Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
– Incredulidad -repitió finalmente Hillier. Sonó su teléfono. Descolgó, escuchó un momento-. Dile que espere -contestó-. Estoy a punto de terminar aquí. -Y se dirigió a Isabelle-: Continúe.
– ¿Con? -Lo pronunció como si asumiera que él había entendido su lógica, sorprendida de que necesitara que le aclarara más cosas.
Las aletas de su nariz se movieron, no como si estuvieran a punto de estallar, sino para respirar. Para cazar, sin duda. Ella mantuvo su posición.
– Con su tesis, superintendente Ardery. ¿Cómo cree que se puede presentar esto?
– Mostrando sorpresa ante la idea de que la enfermedad mental de alguien, tan desgraciada como pueda ser, se imponga a la seguridad de la población. Nuestros agentes fueron al lugar desarmados. El hombre en cuestión entró en un estado de pánico por razones que no se han podido establecer. Hay pruebas evidentes…
– Muchas de ellas obtenidas después del accidente -puntualizó él.
– Pero eso da igual, por supuesto.
– ¿Y qué es lo importante…?
– El hecho de que tenemos en nuestras manos a una persona que puede, como dice la frase, «ayudarnos con nuestra investigación» de un modo que nadie más puede. Lo que estamos buscando, benevolentes periodistas, es, debo recordarles, al responsable del asesinato de una mujer inocente en un lugar público, y si este caballero, señores, nos puede llevar al culpable, entonces exigiremos que nos lleve hasta él. La prensa completará el resto. La última cosa que le preguntarán es el orden en que ocurrió todo. Las pruebas son las pruebas. Ellos quieren saber qué es lo que ha pasado, no cómo lo hemos averiguado. Y si escarban en el hecho de que conseguimos las pruebas tras el accidente en la avenida Shaftesbury, debemos centrarnos en el asesinato, el cementerio y nuestra creencia en que la población preferirá que los protejamos de un loco cargado de armas que de perseguir a alguien que puede o no estar escuchando en su oreja los murmullos de Belcebú.
Hillier reflexionó sobre ello. Isabelle pensó en Hillier. Se preguntó por qué le habían concedido el título de sir, pues le pareció extraño que alguien en su puesto recibiera un honor reservado para jerarquías más altas. Que fuera nombrado «sir» no implicaba un servicio heroico a la población, más bien que Hillier conocía a gente en las altas esferas y, más importante, que sabía cómo utilizar a esa gente. Era, pues, un hombre al que no había que enfadar. Pero estaba bien. Ella no pretendía enfadarle.
– Es usted astuta, ¿verdad Isabelle? -le dijo-. No crea que no me he dado cuenta de que ha conseguido llevar a su terreno esta reunión.
– No pensaba que usted no se daría cuenta -le respondió Isabelle-. Un hombre como usted no alcanza este puesto porque no se entera de las cosas. Lo comprendo muy bien. Y le admiro. Es un animal político. Y yo también.
– ¿Lo es?
– ¡Oh, sí!
Pasó un rato, en el cual se quedaron examinándose con la mirada. Había algo de tensión sexual, e Isabelle se permitió imaginar cómo sería estar con David Hillier, los dos enzarzados en otro tipo de combate en la cama. Pensó que él debía imaginar lo mismo. Cuando tuvo la certeza de que así era, apartó la mirada.
– Asumo que el señor Deacon está esperando fuera, señor -le dijo-. ¿Quiere que me quede en la reunión?
Hillier no respondió hasta que ella volvió a mirarle.
– No será necesario -le contestó, pausadamente. Ella se levantó.
– Entonces, vuelvo al trabajo. Si me quiere… -escogió ese verbo deliberadamente-, la señorita Macintosh tiene mi número de móvil. Quizás usted lo tenga también, ¿no?
– Lo tengo -le contestó-. Volveremos a hablar.
Capítulo 25
Fue directamente al servicio de mujeres. El único problema era que no se había acordado de llevar consigo el bolso a la oficina de Hillier, con lo que en ese momento no tenía recursos y acabó contando con lo único que estaba a mano, que era agua del grifo. No era el líquido más eficaz para lo que le dolía. Pero se lo aplicó, pues no tenía nada más: en su cara, en sus manos, en sus muñecas.
Se sintió algo mejor cuando se marchó de Tower Block y se puso en camino hacia su oficina. Oyó que la llamaba Dorothea Harriman, quien por alguna razón parecía incapaz de remitirse a ella de un modo más sencillo que «superintendente detective en funciones Ardery», pero la ignoró. Cerró la puerta de su despacho y fue directamente a la mesa. Descubrió rápidamente que tenía tres mensajes en el móvil. También los ignoró. Pensó: «Sí, sí, sí» mientras sacaba uno de los botellines de vodka de la compañía aérea. Con las prisas por beber, se le cayó al suelo de linóleo. Se puso de rodillas debajo de la mesa para cogerla, y se la bebió mientras se ponía de pie. Por supuesto, no era suficiente. Vació el bolso en el suelo en busca de otra. También se la bebió y fue a por una tercera. Se la merecía. Había sobrevivido a un encuentro al que, a todas luces, no tendría que haber sobrevivido. Había logrado evitar participar en la reunión con Stephenson Deacon y la junta directiva del Relaciones Públicas. Argumentó el caso y ganó, aunque fuera por el momento. Y porque sólo fue por el momento, necesitaba una maldita copa, se merecía esa maldita copa, y si había alguien entre el Cielo y el Infierno que…
– ¿Superintendente detective en funciones Ardery?
Isabelle se giró hacia la puerta. Sabía, por supuesto, quién estaría allí de pie. Lo que no sabía era cuánto tiempo había estado o qué había visto.
– ¡No vuelva a entrar en esta oficina sin llamar primero! -le espetó.
Dorothea Harriman parecía asustada.
– Llamé. Dos veces.
– ¿Y oyó mi respuesta?
– No. Pero yo…
– Entonces no entre. ¿Lo entiende? Si vuelve a hacerlo… -Isabelle escuchó su propia voz. Para su horror, se sintió como una arpía. Se dio cuenta de que aún tenía en la mano el tercer botellín y cerró el puño, disimulando. Lanzó un suspiro.
– El detective inspector Hale la ha llamado desde el hospital Saint Thomas, señora -dijo Harriman. Su tono era formal y educado. Era, como siempre, una profesional consumada y que lo fuera en ese preciso momento hizo que Isabelle se sintiera como una auténtica chalada-. Siento haberla molestado -se disculpó Harriman-, pero ha llamado dos veces. Le conté que estaba reunida con el inspector jefe, pero dijo que era urgente y que usted lo querría saber y que se lo explicara nada más llegar a su despacho. Dijo que le había llamado a su móvil, pero que no la había localizado…
– Me lo olvidé aquí, en mi bolso. ¿Qué ha pasado? -preguntó Isabelle.
– Yukio Matsumoto está consciente. El detective inspector dice que se le tenía que informar de ello en el momento en que usted volviera.
Cuando Isabelle llegó, la primera persona a la que vio fue al agente Philip Hale, de quien erróneamente pensó que estaba esperándola en la calle. Era todo lo contrario, se volvió hacia ella furioso, pensando que ya había seguido suficiente las órdenes de quedarse en el hospital hasta que el principal sospechoso recuperara la consciencia.
Había hecho venir, le explicó, a dos agentes uniformados para que vigilaran la puerta de la habitación de Matsumoto.
Ahora se dirigía hacia la habitación, donde él y los otros policías querían controlar…
– Inspector Hale -le interrumpió Isabelle-. Soy yo quien dice lo que tiene que hacer, no usted a mí. ¿Estamos de acuerdo en eso?
– ¿Qué? -Hale la miró frunciendo el ceño.
– ¿Qué quiere decir con ese «qué»? No es idiota, ¿verdad? No parece idiota. ¿Lo es o no?
– Mire, jefa, estaba…
– Estaba en este hospital, y en este hospital se va a quedar hasta que se le ordene lo contrario. Se quedará en la puerta de la habitación de Matsumoto, sentado o de pie, no me importa cómo. Le cogerá de la mano si es necesario. Pero lo que no hará es irse por su cuenta y llamar a varios agentes para que ocupen su lugar. Hasta que no se le ordene lo contrario, se queda aquí. ¿Ha quedado claro?