Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
– Chitón -lo advirtió ella-. Entre y hablaremos.
El la siguió y la puerta se cerró. Si hablarían mucho o no, yo no lo sabía seguro, pero ahí estaba: Hamilton, con sus hijos, con su entregada esposa, con su recta moral, había sucumbido a una sórdida relación con aquella mujer. De repente, entendí a aquella señora y a su marido. Ella era hermosa y él, un corrupto. Me había dicho que su mujer era una zorra y solo me cabía suponer que el dinero que Hamilton pagaba a Reynolds era una suerte de compensación por los servicios que ella le procuraba al secretario del Tesoro. ¿Hamilton no veía que los dos lo estaban utilizando?
No lo veía. O, mejor dicho, lo veía pero no podía evitarlo.
Capítulo 43
Ethan Saunders
Hamilton había sucumbido a los placeres de la carne. No le reprochaba que mostrase fragilidad humana con una criatura tan encantadora como Maria Reynolds, y a ella, con aquella bestia de marido, tampoco podía echarle en cara que prefiriese ser la amante de uno de los hombres más poderosos del país. Sin embargo, el secretario se movía por una senda peligrosa. Yo creía a Washington: Hamilton no sacrificaría nunca el bien de la nación para satisfacer su deseo, pero era muy capaz de destruirse él mismo.
Haría por él lo que estuviese en mi mano. Hamilton había demostrado que él lo haría por mí y se me antojaba justo. Mientras tanto, seguiría buscando a Cynthia y a su marido. No había encontrado a nadie en la ciudad que supiese a ciencia cierta dónde habían ido y necesitaba reclutar a alguien que tuviera unos contactos que yo no poseía.
El día siguiente, que amaneció nublado, frío y ventoso, fui a Southwark, donde vivía el grueso de la población negra de Filadelfia, y empecé a preguntar direcciones, aunque conocía aquellas calles perfectamente. Entre los grupos de negros que se reúnen junto a su mercado, pregonando sus raíces, sus carnes y sus tazones de estofado de tripas y pimientos, los blancos como yo son observados con una suspicacia considerable, pero creo que es una imprudencia abstenerse de hacerles preguntas. En realidad, con unas cuantas sonrisas y unas monedas dejé claro que no quería nada más que amabilidad y, a las pocas horas de empezar mi proyecto, encontré el lugar que andaba buscando.
Era una casita pulcra y pequeña, estrecha hasta lo indecible, pero agradable y bien cuidada. Llamé a la puerta y enseguida me abrió una negra bonita de ojos grandes y piel de color chocolate. Al principio pareció alarmada, pues sin duda no era habitual que un blanco se presentase en su porche, pero sonreí, me quité el sombrero e incliné la cabeza.
– Es usted la señora… -me interrumpí porque ignoraba el apellido de Leónidas. Era costumbre que los esclavos adoptasen el nombre de sus amos, pero no imaginaba a Leónidas haciéndolo-. Está casada con Leónidas, ¿no?
La mujer asintió y luego torció el rostro en un espasmo de temor.
– ¿Ha sucedido algo?
– No debe alarmarse. No sé nada de él, bueno o malo. Esperaba encontrarlo en casa, pero de sus palabras deduzco que no está.
Su preocupación se esfumó y admiré de nuevo sus atractivos rasgos, dignificados en el molde de la raza negra, y también su inconfundible fuerza de voluntad. Leónidas había hecho bien casándose con una mujer que, sin lugar a dudas, lo amaba y era compatible con él.
– ¿Y quién es usted? -preguntó. Era una manera un tanto fuerte de hablar a un blanco al que no conocía de nada, pero no iba a tomármelo a mal.
– Perdone, soy el capitán Ethan Saunders. -Le dediqué otra inclinación de cabeza.
– ¿Usted es él? -preguntó. Me miró la cara y luego me repasó de arriba abajo como si fuera el costillar de un buey en un puesto del mercado. Y entonces se echó a reír de una manera que no me gustó nada.
Nos sentamos en su ordenado saloncito y tomamos un té. Me dijo que se llamaba Pamela, pero parecía reacia a decirme el apellido que Leónidas había elegido. No me importó, pues me trataba con toda cortesía, aunque yo sospechaba que, debajo de la superficie, había algo más. Pamela sirvió un té agradable y unas tortas dulces de avena con pasas. Eran muy sabrosas y alimenticias.
– Muy buenas, las tortas -dije.
Ella asintió a modo de agradecimiento.
– Las pasas son un buen toque… -añadí-. Las pasas lo mejoran todo, creo. Algunos prefieren las ciruelas, o incluso los albaricoques, pero, por lo que hace a los frutos secos, mis preferidos son las pasas.
La mujer no dijo nada.
– Pamela -probé de nuevo-. Me gusta Pamela, es un nombre muy bonito.
Aquella amable observación no suscitó ninguna respuesta.
– De Spenser, supongo.
Me miró fijamente.
– Es un poeta inglés.
Se rascó el puente de la nariz.
– Escribió La reina de las Hadas -añadí.
Pamela parpadeó.
– Es un poema muy largo -seguí intentando-. Muy largo y aburrido.
Más parpadeos.
Empecé a temer que había tomado por determinación lo que era inexpresividad y que mi amigo Leónidas se había casado con una estúpida. Supuse que él sabría más que yo de su propia felicidad doméstica, pero temí que la señora Pamela resultase una compañía tediosa.
– Mi marido me habló de usted -dijo por último.
– ¿Y qué dijo? Espero que no sea nada demasiado desfavorable, ja, ja.
– Me dijo que era un truhán y un manirroto pero que, para ser una persona tan egoísta, tenía un buen corazón.
– Su marido siempre ha sido un gran juez del carácter de las personas -dije. El poema de Spenser y las pasas me habían puesto nostálgico.
– Me dijo que usted, por principios, está en contra de la práctica de la esclavitud, pero que lo retuvo todo lo que pudo porque era la única manera de no pasar los días solo. ¿Es eso cierto?
– No lo sé -le dije y, de repente, sentí cariño-. Señora Pamela, no he venido a inquietarla.
– Entonces, ¿para qué ha venido? ¿Por qué nos molesta?
– Eso es algo que tengo que tratar con su marido.
Aquella respuesta debió de resultarle algo ofensiva, pues la buena mujer no se molestó en replicar. Así pues, permanecimos en silencio durante casi una hora, aunque ella tuvo la cortesía de llenarme la taza dos veces. Cuando la puerta de la casa se abrió y se cerró y se oyeron pasos, yo ya necesitaba un orinal. Leónidas entró en la sala sin haberse desprendido del abrigo, sobre el cual destellaban unos copos de nieve recién fundidos. Se había quitado el sombrero y aún lo tenía en la mano cuando reparó en mí. Le sonreí y él me miró con una expresión de rabia como nunca había visto en su rostro… ni en el rostro de nadie, salvo en la guerra. Contrajo sus oscuras facciones, abrió mucho los ojos y luego los entrecerró.
– ¿Qué está haciendo aquí, en mi casa? -Su voz era calmada y quizá por ello me tranquilicé.
– Te pido que me perdones -dije al tiempo que me ponía en pie-. No era mi intención alterar tu paz doméstica. No te habría molestado si no hubiese sido importante, pero lo que está en juego no es mi bienestar, sino el de otra persona.
Pareció meditar en el asunto. Se acercó un paso y me husmeó como una bestia.
– ¿No ha bebido? ¿Por fin se ha reformado?
– Supongo que sí. Es sorprendente lo mucho que la gente puede cambiar para mejor.
– No me lo creo.
– Leónidas, sé que estás enfadado conmigo y si no comprendo la profundidad de tu enojo es solo porque no puedo saber lo que tú has conocido. No intentaré justificar mis acciones o ponerlas en contexto para ayudarte a ver la realidad de qué, en general, te he tratado bien y mejor de lo que cabría esperar que te tratase otro.