Si lo hacía, sabía que Hillier vería que sus manos temblaban. Intentó calmarse. Lo que se suponía que tenía que hacer allí era mostrarse fuerte, mediante una explicación convincente que incluyera que no le intimidaban ni los tabloides, ni los periódicos, ni los abogados, ni las ruedas de prensa o el propio Hillier. Miró al subinspector jefe directamente y dijo:
– El hecho de que Yukio Matsumoto sufriera problemas mentales apenas importa, tal y como yo lo veo, señor.
La piel de Hillier empezó a enrojecer. Isabelle continuó, con confianza antes de que él comenzara a hablar.
– Su estado mental no importaba cuando evitó nuestras preguntas, y ahora importa mucho menos.
La piel de Hillier enrojeció aún más.
Isabelle continuó arriesgándose. Entonó más su voz y la mantuvo fría. Fría quería decir que no tenía miedo de las discrepancias respecto a su evaluación del asunto. Quería decir que creía que era tan sólida como una roca.
– En cuanto Matsumoto esté listo para una rueda de reconocimiento… -dijo-. Tenemos a un testigo que señala que estuvo en el lugar de los hechos. Es el mismo que creó el retrato digital que el propio hermano del sospechoso reconoció. Matsumoto estaba, como usted ya sabe, en posesión del arma del crimen y vestía prendas manchadas de sangre, pero lo que todavía no sabe es que se encontraron en las manos de la víctima dos cabellos que han sido identificados como pertenecientes a una persona de origen oriental. Cuando los exámenes de ADN estén completos, se verá que esos cabellos son suyos. Estaba familiarizado con la víctima, vivían en el mismo edificio y se sabe que la seguía. Así que, francamente, señor, si sufre o no una enfermedad mental es secundario. No pensé en mencionárselo cuando me reuní con usted y el señor Deacon porque, a la luz de todo lo que sabíamos sobre el hombre, el hecho de que padezca esa enfermedad mental (que no ha sido probada por nadie más, salvo por su hermano y la abogada del hermano, por cierto), es un punto menor. Por si no fuera suficiente, hay otro detalle más que pesa sobre éclass="underline" no sería el primer paciente mental que no está internado y que asesina a alguien en mitad de un episodio de este tipo, y, es triste decirlo, no será el último.
Se movió en la silla, se inclinó hacia delante poniendo sus brazos en la mesa de Hillier en un gesto que demostraba que era su igual, y que todos estaban en esto juntos.
– Por ahora -dijo ella-, esto es lo que recomiendo. Incredulidad.
Hillier no respondió enseguida. Isabelle pudo notar que le latía el corazón, en realidad, que estaba martilleando contra su caja torácica. Se dio cuenta de que se le podría haber notado en el pulso de las sienes si se hubiera peinado de otra manera, y sabía que, probablemente, se podía notar en su cuello. Pero éste también quedaba fuera del campo de visión de Hillier. Mientras no dijera nada y se limitara a esperar su respuesta, comunicándose con él con esa confianza sobre las decisiones que había tomado… Simplemente tenía que fijarse bien en sus ojos, si eran fríos y desalmados, que lo eran. No lo había notado antes de ese momento.