Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
Apenas oí el resto porque salí de la tienda. ¿Por qué hacía Leónidas aquellas cosas? No podía haber otra explicación: estaba intentando por varios medios manipularme, contratado por Joan Maycott. O me hundiría en la borrachera, o lo dejaría todo para salir a perseguir a los Pearson camino de Pittsburgh. Y todo ello significaba que no haría lo que había amenazado en público con hacer: ir a Nueva York y enfrentarme a Duer.
Ahora lo entendía todo, o una buena parte, al menos. Entendía por qué había huido Leónidas al saber que era libre: una vez que se había enterado de que yo no lo había traicionado, no soportaba haberlo hecho él. Entendía por qué se había mostrado tan cruel cuando había ido a visitarlo a su casa: no podía haber amistad entre nosotros mientras él sirviera a mis enemigos. Y, sobre todo, entendí cuánto me habían manipulado, cuánto nos habían manipulado a todos.
El suelo estaba helado y el sol ya se había puesto, envolviendo la ciudad en las sombras. Sin embargo, eché a correr. Corrí, dejando atrás peatones, cerdos, vacas, carros y carreteros que me gritaban que cuidara por dónde andaba. Me llamaron bruto y estúpido y me maldijeron, pero no me importó. Corrí hasta llegar a la puerta de Lavien y llamé una y otra vez hasta que la vieja miserable abrió y la aparté de un empujón.
Lavien estaba sentado a la mesa, cenando con su esposa y los hijos. Levantó los ojos y me miró alarmado.
– Tenemos que irnos -dije-. A Nueva York, ahora mismo.
– ¿Qué ha ocurrido? -quiso saber al tiempo que se ponía en pie.
– Estábamos equivocados desde el principio. Nuestra idea era impedir el desplome del banco, pero hemos hecho todo lo concebible para provocar su destrucción. No fue Duer, fuimos nosotros. Nosotros somos la conspiración contra el banco.
– ¿De qué está hablando? -Lavien dejó el cuchillo en la mesa.
– Estábamos tan convencidos de que el peligro era Duer, que no vimos la verdad más obvia. Es la caída de Duer lo que destruirá el banco. Por eso no quieren que yo vaya a Nueva York. No quieren que vea a Duer, que comprenda lo endeudado que está, lo precario de su situación. Si se declara en quiebra, el país se hundirá con él.
Lavien calló unos instantes.
– Tenemos que ver a Hamilton -dijo al cabo.
Mientras estábamos sentados en el estudio de Hamilton, su esposa Eliza nos preparó un té. Él escuchó nuestra historia con aire impasible y los golpecitos que daba en el suelo con el pie eran su única muestra de agitación. Le expliqué la conclusión a la que había llegado y por qué. Lo comprendió, pero insistió en que esperase. La noche era muy oscura para salir a caballo y las carreteras estaban cubiertas de nieve. Le dije que partiría una hora antes del amanecer y que cabalgaría con las luces de la ciudad hasta que saliese el sol. Entonces, Hamilton empezó a escribir otra carta, esta para Duer.
– Se lo explico todo -dijo-. Apelo a lo mejor de su carácter. Y usted debe hacer lo mismo, completar esta carta lo mejor que pueda, pero debe convencerlo de que invierta su curso de acción. Tendrá que vender todo lo que pueda, saldar las deudas que tenga. Deberá sacrificar sus sueños de conquista a cambio de la oportunidad de evitar por completo la ruina y la infamia.
– No creo que Duer acepte ese trato -comenté.
Hamilton asintió mientras la pluma todavía se deslizaba metódicamente por la gruesa hoja de papel.
– Yo tampoco lo creo. Sin embargo, es la decisión que tendrá que tomar. Debe comprender las consecuencias de la ruina. No puede permitir que se sepa que está en bancarrota, no puede permitir que el público se entere de sus deudas. Si ocurre eso, si se lo desenmascara, será su ruina y eso producirá una cadena de acontecimientos tan devastadores que no quiero pensar en ello. Inglaterra sobrevivió a su burbuja de los mares del Sur porque poseía una economía grande, amplia y protegida, pero Francia, donde las finanzas modernas eran nuevas, no se recuperó nunca de su burbuja en el Mississippi. Si Duer queda desenmascarado, tendremos suerte si, como Francia, lo único que vemos es nuestra economía arruinada y a nuestro pueblo empobrecido. Los bancos caerán y detrás lo harán los comerciantes y luego las granjas. Y después llegará el hambre. No podemos esperar nada mejor y no me atrevo a pensar lo peor que podría ser, pero las revueltas que estallarían podrían terminar con nuestro sistema de gobierno.
Hizo una pausa en la redacción de la misiva.
Yo había estado mirando el fuego y pensando en todas esas personas con las que, ahora lo sabía, Leónidas estaba implicado, pero especialmente en Joan Maycott. Sabía que odiaba a Hamilton y que estaba resentida con Duer, pero ¿podía ser eso lo que desease? ¿La dama y sus socios que apestaban a whisky querían ver la destrucción del republicanismo americano, que todavía estaba en la infancia?
– Si quiere que acepte el trato -dije-, tendrá que ofrecerle algo. Duer no actúa nunca, ni siquiera para ponerse a salvo, si no ve algo reluciente y brillante al final de la acción. Tal vez tenga que prometerle un soborno discreto, un dinero con el que vivir cuando todo se haya resuelto.
Hamilton escribió unas cuantas palabras apresuradas en la página y luego le pasó el secante.
– No. Cuando todo esto termine, no puedo permitirme que se diga que le pagué una recompensa por haber puesto la nación al borde de la destrucción. Aunque Duer comprenda lo que se ha hecho a sí mismo y aunque comprenda que su única esperanza es invertir el rumbo, después estará resentido. Se convencerá de que lo engañaron y lo acosaron para que renunciase a su plan y se quejará de ello a todo el que quiera escucharlo. No puedo permitir que la facción republicana de Jefferson se entere de que, en definitiva, he sobornado a un truhán por haber casi arruinado a la nación. -Hamilton miró a Lavien y añadió-:Tendrá que asegurarse de que accede. Ya me comprende.
– Accederá -asintió Lavien.
Entendí a qué se referían.
– ¿No cree que, si empieza a romperle los dedos a Duer, los jeffersonianos lo utilizarán contra usted?
– Si comiera carne hervida para cenar, también lo utilizarían contra mí -replicó Hamilton-. Lo que importa es la fuerza del argumento. El pueblo perdonará a un político que utiliza medios duros para lograr un buen fin. No perdonará nunca a un hombre que efectúa pagos secretos a un villano.
Cuando la tinta se hubo secado, dobló la carta, la metió en un sobre y me la entregó junto con una carta de crédito del gobierno de Estados Unidos. Dijo que hiciera lo que debiese: alquilar caballos, comprarlos, no importaba. Que gastase todo lo que fuese necesario para llegar cuanto antes a Nueva York.
– Pero guarde los recibos -añadió-, para que los contables hagan los balances.
Aun en medio de una gran crisis, no dejaba de ser él mismo.
Capítulo 44
Joan Maycott
Marzo de 1792
Las cosas empezaron a ocurrir no precisamente deprisa, puesto que los acontecimientos se fueron sucediendo a lo largo de varias semanas, pero lo hicieron, a decir verdad, con una consistencia que, vista después con el ojo de la historia, daría la impresión de rapidez. Duer intentó seguir adelante con su plan de controlar los bonos al seis por ciento, pero su fracaso con el Banco del Millón fue un revés público. Corrió la noticia de que sus planes le habían fallado y, al final, su nombre quedó empañado.
Poco después, el Banco de Estados Unidos empezó a restringir el crédito y a exigir el pago de los préstamos, incluidos unos cuantos de Duer que este tendría dificultades para devolver, si no le resultaba imposible del todo. Y luego llegó el último golpe. El Departamento del Tesoro abrió una investigación sobre la actuación de Duer en el antiguo Consejo del Tesoro -la misma que yo había descubierto- y supo que se había apropiado ilegalmente de 236.000 dólares. Duer presentó alegaciones y escribió a Hamilton, pidiéndole paciencia, pero aquello no eran más que tácticas dilatorias y ahora solo era cuestión de esperar lo inevitable.