El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
– Debe hacerlos, pues tengo cuarenta y uno. -Se puso en pie-. Me han enviado oficialmente a buscarte. La señora Smith está preparando un té espléndido en tu honor, y más tarde, cuando refresque un poco el día, comeremos pata de cerdo asada, con muchas patatas fritas.
Él echó a andar a su lado, despacio.
– Tu hijo ríe igual que tú, Meggie. Su risa ha sido el primer ruido humano que he oído al llegar a Dro gheda. Pensé que eras tú; fui a buscarte, y me encontré con él.
– Así, fue la primera persona que viste en Dro-gheda.
– Pues, sí, supongo que sí.
– ¿Y qué efecto te produjo, Ralph? -preguntó ansiosamente ella.
– Me gustó. ¿Cómo podía no gustarme, si es hijo tuyo? Pero me sentí fuertemente atraído por él; mucho más que por tu hija. Ésta tampoco me tiene simpatía.
– Justine puede ser hija mía, pero es una zorra de primera. He aprendido a decir palabrotas al hacerme vieja, principalmente gracias a Justine. Y a ti, un poco. Y a Luke, un poco. Y a la guerra, un poco. Es curioso cómo se suman todas las cosas.
– Has cambiado mucho, Meggie.
– ¿De veras? -Los labios suaves y llenos se torcieron en una sonrisa-. En realidad, no lo creo. Ha sido el Gran Noroeste, que arrancó lo que me cubría, como los siete velos de Salomé. O como una cebolla, que diría sin duda Justine. Esa chiquilla desconoce la poesía. Yo soy la Meggie de siempre, Ralph; pero más descubierta.
– Tal vez sí.
– En cambio, tú sí que has cambiado, Ralph.
– ¿En qué sentido, Meggie?
– Como si tu pedestal oscilase a cada soplo de brisa, y como si la vista desde allá arriba te disgustase.
– Es verdad -rió secamente él-. ¡Y pensar que una vez tuve la osadía de decir que no te salías de lo corriente! Lo retiro. Eres única, Meggige. ¡Ünica!
– ¿Qué pasó?
– No lo sé. ¿Descubrí que incluso los gigantes de la Iglesia tienen los pies de barro? ¿Me vendí yo mismo por un plato de lentejas? ¿Me estoy debatiendo en el vacío? -Frunció las cejas, como dolorido-. Y tal vez cabe todo en una cascara de nuez. Soy un montón de tópicos. El mundo del Vaticano es viejo, triste, petrificado.
– Yo era más real, pero no supiste verlo.
– No podía hacer otra cosa, ¡de veras! Veía cuál era mi camino, pero no podía seguirlo. Contigo, habría sido un hombre mejor, aunque menos encumbrado. Pero no podía hacerlo, Meggie. ¡Oh! ¡Ojalá pudiese hacértelo comprender!
Ella le dio una palmada cariñosa en el brazo.
– Lo sé, Ralph. Lo comprendo, lo comprendo… Cada uno de nosotros llevamos algo dentro que no se puede negar, aunque nos haga gritar hasta morir. Somos lo que somos, y eso es todo. Como la vieja leyenda cel^a del pájaro que se clava en una espina y canta hasta que muere. Porque tiene que hacerlo; es un impulso invencible. Nosotros podemos saber que una cosa es mala, incluso antes de hacerla, pero este conocimiento no puede influir ni cambiar el resultado, ¿verdad? Cada cual canta su propia pequeña canción, convencido de que es la más maravillosa del mundo. ¿No lo ves? Nosotros creamos nuestras propias espinas, y no nos paramos a pensar lo que nos cuesta. Lo único que podemos hacer es soportar el dolor, y decirnos que valía la pena.
– Esto es lo que no comprendo. El dolor. -Miró la mano de ella, apoyada con tanta dulzura en su brazo que le dolía de un modo insoportable-. ¿Por qué el dolor, Meggie?
– Pregúntaselo a Dios, Ralph -dijo Meggie-. Él es la gran autoridad en materia de dolor, ¿no es cierto? Él nos hizo a nosotros, Él hizo todo el mundo. Por consiguiente, también Él hizo el dolor.
Bob, Jack, Hughie, Jims y Patsy cenaban en casa, puesto que era sábado. Al día siguiente, el padre Watty tenía que venir a decir la misa, pero Bob le llamó para decirle que no habría nadie en casa. Una mentira inofensiva, para guardar el anónimo del padre Ralph. Los cinco varones Cleary se parecían cada vez más a su padre: más viejos, más tardos de palabra, tan firmes y resistentes como la propia tierra. ¡Y cómo querían a Dane! Sus ojos parecían no perderle de vista, incluso le siguieron fuera de la habitación cuando se marchó a la cama. Fácilmente se veía que esperaban el día en que fuese lo bastante mayor para unirse a ellos en el gobierno de Drogheda.
El cardenal Ralph descubrió también la razón de la antipatía que le había tomado Justine. Dane se había encaprichado de él, estaba pendiente de sus palabras, rondaba siempre a su alrededor; Justine estaba celosa.
Cuando los niños se hubieron marchado al piso de arriba, Ralph miró a los que quedaban: los hermanos, Meggie, Fee.
– Fee, deje un momento su escritorio -dijo-. Venga y siéntese con nosotros. Quiero hablarles a todos.
Ella se mantenía bien y no había perdido su buena planta; sólo los senos un poco más caídos y la cintura un poco más gruesa; un cambio de forma más debido a los años que al aumento de peso. Sin decir nada, se sentó en uno de los grandes sillones de color crema, frente al cardenal, con Meggie a un lado y los hermanos sentados en los bancos de piedra más próximos.
– Se trata de Frank -dijo él.
El nombre notó en el aire, levantando ecos lejanos.
– ¿Qué le pasa a Frank? -preguntó Fee, serenamente.
Meggie dejó su labor de punto, miró a su madre y, después, al cardenal Ralph.
– Dígalo, Ralph -apremió, incapaz de mantener la compostura de su madre.
– Frank ha estado casi treinta años en prisión, ¿comprenden? -dijo el cardenal-. Sé que mi gente les ha tenido informados según lo convenido, pero yo les había pedido que no les afligiesen innecesariamente. Con sinceridad, no veía que pudiese hacerles ningún bien, a Frank o a ustedes, el conocer los angustiosos detalles de su soledad y su desesperación, porque nada podíamos hacer para remediarlos. Creo que Frank habría sido puesto en libertad hace años, si no hubiese dado pruebas de violencia y de carácter atrabiliario en sus primeros años de encierro en la cárcel de Goulburn. Incluso cuando estalló la guerra y otros presos salieron para empuñar las armas, esto le fue negado al pobre Frank.
Fee levantó la vista de sus manos.
– Siempre tuvo mal genio -dijo, sin emoción.
El cardenal pareció tropezar con dificultades para encontrar las palabras adecuadas; mientras las buscaba, la familia le observaba con una mezcla de temor y de esperanza, como si no fuese el bienestar de Frank lo que les importaba.
– Se habrán preguntado ustedes por qué he vuelto a Australia después de tantos años -dijo por último el cardenal Ralph, sin mirar a Meggie-. No siempre me he preocupado lo bastante de sus vidas, y lo sé. Desde el día en que les conocí, pensé, ante todo, en mí, me puse en primer lugar. Y, cuando el Santo Padre recompensó mis esfuerzos en favor de la Iglesia con el capelo cardenalicio, me pregunté si realmente podía hacer algo por la familia Cleary, para mostrarles de algún modo que les aprecio de veras. -Suspiró y miró fijamente a Fee, no a Meggie-. Volví a Australia para ver si podía hacer algo por Frank. ¿Recuerda, Fee, aquella vez que hablamos, después de la muerte de Paddy y de Stu? Han pasado veinte años, y nunca he podido olvidar la mirada de sus ojos. Tanta energía y tanta vitalidad, aplastadas.
– Sí -dijo bruscamente Bob, clavando los ojos en su madre-. Sí, es verdad.
– Frank será puesto en libertad condicional -dijo el cardenal-. Era lo único que podía hacer para mostrarles mi interés.
Si había esperado un súbito y brillante fulgor en los ojos desde tiempo apagados de Fee, debió de llevarse una desilusión; de momento, sólo fue un ligero destello, aunque tal vez el peso de los años impedía que brillasen en todo su esplendor. Pero en los. ojos de los hijos de -Fee vio su verdadera magnitud, y experimentó un sentimimiento de su propia misión que no había sentido desde aquel día, durante la guerra, en que había hablado con aquel soldadito alemán de nombre imponente.