Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
Ahora, en la tienda de monedas, Lynley esperaba a que el propietario acabara de leer el pesado volumen. Le enseñó a Dugué la tarjeta que habían encontrado en el bolso de Jemima Hastings, así como el retrato de la Portrait Gallery de Jemima. También se identificó como policía.
Sorprendentemente, después de que Dugué examinara la tarjeta judicial, le dijo a Lynley:
– Usted es el policía que perdió a su mujer el pasado febrero, ¿verdad?
– Lo soy.
– Recuerdo lo que pasó -le replicó Dugué-. Un asunto terrible. ¿En qué puedo ayudarle?
Cuando Lynley señaló con su cabeza el retrato de la Portrait Gallery de Jemima, dijo:
– Sí, la recuerdo. Había venido a la tienda.
– ¿Cuándo?
Dugué se quedó pensando en la pregunta. Miró hacia fuera de la tienda, casi toda ella ventanas, y se quedó observando el pasillo.
– Alrededor de Navidad -dijo-. No puedo ser más exacto, pero recuerdo que estaba todo decorado y recuerdo verla iluminada por detrás por las luces que pusimos en el pasillo. Así que debió ser por Navidad, una o dos semanas antes o después. Al contrario que otros establecimientos, no alargamos mucho más la decoración navideña. Si le soy sincero, todos los que trabajamos aquí la odiamos, como los villancicos. Puede que Bring Crosby soñara con la nieve. Yo sueño con estrangular a Bring Crosby tras escucharle toda una semana entera.
– ¿Compró algo?
– Si no recuerdo mal, quería que mirara con detenimiento una moneda. Era una aureus. Creyó que podría valer algo.
– Aureus. -Lynley se acordó de sus clases de latín en el colegio-. Oro, entonces. ¿Era valiosa?
– No tanto como se imagina.
– ¿Pese a ser de oro? -Lynley pensó que sólo el precio del oro la hacía bastante valiosa-. ¿Quiso venderla?
– Sólo quería saber si era valiosa. Y quería averiguar qué era, porque, de hecho, no tenía ni idea. Se dio cuenta de que era antigua, y era cierto. Era antigua. Del 150 después de Cristo.
– Romana, entonces. ¿Dijo cómo la había conseguido?
Dugué le pidió que le enseñara de nuevo la fotografía de Jemima, como si al verla se le fuera a estimular la memoria. Tras observarla durante un momento, dijo lentamente:
– Creo que dijo que estaba entre las cosas de su padre. No fue muy precisa, pero me imaginé que había muerto recientemente y que había estado revolviendo entre sus cosas, tratando de decidir qué hacer con esto y con lo otro.
– ¿Se ofreció a comprársela?
– Como he dicho, aparte del propio valor del oro, no era muy valiosa. En el mercado, no podría haber conseguido mucho. A ver… Aquí, deje que le muestre.
Fue hacia una mesa tras el mostrador. Abrió un cajón que había sido transformado para guardar libros. Los examinó y sacó uno de ellos.
– La moneda que tenía era un aureus acuñado durante el reinado de Antonino Pío -dijo-, el tipo que llegó a emperador directamente después de Adriano. ¿Sabe algo de él?
– Uno de los Cinco Buenos Emperadores -le contestó Lynley.
Dugué pareció impresionado.
– No es el tipo de cultura que uno piensa que puede tener un policía.
– Estudié Historia -reconoció Lynley-. En otra vida.
– Entonces sabrá que su reinado fue muy inusual.
– Sólo porque fue pacífico.
– Exacto. Como era uno de los tipos buenos, no era… Bueno, digamos que no era sexy. O, al menos, no es sexy ahora, no para los coleccionistas. Era inteligente, bien educado, con experiencia, protegía a los cristianos, clemente con sus enemigos conspiradores, y feliz de vivir en Roma y delegar responsabilidades en los cónsules de las provincias. Amaba a su esposa, a su familia, se preocupaba por los pobres, limitó sus gastos.
– En una palabra, ¿aburrido?
– Ciertamente, sobre todo comparado con Calígula o Nerón, ¿eh? -Dugué sonrió-. No hay mucho escrito sobre él, así que creo que los coleccionistas tienden a menospreciarlo.
– ¿Eso provoca que sus monedas sean menos valiosas en el mercado?
– Eso y el hecho de que durante su reinado se acuñaron hasta doscientas monedas diferentes.
Dugué encontró lo que andaba buscando en el volumen, y se lo acercó a Lynley.
La página, según pudo ver Lynley, mostraba ambas caras de la moneda aureus en cuestión. La pieza llevaba el retrato de perfil del emperador, como si fuera un busto, con caes y antonivs en relieve, formando un paréntesis en torno a la cabeza del emperador. La otra cara mostraba una mujer en un trono. Era la concordia, le explicó Dugué, y llevaba una pátera en su mano derecha y un cuerno de la abundancia detrás de ella. Esas imágenes eran muy frecuentes, continuó el coleccionista, y eso mismo le había explicado a Jemima. Pese a que la moneda era algo rara:
– Normalmente uno se encuentra con metales más corrientes, porque fueron acuñadas con mayor regularidad que las de oro. Su verdadero valor vendría dado por el mercado. Y éste lo marcaba la demanda de los coleccionistas por ese tipo de moneda.
– Entonces, ¿de qué estamos hablando exactamente? -preguntó Lynley.
– ¿El valor? -Dugué se quedó pensando en ello, mientras golpeaba con sus dedos la superficie del mostrador-. Yo diría que entre quinientos y mil. Si alguien la quisiera, y si esa persona estuviera pujando contra otra que también la quisiera. Lo que debe recordar -concluyó- es que una moneda tiene que ser…
– Sexy -dijo Lynley-. Lo entiendo. Los chicos malos son los sexys, ¿no?
– Triste, pero cierto.
– ¿Podría asegurar que la casa numismática Sheldon Pockworth no tenía una aureus del periodo de Antoninus Pius en su haber? -preguntó Lynley,
Podía. Si el inspector quería ver una aureus de esa época, tendría que ir a buscarla al Museo Británico.
Barbara Havers se vio obligada a comenzar su día depilándose las piernas, algo que tampoco la ayudó mucho a mejorar su humor. Descubrió rápidamente que había un efecto dominó en transformar su apariencia: por ejemplo, llevar una falda -acampanada o de otro tipo- imponía llevar medias o ir con las piernas desnudas. Eso requería pasar la cuchilla por la piel, además de crema de afeitar u otro tipo de espuma, de la que no disponía, así que usó un chorro de lavavajillas para conseguir algo de jabón. Pero la operación en sí le llevó a tener que buscar una tirita en el botiquín cuando se cortó el tobillo y empezó a salir sangre a borbotones. Pegó un alarido y maldijo. ¿Qué tendría que ver cómo vestía con lo que era capaz de conseguir como policía?
No tenía más remedio, de todas maneras, que ponerse la falda. No sólo porque la actual superintendente se lo había sugerido, sino por el hecho de que Hadiyyah había sido tan radical como para hacer que se la pusiera. Además, Hadiyyah le había reclamado que esa mañana parara en la Big House después de salir de casa y enseñarle cómo le quedaba. Llevaba puesta la pulsera nueva y la blusa, pero se abstuvo de ponerse el pañuelo. Hace demasiado calor, pensó. Lo guardaré para el otoño.
Azhar fue hasta la puerta. Hadiyyah apareció tras él nada más oír la voz de Barbara. Ambos exclamaron ante la sospechosa transformación de la apariencia de Barbara.
– ¡Estás maravillosa! -le soltó Hadiyyah, mientras sus manos se aguantaban la barbilla, como si intentara no arrancar a aplaudir-. Papá, ¿no está maravillosa Barbara?
– Esa no es exactamente la palabra, pequeña, pero gracias de todos modos -dijo Barbara.
– Hadiyyah tiene razón -contestó Azhar-. Todo te queda perfecto, Barbara.
– Y se ha maquillado -dijo Hadiyyah-. ¿Ves que se ha maquillado, papá? Mamá siempre decía que el maquillaje realza lo que uno tiene, y Barbara lo ha utilizado justo como mami. ¿No lo crees, papá?