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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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– Gracias -dijo Fee.

– ¿Será bien recibido en Drogheda? -preguntó Ralph a los varones Cleary.

– Éste es su hogar, y aquí le corresponde estar -respondió decididamente Bob.

Todos asintieron con la cabeza, salvo Fee, que parecía sumida en alguna visión particular.

– No es el mismo Frank -prosiguió amablemente el cardenal Ralph-. Le visité en la cárcel de Goul-burn para darle la noticia antes de venir aquí, y tuve que decirle que todos los de Drogheda estaban enterados desde siempre de lo que le había sucedido. Si les digo que no lo tomó a mal, esto les dará una idea del cambio que se ha operado en él. Se mostró simplemente… agradecido. Y espera con ansiedad el momento de volver a ver a su familia, y a usted en particular, Fee.

– ¿Cuándo le soltarán? -preguntó Bob, carraspeando, pues se alegraba por su madre y temía al mismo tiempo lo que pudiese ocurrir al regreso de Frank.

– Dentro de una o dos semanas. Vendrá en el correo de la noche. Yo quería que lo hiciese en avión, pero me dijo que prefería el tren.

– Patsy y yo iremos a esperarle -ofreció ansiosamente Jims, pero su cara se alargó de pronto-. ¡Oh! ¡No le reconoceremos!

– No -dijo Fee-. Yo iré a recibirle. Sola. Todavía no chocheo, todavía puedo conducir el coche hasta Gilly.

– Mamá tiene razón -dijo firmemente Meggie, atajando un coro de protestas de sus hermanos-. Que vaya ella sola. Es quien debe verle antes que nadie.

– Bueno, ahora tengo que trabajar -dijo ásperamente Fee, levantándose y dirigiéndose a su escritorio.

Los cinco hermanos se levantaron como un solo hombre.

– Y yo creo que es hora de que vayamos a acostarnos -dijo Bob, bostezando largamente. Sonrió con timidez al cardenal Ralph-. Será como en los viejos tiempos; tendrá que decir la misa oor la mañana.

Meggie dobló su labor de punto, la guardó y se levantó.

– También yo le daré las buenas noches, Ralph.

– Buenas npches, Meggie. -Él la siguió con la mirada y, después, la volvió a la espalda encorvada de Fee-. Buenas noches, Fee.

– ¡Perdón! ¿Decía algo?

– Le dije: buenas noches.

– ¡Oh! Buenas noches, Ralph.

Él no quería subir al piso de arriba inmediatamente después de hacerlo Meggie.

– Creo que daré un paseo antes de acostarme. ¿Sabe una cosa, Fee?

– No -dijo ella, con voz ausente.

– No me ha engañado ni un momento.

Ella lanzó una risa burlona, un sonido extraño.

– ¿De veras? No estoy yo tan segura.

Era tarde, lucían las estrellas. Las estrellas del Sur, rodando por el cielo. Había perdido contacto con ellas, aunque seguían allí, demasiado lejanas para dar calor, demasiado remotas para consolar. Más cerca de Dios. Que permanecía invisible entre ellas. Durante largo rato, miró a lo alto, escuchando el rumor del viento entre los árboles, sonriendo.

Para no acercarse a Fee, subió por la escalera de detrás de la casa; la lámpara seguía ardiendo sobre la mesa escritorio, y pudo ver la doblada silueta, trabajando. ¡Pobre Fee! ¡Qué miedo debía de tener de irse a la camal Aunque, quizá, cuando Frank volviese a casa, le sería más fácil. Quizá.

Dane estaba desilusionado.

– ¡Pensé que llevaría una sotana roja! -dijo.

– A veces la llevo, Dane, pero sólo dentro del recinto del palacio. Fuera de éste, visto una sotana negra con una faja roja, como ésta.

– ¿De veras vive en un palacio?

– Sí.

– ¿Lleno de candelabros?

– Sí; pero también los hay en Drogheda.

– ¡Oh, Drogheda! -dijo Dane, desdeñoso-. Apuesto a que los nuestros son muy pequeños comparados con los suyos. Me gustaría ver su palacio, y a usted con sotana roja.

El cardenal Ralph sonrió.

– ¿Quién sabe, Dane? Tal vez un día los verás.

El niño tenía siempre una curiosa expresión en el fondo de sus ojos; una mirada distante. Cuando se volvió durante la misa, el cardenal Ralph vio reforzada esta expresión, pero no la reconoció; sólo le pareció vagamente familiar. Ningún hombre -y ninguna mujer- se ve en un espejo tal como es.

Luddie y Anne Mueller vendrían por Navidad, como hacían todos los años. La casa grande estaba llena de gente alegre y animada, que esperaba una Navidad como no se había celebrado en muchos años; Minnie y Cat cantaban monótonamente mientras trabajaban; la cara rolliza de la señora Smith se deshacía en sonrisas; Meggie cedía Dane al cardenal Ralph, sin comentarios, cuando su hija no lo hacía, y Fee parecía mucho más contenta, menos pegada a su escritorio. Los hombres aprovechaban cualquier excusa para alargar las veladas, y la señora Smith había tomado la costumbre de preparar unos bocadillos para antes de acostarse, a base de tostadas con queso derretido, bollos calientes con mantequilla y tortitas de pasas. El cardenal Ralph protestaba, diciendo que engordaría con tanta comida, pero, después de tres días de gozar del aire de Drogheda, de la compañía de la gente de Drogheda y de la comida de Drogheda, pareció borrarse la expresión un tanto macilenta que tenían sus ojos a su llegada.

El cuarto día amaneció muy cálido. El cardenal Ralph había salido con Dane en busca de un hato de corderos; Justine permanecía enmurriada cerca del pimentero, y Meggie reposaba en un sillón de mimbre en la galería. Se sentía tranquila, relajada, y era muy feliz. Cuando estaba con Ralph, revivía toda ella, menos aquella parte que pertenecía a Dane; cuando estaba con Dane, revivía toda ella, salvo aquella parte que pertenecía a Ralph. Sólo cuando ambos estaban simultáneamente presentes en su mundo, se sentía por completo feliz. Y era natural que fuese así. Dane era su hijo, y Ralph era el amado de su corazón.

Una sola cosa turbaba su felicidad; Ralph no había comprendido. Por consiguiente, ella conservaría su secreto. Si él no podía verlo por sí solo, ¿por qué tenía ella que decírselo? ¿Qué había hecho él, para merecerse esta revelación? El hecho de que pudiese pensar un solo instante que ella había vuelto a Luke había colmado la medida. Si podía pensar esto de ella, no merecía que le dijese la verdad. A veces, Meggie sentía los ojos pálidos e irónicos de Fee fijos en ella, y le devolvía, imperturbable, la mirada. Fee comprendía, comprendía de veras. Comprendía su odio a medias, su resentimiento, su deseo de hacerle pagar tantos años de soledad. Ralph de Bricassart era un cazador de ilusiones; ¿por qué había de darle ella la ilusión más exquisita de todas, su hijo? No se lo des. Déjalo sufrir, sin saber que sufre.

El teléfono dio la señal correspondiente a Drogheda; Meggie lo oyó con indiferencia, pero, al ver que su madre no acudía, se levantó de mala gana y descolgó el aparato.

– La señora Fiona Cleary, por favor -dijo una voz de hombre.

Meggie llamó a su madre, y ésta cogió el auricular.

– Soy Fiona Cleary -contestó, y, mientras escuchaba, su rostro perdía gradualmente el color, dándole el mismo aspecto que tenía los días que siguieron a la muerte de Paddy y de Stu: insignificante, vulnerable-. Gracias -dijo, y colgó.

– ¿Qué pasa, mamá?

– Frank ha sido puesto en libertad. Llega esta tarde en el correo. -Miró su reloj-. Debo darme prisa; son más de las dos.

– Deja que te acompañe -ofreció Meggie, tan feliz que no podía ver a su madre atribulada.

Porque tenía la impresión de que aquel encuentro no sería totalmente afortunado para Fee.

– No, Meggie; todo irá bien. Tú cuida de todo lo de aquí, y esperad a que yo regrese para cenar.

– ¿No es maravilloso, mamá? ¡Frank podrá pasar la Navidad en casa!

– Sí -dijo Fee-, es maravilloso.

En aquellos tiempos, nadie que pudiese tomar un avión viajaba en el correo de la noche; por consiguiente, después de recorrer mil kilómetros desde Sydney, dejando por el camino a la mayoría de los pasajeros de segunda clase, poca gente quedaba en el tren al llegar éste a Gilly.

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