Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
– ¿Cómo se atreve a…?
– No quiero oírlo -lo interrumpí, levantando la mano-. Y no porque lo que vayas a decir sea justo o injusto, sino porque Cynthia Pearson corre peligro y necesito tu ayuda. Su esposo se ha fugado, llevándosela a ella y a los niños, y nadie sabe dónde están. Esperaba que pudieras hacer pesquisas entre los sirvientes y descubrir lo que otros no han sabido.
– ¿Ha venido a pedirme un favor? No quiero saber nada de usted.
– ¿No ves que no te lo suplico por mí, sino por la vida de una mujer y la de sus hijos? ¿Podrá más tu resentimiento hacia mí que la posibilidad de que esos dos niños pierdan la vida?
– Leónidas -dijo su mujer en voz baja-. Tu obstinación es casi crueldad. Para que lo ayudes en esto no es necesario que lo aprecies.
– No tolero que se presente aquí y finja que sus motivos son otros que el egoísmo. Afirma que quiere ayudar a otras personas, pero lo que lo mueve solo es el deseo -sentenció y, volviéndose hacia mí, preguntó-: ¿Cómo se llaman esos niños?
Era cierto que yo no lo sabía, pero no vi ninguna necesidad de demostrar que me había tomado tan bien la medida.
– Julia y Dennis -me apresuré a responder.
Leónidas calló unos largos instantes. Al cabo, asintió y dijo:
– Si me entero de algo, se lo haré saber.
– Eres un buen hombre. -Avancé un paso hacia él con la mano extendida-. Sabía que podía confiar en ti.
– Pero eso no significa que seamos amigos. -Se limitó a mirarme la mano-. Significa que no permitiré que otros sufran porque usted se haya ganado mi enemistad.
– Bueno, de acuerdo. -Suspiré-. Aun así, muchas gracias.
– Si tengo algo más que decirle, iré a verlo. Usted no debe volver a mi casa bajo ningún concepto. Y ahora, márchese.
Los dos me siguieron hasta la puerta, como si no se fiaran de que la encontrase o de que me marchara sin llevarme de paso algo suyo. Leónidas abrió la puerta, salí y me volví, al tiempo que me quitaba el sombrero e inclinaba la cabeza.
La señora de la casa me miró a los ojos, desafiándome a que desviara la mirada.
– A mí, Spenser no me parece aburrido en absoluto -dijo.
Su marido cerró dando un portazo.
Hamilton no me había contratado al servicio del gobierno y, sin embargo, allí estaba yo, hablando con él, y con Washington, y trabajando con su espía principal. No podía pasar por alto lo que había descubierto sobre él y no iba a abandonarlo a su suerte.
Así las cosas, al día siguiente me levanté temprano. Poco después de las nueve, me puse mis mejores atuendos y me dirigí a las oficinas del Tesoro, en la calle Tercera, donde, como quien no quiere la cosa, pregunté si el secretario podía recibirme. Lo hizo casi de inmediato y me senté ante él en su pequeño despacho supletorio.
– ¿En qué puedo ayudarle en esta ocasión, capitán?
Cerré el puño y carraspeé.
– Me pregunto si ha habido algún avance en sus tratos con Duer.
– Cuando el asunto esté resuelto -dijo, retrepándose en el asiento-, quiero que venga a verme. Me gustaría que trabajase con Lavien, si cree que puede hacerlo. Me ha demostrado usted su valía y parece que se ha moderado considerablemente. Es la segunda vez que viene sin apestar a bebida.
– Me siento halagado y puede confiar en mí, pero ¿por qué debemos esperar?
– Porque en este momento no hay nada que pueda hacer, ni usted ni tampoco el señor Lavien. Estoy en contacto con mis hombres en Nueva York y sé cuáles son los planes de Duer. Aún quiere controlar los bonos al seis por ciento y todavía se está embarcando en unos préstamos peligrosos. Y está a punto de saber que ya hemos empezado los procedimientos legales en su contra por el dinero que defraudó mientras estaba en el Consejo del Tesoro. La noticia correrá -por sí sola o con nuestra ayuda-, y solo es cuestión de semanas, quizá de días, que Duer se derrumbe y el banco quede a salvo. El papel que usted ha desempeñado en esto no es pequeño, capitán, y le estoy agradecido. Puede estar seguro de que haré todo lo que esté en mis manos, además de ofrecerle un empleo, para asegurarme de que el mundo se entera de que, hace muchos años, Fleed y usted fueron difamados.
– Lavien se lo ha contado.
– Sí.
– Y si todo eso es cierto, ¿por qué ahora me mantiene alejado del asunto?
– Porque ahora no me sirve -respondió-. No puedo confiar en usted.
– ¿Qué quiere decir? -Hice lo posible por disimular la ira. ¿O era vergüenza?
– Quiero decir que pregunta por Duer porque le interesa y está implicado en el asunto, pero no es eso lo que ocupa su mente. Quiere encontrar a Pearson, el hombre que lo destruyó, mató a su amigo y le robó a la mujer que amaba. Quiere encontrar a esa esposa y esos hijos terriblemente maltratados. La Revolución se ha ganado y, si bien no dudo de su patriotismo, no espero que sea capaz de anteponer cualquier misión que yo le encomiende a su deber para con la señora Pearson. Búsquela, póngala a salvo, y después podrá trabajar conmigo.
– Veo que es una persona que comprende el corazón humano -dije. Me puse en pie, lo saludé con la cabeza y volví a sentarme.
– Cuando se trata de nuestras pasiones, hacemos lo que debemos.
Hamilton apartó la mirada y yo carraspeé de nuevo.
– En parte, he venido a verlo por esa cuestión -dije-. No he hablado con nadie y, por lo que sé, soy el único que está al día de lo que ocurre. Se lo digo ahora para ahorrarle el dolor de preguntar. Debo aconsejarle que termine su relación con Maria Reynolds. Su marido está conchabado con Duer. No sé si los tratos de usted con la esposa tienen alguna influencia en el asunto, pero huelga decir que es un polvorín que puede estallarle en la cara.
Se quedó callado unos instantes.
– ¿Cómo ha sabido todo esto?
– Lo seguí.
– ¿Me siguió? -Su rostro se había oscurecido, y abría y cerraba el puño como un bebé.
– Coronel, Reynolds estaba esperando fuera de su despacho. Mi hombre ya le había visto a usted dándole dinero y me propuse descubrir la relación.
– El se enteró de mi relación con la dama hace varios meses y ha permitido que continúe a cambio de dinero, un dinero que realmente no tengo, pero no sé qué hacer. Me presiona, vea a Maria o no.
– Y, ya puestos, usted la ve.
– Para ser sincero -explicó Hamilton-, no estoy enteramente seguro de que ella no empezase a atraer mi atención con ese plan en la cabeza. Es muy hermosa.
– La he visto.
– Entonces, ya lo sabe. Es encantadora, pero inconstante y casquivana y, bueno, no es especialmente lista. Y, sin embargo, no puedo contenerme. Prometo que no volveré a verla, pero lo hago.
– Cuando se trata de nuestras pasiones, hacemos lo que debemos -dije.
En esta ocasión, me sostuvo la mirada. Su expresión estaba colmada de vergüenza.
– No obstante, en este caso, debe dejarlo -sostuve-. Si Jefferson o sus seguidores se enterasen, este asunto lo destruiría. Ellos mismos lo destruirían. Nunca creerían, o fingirían no creer, que esto es solo una cuestión de deshonestidad personal y, en cambio, dirían que es la prueba de una corrupción mucho más generalizada. Tiene que jurar que no volverá a verla.
Hamilton no dijo nada, pero supe que había comprendido. Esperaba sentir alguna satisfacción por demostrar mi superioridad moral ante Hamilton, pero lo único que sentí fue compasión y algo que no se diferenciaba mucho de la amistad.
Me gustaría decir que las semanas siguientes resultaron productivas o llenas de acontecimientos, pero no fue así. Pasé el tiempo sin hacer otra cosa que tratar de encontrar a Pearson, pero la fortuna no me sonrió. Acudí con regularidad a la taberna de la City y a otros establecimientos que frecuentaban los hombres de negocios. Hablé con todas las personas con las que los Pearson mantenían una relación personal, incluida la poderosa familia Bingham, pero nadie sabía adonde habían ido. Burr me escribió desde Nueva York para informarme de que por allí no habían visto a Pearson y prometió escribir de nuevo si descubría algo. Lavien y Hamilton me pasaban información sobre Duer con regularidad mientras este se encaminaba hacia la destrucción. En la ciudad, la construcción frenó su ritmo ya que el Banco de Estados Unidos, para protegerse, dejó de dar créditos -aunque casi todos estaban siendo devueltos- y Hamilton creyó que el banco estaba a salvo. No volví a ver a la señora Maycott y solo pude imaginar que se sentía satisfecha por los problemas que tenía Duer. Tampoco supe nada de Leónidas.