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Los rebeldes de Filadelfia

Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:

Ethan Saunders, el que antaño fuera uno de los mejores espías del general George Washington, es ahora un ex capitán sin reputación ni dinero que ahoga sus penas de taberna en taberna en Filadelfia. Además, la acusación de traición por la que fue expulsado del ejército no solo le costó su buen nombre, sino que también significó el abandono de su prometida.
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
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– Y hasta entonces, ¿qué debemos hacer? -inquirí.

– Parece que Duer y yo estamos enemistados. Intenta controlar los bonos al seis por ciento y también los cupones bancarios. El asunto del Banco del Millón fue un buen revés para él, pero todavía parece disponer de abundantes fondos, gracias a los codiciosos pescaderos y sombrereros de Nueva York. Sin embargo, puedo complicarle más las cosas. He indicado al presidente del banco que empiece a demandar el pago de los préstamos a corto plazo y que limite la concesión de nuevos, lo cual hará que disminuya todo el mercado del crédito. Además, voy a mandar a mis agentes a todos los centros de operaciones financieras del país. Intentaré frustrar sus planes. Si es una amenaza contra el banco, como cree el señor Lavien, se trata de una amenaza que podemos contener liberando bonos al seis por ciento a un precio razonable, lo cual permitirá a los inversores en cupones bancarios conservar el valor de estos. Es un proceso lento, así que debemos esperar.

– ¿Ha sabido algo de Pearson? -pregunté tras aclararme la garganta.

– Ha vendido su casa y ha huido de la ciudad -asintió-. Dicen que también ha vendido las propiedades que tenía en otros lugares, aunque eso no puedo confirmarlo. No sé nada más, pero comprendo su implicación en este asunto y, si me entero de algo más, se lo comunicaré.

– ¿No tiene ninguna propuesta?

– Tal vez debería pedirle a su esclavo que investigara. Entre los negros hay redes de información que pueden resultarnos útiles.

– Por supuesto -dije, pues no quería hablar más del asunto.

– Y ahora, capitán, tengo mucho trabajo que hacer. Si me disculpa… -De repente, su tono resultó cortante, como el de un hombre que dice una cosa para evitar decir otra. Me hizo pensar en su relación con Reynolds y no pude por menos de sospechar que era la causa de su inquietud.

– ¿Se encuentra bien, coronel? Lo noto alterado.

– Estoy abrumado -respondió, lacónico-, y esta conversación ha terminado.

Me puse en pie, crucé la sala y abrí la puerta. Fuera estaba oscuro. Casi todos los funcionarios se habían retirado ya y habían apagado las velas, aunque seguían ardiendo unas cuantas lámparas de aceite y, en la penumbra, distinguí a un hombre que esperaba a que Hamilton lo recibiera. Al principio, no le vi la cara, pero luego se volvió y lo reconocí de inmediato. Era Reynolds.

¿Se encontraba allí en calidad de hombre que me había arrojado a la mazmorra de Pearson, o de hombre que me había librado de ella? No estaba de humor para averiguarlo. En aquel momento, se volvió hacia mí con una sonrisa estúpida en la cara y le aticé con el puño. No soy un hombre de acción, ya lo he dicho, pero aun así puedo propinar un puñetazo a un oponente desprevenido. Sin embargo, Reynolds siempre estaba atento. Alargó la mano y frenó el ataque. Noté que mi puño se estampaba con fuerza en los huesos de su mano y me recorrió una oleada de dolor que llegó hasta el codo. El apenas se movió.

– Qué descortés -dijo.

Hamilton se había levantado y corría hacia el umbral de su despacho.

– ¿Qué ocurre aquí? -preguntó.

– El capitán ha querido agredirme -explicó Reynolds.

– ¡Capitán Saunders! -gritó Hamilton. Parecía más un profesor de latín que un oficial del ejército-. ¡Márchese de inmediato!

Aún tenía el puño enredado en la mano carnosa de Reynolds y este me lo sujetaba con firmeza. Noté que empezaba a sudar.

– Este hombre me atacó en Nueva York -dije.

– Ya se lo expliqué -replicó-. Solo fue por dinero. Me pagaron para que lo atacase y lo hice. Y no me salió mal, ¿verdad?

– ¿Dónde está Pearson ahora? -inquirí.

– No lo sé. No lo he visto.

– Entonces, ¿ahora trabaja otra vez para Duer?

– Lo que haga Reynolds no es de su incumbencia -intervino Hamilton y, dirigiéndose a la bestia, añadió-: Suéltele la mano. El capitán Saunders ya se iba.

– Exijo saber lo que hace con él -insistí.

– ¿Quién es usted para exigir nada? -replicó Hamilton.

Reynolds me soltó. No dije nada más y salí del edificio tan enfadado, que no se me ocurrió otra posibilidad. Hamilton tenía tratos secretos con Reynolds. Hacía tiempo que lo sabía, pero ignoraba por qué. Lo que resultaba imposible era que la animosidad entre Hamilton y Duer fuera un mero engaño cuyo objetivo fuese confundir a los enemigos. Hamilton se había dedicado a servir al gobierno en detrimento de su economía personal. Era concebible que hiciera cosas terribles, incluso destruir el banco, que era una creación suya, antes que seguir siendo pobre para siempre, pero yo no lo creía. Hamilton no sacrificaría el banco por nada, y mucho menos por codicia. Y, en cualquier caso, Leónidas había visto a Hamilton entregando dinero a Reynolds y no al revés.

Reynolds había dejado claro que prestaría servicios pagados a otros hombres para realizar trabajos, trabajos sucios. Hamilton tenía a Lavien, pero había dejado claro que lo incomodaba la visión escrupulosa que este tenía del deber, lo cual significaba que, fuera cual fuese el trato que tenía con Reynolds, era algo que Hamilton no quería que la gente supiera.

Yo ignoraba qué significaba todo aquello, pero estaba decidido a averiguarlo. Solo había un hombre en el mundo al que pudiera formularle una pregunta sobre el papel que desempeñaba Hamilton, y mi intención era hacerlo de inmediato.

Pocas cosas hay en el mundo por las que esté dispuesto a mostrar reverencia, es cierto, pero en aquel encuentro haría gala de todo el respeto que pudiera. La noche anterior me abstuve de beber, por lo que el martes por la mañana desperté descansado y tranquilo. A medida que la hora de la visita se acercaba, me vestí con toda pulcritud, haciendo uso frecuente del espejo para cerciorarme de que todo estaba en orden.

En lugar de arriesgarme a que se me mancharan los zapatos y los calcetines con barro de la calle, alquilé un coche para que me llevara a la Sexta con Market, donde se hallaba la gran mansión.

Era una de las primeras casas de la ciudad y su propietario era Bob Morris, aunque la había alquilado a su distinguido arrendatario. Cuando me acerqué a la puerta, un negro con librea extendió la mano para que le diera la invitación.

– No tengo invitación -dije.

– Entonces, no puede entrar.

– Soy el capitán Ethan Saunders -expliqué-. Tengo que hablar con él y debo hacerlo de esta manera. No puedo permitir que la gente sepa que he conversado con él, por lo que tiene que ser un intercambio público y aparentemente vacío. Si sabe que estoy aquí, querrá verme. ¿Le anunciará mi nombre?

Era evidente que el criado no sabía si debía hacerlo o no y, sin embargo, pareció captar la fuerza de mi petición. Le pidió a otro portero que ocupara su lugar y desapareció en el interior de la casa unos minutos. Cuando regresó, me dijo que podía entrar.

Me hicieron pasar a una antesala amueblada de rojos y oro, y llena de las personas más eminentes de la ciudad, así como de visitantes de otros estados e incluso algún dignatario extranjero. Nadie sabía mi nombre y, aunque yo conocía muchos de los suyos, no había acudido allí para mantener charlas ociosas, para cotillear ni para mejorar mi posición social. Me limité a quedarme junto a la ventana y trabé conversación, porque eso era lo que me correspondía, con un obispo de la Iglesia episcopal llamado White.

A las tres en punto de la tarde, se abrieron las puertas de la sala de recepción y entramos en fila obedientemente. A la izquierda, otro hombre con librea empezó a anunciar por el nombre a cada invitado. Este criado no era negro, ya que su tarea consistía en leer y un negro que no fuese analfabeto podía ofender a los sureños.

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