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La fiebre del heno

Электронная книга - «La fiebre del heno». Краткое содержание книги:

Una agencia de detectives requiere los servicios de un astronauta norteamericano retirado para que ayude a esclarecer una serie de misteriosas muertes acaecidas en un balneario en Nápoles. Varias personas han enloquecido y algunas se han suicidado sin que se conozca motivo para ello; otras parecen haber muerto accidentalmente. Todas las víctimas eran extranjeras, viajaban solas, rondaban la cincuentena y padecían algún tipo de alergia. Tanto la policía local como la Interpol consideran que no hay pistas suficientes como para afrontar el caso con garantías, hasta que empieza a cundir la idea de que en cierto modo las muertes obedecen a algo más perverso. ¿Está sujeto el asesinato al juguetón capricho de las leyes de la probabilidad y el caos?
La nueva y premiada obra maestra del genio polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem: una fábula metafísica con tintes detectivescos del autor de «Solaris».
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Mientras escurría los pantalones y la camisa, reflexioné sobre cuál debía ser el próximo paso. El aeropuerto estaba cerrado y lleno de policías. ¿Escapar simplemente, hasta que nos detuvieran en alguna parte? Las autoridades italianas no sabían nada de mi misión. El único enterado era Du Bois-Fenner, el primer secretario de la embajada. Mi chaqueta, con el billete, se había quedado en el vestíbulo, y en el billete figuraba un nombre diferente del de la cuenta del hotel. El revólver y los electrodos estaban en el Hilton en un paquete que Randy iría a recoger por la tarde. Si lo requisaban, yo sería más que sospechoso. Y ya lo era: demasiada rutina en el desesperado salto, demasiada orientación en los pasillos subterráneos del edificio del aeropuerto, la eliminación excesivamente cuidadosa de las huellas de sangre. No consideraba imposible que me acusaran de complicidad. Nadie estaba libre de sospecha desde que incluso honorables abogados y otras personalidades transportaban bombas por simpatía ideológica. Naturalmente, podría salir del apuro, pero como primera medida me encontraría entre rejas. Nada envalentonaba más a la policía que la indecisión. Observé a Annabelle con mirada crítica. Tenía un ojo amoratado, los cabellos mojados le caían en mechones y estaba secándose el vestido con el secador de manos; era una niña lista y valiente. Elaboré un plan.

—Escucha, ma petite —le dije—, ¿sabes quién soy? Soy un astronauta americano y estoy en Europa para una misión muy importante, de incógnito, ¿comprendes? Tengo que estar en París hoy mismo, y si ahora nos interrogan, existe la posibilidad de que no me permitan marcharme. Así pues, llamaré inmediatamente a la embajada y haré venir al primer secretario. Él nos ayudará. El aeropuerto está cerrado, pero aparte de los aviones de línea hay aparatos especiales para la valija diplomática. Volaremos en uno de esos. ¡Juntos! ¿Qué te parece?

Se limitó a mirarme. «Aún no se ha recobrado del todo», pensé, y empecé a vestirme. No había perdido los zapatos porque eran de cordones; en cambio, Annabelle no los llevaba. Pero hoy día ya no hay nada extraordinario en que una muchacha ande descalza por la calle. Y las enaguas podían sustituir a la blusa. La ayudé a arreglar el fruncido de la falda, que ya estaba casi seca.

—Ahora fingiremos que somos padre e hija, y lo primero que haremos será telefonear, ¿me comprendes?

Asintió, la tomé de la mano y salimos fuera. Detrás de la rampa nos encontramos con el primer acordonamiento. Unos carabinieri empujaban hacia la puerta a un grupo de periodistas armados con cámaras fotográficas, varios bomberos con cascos corrían en la otra dirección, nadie se fijó en nosotros; el policía con el que hablé entendía un poco el inglés. Le dije que nos habíamos bañado, pero ni siquiera me escuchó. Me ordenó que subiéramos por la escalera B hasta la Sección Europa, donde estaban congregados todos los pasajeros. Nos dirigimos, pues, hacia la escalera, y cuando esta nos hubo ocultado, nos escabullimos por un pasillo lateral. El ruido quedó a nuestras espaldas. Entramos en la sala de recogida de equipaje, que estaba vacía; detrás de las cintas transportadoras había varias cabinas telefónicas. Metí en una de ellas a Annabelle y marqué el número de Randy. Lo desperté. Bajo la luz amarillenta, cubriendo el micrófono con la mano, le conté lo ocurrido. Me interrumpió una sola vez, como si no diera crédito a lo que oía. Entonces le oí respirar con fuerza y luego nada más, como si se hubiera convertido en estatua de sal.

—¿Estás ahí? —pregunté cuando pude.

—¡Muchacho! —exclamó. Y otra vez—: ¡Muchacho!

No dijo nada más.

Entonces le expuse lo más importante. Tenía que sacar a Fenner de la embajada y venir con él inmediatamente. Tenía que venir cuanto antes, pues estábamos entre dos cordones policiales. El aeropuerto estaba cerrado, pero Fenner lo solucionaría. La niña estaba conmigo. Esperaríamos en el ala izquierda del edificio, junto a la cinta de equipajes E-10, frente a las cabinas telefónicas. Si no estábamos allí, nos encontrarían con los demás pasajeros en la Sección Europa, y si tampoco nos veían allí, estaríamos con toda certeza en la prefectura. Se lo hice repetir todo una vez. Entonces colgué el auricular y me giré, esperando que la niña me sonriera, o que al menos su rostro mostrara cierto alivio, ya que todo había discurrido felizmente; pero ella permaneció rígida y silenciosa. Cuando desvié la vista, me miró de reojo, y pareció que esperaba algo. Entre las cabinas telefónicas había un banco tapizado; nos sentamos en él. Por las paredes de cristal se podía ver el camino de acceso al aeropuerto. Con la luz azul y las sirenas encendidas, pasaron muy juntas varias ambulancias; los coches amarillos del servicio técnico iban en hilera. Desde el interior del edificio se oían frenéticos gritos femeninos, que dominaban el continuo bullicio. Por hablar de algo, pregunté a la niña sobre sus padres, el motivo de su viaje y si alguien la había traído al aeropuerto. Ella contestó evasivamente, con monosílabos, y sin querer revelar su dirección en Clermont, lo cual me disgustó.

Mi reloj de pulsera señalaba la una y cuarenta minutos. Desde la conversación con Randy había pasado más de media hora. Unos hombres de uniforme cruzaron a toda prisa la sala de espera con algo que parecía un soldador eléctrico; no miraron en nuestra dirección. Nuevamente sonaron pasos. Frente a las cabinas se detuvo un técnico, con auriculares, que sostuvo ante cada puerta el pequeño micrófono de un detector de minas. Cuando nos vio, interrumpió su trabajo. Llegaron dos policías y se plantaron ante nosotros.

—¿Qué hacen aquí?

—Esperamos —repuse, fiel a la verdad.

Uno de los carabinieri se fue corriendo y volvió poco después con un hombre alto, vestido de paisano. A su pregunta contesté que esperábamos a un representante de la embajada americana. Él me pidió la documentación. Mientras yo sacaba la cartera, el técnico señaló la cabina frente a la que nos encontrábamos. El cristal estaba empañado por dentro a causa del vapor de nuestras ropas. Nos miraron de hito en hito. El segundo carabiniere me tocó los pantalones.

—¡Mojados!

—¡Sí! —confirmé prontamente—. ¡Empapados!

Nos apuntaron con sus armas.

—No tengas miedo —me apresuré a decirle a Annabelle.

El hombre de paisano extrajo del bolsillo unas esposas y sin ninguna explicación las cerró sobre mi muñeca. El policía tomó a la niña de la mano y esta me dirigió una mirada singular. El hombre de paisano se llevó un walkie-talkie a los labios y dijo algo en italiano, con tanta rapidez que no logré entenderlo. La respuesta lo satisfizo. Nos llevaron por una salida lateral, donde se unieron a nosotros otros tres carabinieri. La escalera mecánica no funcionaba. Bajamos al vestíbulo por una ancha escalinata; a través de los cristales vi una hilera de coches de policía, y ya me preguntaba cuál de ellos sería para nosotros cuando desde la dirección contraria se acercó el Continental negro de la embajada. No recuerdo una ocasión en que me haya alegrado tanto la vista de la bandera norteamericana. Todo ocurrió como en un escenario, nosotros caminábamos esposados hacia la puerta de cristal y los otros entraban en aquel momento en el vestíbulo: Du Bois-Fenner, Randy y el intérprete de la embajada. Su aspecto era cómico, pues Randy iba con pantalones tejanos y los otros dos de esmoquin. Randy se estremeció al verme, se inclinó hacia Fenner y este le habló al intérprete, quien entonces se aproximó a nosotros.

Los dos grupos se detuvieron, y tuvo lugar una escena breve y pintoresca. El intérprete habló con el funcionario civil al que yo estaba esposado. La conversación discurrió en staccato; el italiano tenía el inconveniente de estar unido a mí por las esposas, y como lo olvidaba continuamente, al gesticular levantaba mi brazo. Aparte de «astronauta americano» y «presto, presto!» no entendía ni una palabra. Finalmente mi cancerbero se dejó convencer y utilizó de nuevo el aparato de radio, por el que también Fenner tuvo el honor de hablar. Tras él volvió a hablar mi vigilante, y de pronto el aparato empezó a emitir palabras y, mientras las oía, el hombre se cuadró. La situación se transformó en una farsa. Me quitaron las esposas, dimos media vuelta y, en el mismo orden que antes, pero con diferentes funciones —los policías eran ahora guardias de honor—, subimos a la primera planta. Pasamos por delante de las salas de espera, llenas de pasajeros sentados sobre sus maletas. Un cordón de hombres uniformados nos abrió paso y por una puerta tapizada de cuero entramos en una oficina atestada de gente.

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