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La fiebre del heno

Электронная книга - «La fiebre del heno». Краткое содержание книги:

Una agencia de detectives requiere los servicios de un astronauta norteamericano retirado para que ayude a esclarecer una serie de misteriosas muertes acaecidas en un balneario en Nápoles. Varias personas han enloquecido y algunas se han suicidado sin que se conozca motivo para ello; otras parecen haber muerto accidentalmente. Todas las víctimas eran extranjeras, viajaban solas, rondaban la cincuentena y padecían algún tipo de alergia. Tanto la policía local como la Interpol consideran que no hay pistas suficientes como para afrontar el caso con garantías, hasta que empieza a cundir la idea de que en cierto modo las muertes obedecen a algo más perverso. ¿Está sujeto el asesinato al juguetón capricho de las leyes de la probabilidad y el caos?
La nueva y premiada obra maestra del genio polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem: una fábula metafísica con tintes detectivescos del autor de «Solaris».
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Esperaba caer sobre arena. Los periódicos no habían dicho de qué estaba compuesto el suelo del vestíbulo, solamente habían subrayado que la explosión no había causado ningún desperfecto. Así pues, yo contaba con arena, y por ello intenté juntar las piernas durante la caída. Pero en lugar de arena noté algo blando, elástico, húmedo, que bajo mi peso se hundía como la espuma, y bajo esta espuma me encontré en un líquido glacial. Al mismo tiempo me llegó hasta la médula el trueno de la detonación. Había perdido a la niña. Tenía las piernas metidas en lodo o fango, y me hundía en él mientras intentaba nadar con brazadas desesperadas, hasta que por fin la serenidad acudió en mi ayuda. Disponía de un minuto, tal vez un poco más, para salir de allí. Primero pensar, luego actuar. Debía de ser un recipiente que, por su forma, impedía la acumulación de la onda compresiva. Así pues, no era un plato, sino más bien un embudo, forrado con una masa resbaladiza y lleno de agua cubierta por una gruesa capa de espuma amortiguadora.

En vez de esforzarme por subir, ya que estaba hundido por encima de las rodillas, me agaché como una rana y palpé el suelo con los brazos extendidos. Se elevaba por el lado derecho. Utilicé las manos como dos palas planas y traté de arrancar las piernas de aquella pasta viscosa; era un esfuerzo enorme. Continué arrastrándome por la pendiente inclinada, usé de nuevo las manos como palas y me impulsé hacia arriba como si estuviera en un declive nevado, solo que allí se podía respirar.

Seguí impulsándome hacia arriba hasta que empezaron a estallar contra mi rostro gruesas burbujas y, medio asfixiado, respirando con dificultad, emergí en una penumbra llena de gritos, proferidos por la gente que había encima de mí. Miré a mi alrededor, con la cabeza sobresaliendo apenas de la viscosa espuma. La niña no estaba allí. Inspiré profundamente y me sumergí con los ojos cerrados; el agua contenía algo que quemaba como el fuego. Volví a emerger y me sumergí de nuevo por tres veces, y entonces noté que las fuerzas me abandonaban, pues me resultaba imposible tomar impulso en aquel suelo de fango y tenía que mantenerme encima de la espuma para evitar que me absorbiera. Ya había perdido toda esperanza cuando agarré por casualidad sus largos cabellos. La espuma hacía su cuerpo resbaladizo como el de un pez. Cuando pude cogerla por la blusa, esta se me rompió entre los dedos.

No sé con exactitud cómo logré subir con ella. Solo recuerdo una breve lucha, las grandes burbujas que le arranqué de la cara, el horrible sabor metálico del agua y mis maldiciones silenciosas; por fin, conseguí levantarla por encima del borde del embudo —era una pared gruesa y elástica como la goma—. Cuando la hube posado fuera del recipiente, no trepé enseguida fuera del agua, sino que me dejé caer hasta el cuello en la espuma, que crepitaba ligeramente, y me quedé jadeando y oyendo sobre mí los gritos de la gente. Tuve la impresión de que caía sobre mi cabeza una lluvia fina y cálida. Sentí las gotas aisladas. «Estoy imaginando cosas —pensé—. ¿Cómo puede llover en este lugar?» Miré hacia arriba y vislumbré el puente. Grandes tiras de aluminio pendían hechas trizas, el suelo estaba agujereado como un tamiz. Los peldaños eran de acero fundido, en forma de panales: cribas intencionadas, que tamizan la onda explosiva y no dejan pasar las astillas.

Trepé hasta el borde, parecido a una pared, bajo la lluvia, que continuaba cayendo, y coloqué a la niña sobre mis rodillas, boca abajo. Estaba mejor de lo que yo temía, pues empezó a vomitar. Le masajeé la espalda y noté que todo su cuerpo respondía. Tenía hipo y náuseas, pero respiraba. También yo sentía ganas de vomitar y me ayudé con el dedo. Conseguí aliviarme un poco, pero me faltaba valor para levantarme. Ya podía ver lo que me rodeaba, aunque me llegaba muy poca luz y parte de los tubos de neón del puente se habían caído. El rumor que se oía sobre nosotros parecía reducido a gemidos y estertores. «Ahí hay personas que se están muriendo —pensé—, ¿por qué no las ayuda nadie?» De alguna parte llegó una estridencia hasta mis oídos, algo chirrió, como si intentaran poner de nuevo en marcha la escalera mecánica. Se oyeron gritos, pero esta vez diferentes, de personas sanas que habían salido ilesas. No podía comprender qué pasaba allí arriba. Toda la longitud de la escalera mecánica estaba atestada de gente que tropezaba entre sí, dominada por el pánico. No se podía llegar hasta los moribundos; antes había que retirar a las personas frenéticas de miedo. En los peldaños se desperdigaban zapatos y trozos de ropa. Por ese lado no se podía subir; el puente había resultado ser una trampa.

Mientras tanto me ocupaba de mí y de la pequeña. Por lo visto, se estaba recuperando, porque ya se había sentado. Le dije que ya había pasado todo y que no tuviera miedo; enseguida nos reuniríamos con los demás. Mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, y pronto pude descubrir una salida.

Era una escotilla que solo estaba entornada, al parecer por un descuido. Si hubiera estado cerrada, habríamos permanecido allí como ratas en una ratonera. Detrás de la puerta había un túnel, redondo, parecido a un canal, y de nuevo una escotilla baja que tampoco estaba cerrada del todo. Un pasillo iluminado por bombillas metidas en nichos enrejados conducía a una bodega, baja como un búnker y repleta de cables, tuberías y tubos de desagüe. Los tubos podían llevar a los baños; me volví hacia la niña, pero ¡había desaparecido!

—¡Eh! ¿Dónde te escondes? —grité, mirando hacia todos los rincones de la bodega, apuntalada sobre pilares de hormigón. Entonces la vi, corriendo descalza de pilar en pilar. La alcancé en un par de saltos, que me valieron un dolor insoportable en los riñones, la cogí de la mano y le dije con severidad—: ¿Qué haces? ¡Tenemos que andar muy juntos, de lo contrario nos perderemos!

Me siguió en silencio. Ante nosotros se veía más claridad: una rampa con paredes revestidas de azulejos blancos. Por ella llegamos a un espacio más elevado, y aquí me bastó una mirada para ordenar la imagen en mi mente. Reconocí la rampa más próxima: por allí había empujado una hora antes el carrito del equipaje. Cuando llegamos a la esquina, apareció un pasillo con una hilera de puertas. Abrí la primera, eché una moneda —tenía dinero suelto en el bolsillo— e inmediatamente tomé a la niña de la mano, porque me pareció que quería escaparse. Era evidente que aún estaba en shock. No era de extrañar. La metí en el cuarto de baño. Ella no dijo nada y yo también dejé de hablarle cuando pude verla a la luz: estaba empapada de sangre. De modo que eso era la lluvia cálida. Yo debía de tener el mismo aspecto. Le quité la ropa y me desnudé a mi vez, lo tiré todo en la bañera, abrí el grifo y, llevando solo los calzoncillos, me puse con la niña bajo la ducha. El agua caliente me alivió un poco el dolor de los riñones. Se deslizaba sobre nosotros en chorros de color rosado. Froté el pecho y la espalda de la pequeña, no solo para limpiarle la sangre, sino porque quería hacerla reaccionar. Me dejó hacer, incluso con pasividad, cuando le lavé los cabellos lo mejor que supe. Una vez fuera de la ducha le pregunté en tono ligero cómo se llamaba. Annabelle. ¿Inglesa? ¿De París? No, de Clermont. Hablé en francés con ella y saqué de la bañera todas nuestras prendas, una por una, a fin de lavarlas.

—¿Crees que tendrás ánimos para lavarte el vestido? —le propuse. Se inclinó, obediente, sobre la bañera.

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