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Los rebeldes de Filadelfia

Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:

Ethan Saunders, el que antaño fuera uno de los mejores espías del general George Washington, es ahora un ex capitán sin reputación ni dinero que ahoga sus penas de taberna en taberna en Filadelfia. Además, la acusación de traición por la que fue expulsado del ejército no solo le costó su buen nombre, sino que también significó el abandono de su prometida.
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
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Y por lo general, continué mis esfuerzos para reformarme. No me abstuve por completo de beber porque un hombre no debe morir de sed, pero me mantenía sobrio, si no frecuentemente, al menos mucho más a menudo que antes. Sin embargo, debo reconocer que una tarde, en la taberna de la City, había bebido vino en exceso y empecé a explicar a todo el que quería escuchar que me había hartado de esperar información. Iría a Nueva York, dije, y buscaría a Duer y le exigiría que me dijera dónde encontrar a Cynthia Pearson. Un joven y amable comerciante me acompañó a la puerta y volví a casa solo.

Aquello habría sido el final del incidente pero, al día siguiente, la señora Deisher anunció que había llegado un paquete para mí, una caja de diez botellas de buen jerez español. La nota que lo acompañaba era de William Duer y anunciaba que deseaba que supiera lo útiles que le habían resultado mis esfuerzos y que el vino era un regalo de agradecimiento. Las palabras eran lacónicas y precisas, aunque capté cierto regodeo malicioso. Tal vez había estado en la ciudad y se había enterado de mi borrachera. En realidad, no importaba, porque un hombre al borde de la ruina no me producía ninguna emoción, ni siquiera remordimiento.

Seguía pensando en aquellos acontecimientos y saboreando una de las botellas -porque no iba a permitir que se echaran a perder-, cuando la señora Deisher anunció que me esperaba abajo una visita. Parecía un poco alterada y, cuando entré en el salón, vi a Leónidas de espaldas. Llevaba un traje nuevo de buena hechura y sostenía un hermoso sombrero de piel en las manos. Sin embargo, pese a toda aquella apariencia elegante, lo noté algo desconcertado. Tenía la vista clavada en el suelo y jugueteaba nervioso con el ala del sombrero.

Se volvió hacia mí, muy serio. Por primera vez, vi que empezaban a formársele arrugas alrededor de los ojos, como si hubiera envejecido cinco o diez años desde la última vez que lo había visto.

– Buenas tardes, Ethan.

– No esperaba que vinieras a visitarme -mantuve la voz tranquila y apacible aunque el corazón me había saltado en el pecho al verlo. Desde la guerra, desde que había estudiado bajo la tutela de Fleet, no había conocido nunca una amistad como aquella y pensar que había terminado, que Leónidas no me perdonaría, casi me dejó estupefacto, pero no daría muestras de ello. No podía.

– No pensaba venir, pero creo que le interesará oír lo que tengo que decir. Me pidió que hiciera pesquisas sobre los Pearson y las hice, aunque no había averiguado nada importante hasta ahora. Esta mañana, no obstante, he recibido la visita de una de las cocineras, que supo, aunque con un poco de retraso, que yo estaba dispuesto a pagar por la información. A cambio de dos dólares, me contó lo que había sido de ellos con absoluta certeza.

– ¿Y bien? -Me acerqué un paso.

Cerró los ojos, como si hiciera acopio de fuerzas y luego me miró con audacia, como si quisiera desafiarme.

– Al parecer, Pearson se ha llevado a su familia al Oeste, a Pittsburgh. Contrataron un guía y alquilaron una recua de animales, embalaron un mínimo de pertenencias y se marcharon.

– Pittsburgh… -repetí en un susurro y me senté.

Recuperando las viejas costumbres, Leónidas me sirvió un vaso del jerez de Duer y tomó asiento delante de mí. Apoyó las manos en las rodillas y se inclinó hacia delante con aire paternal.

– Conozco a la mujer y no es dada a las invenciones. Si dice que es verdad, debe serlo. Lo siento. Sé que esto es una mala noticia.

– Iré tras ella -dije y apuré el vino de un trago.

Se levantó, me llenó el vaso de nuevo y me lo tendió, en esta ocasión tan lleno que casi rebosaba.

– ¿Cree que es prudente? Comprendo que sienta que debe salvarla, pero no está preparado para tal empresa… ¿Un conflicto en tierras salvajes con un hombre tan obstinado como Pearson?

– ¿Estás loco? -Bebí medio vaso-. ¿Crees que no soy apto para pelear con Pearson, sea en la ciudad o en medio del campo? Cynthia confía en que iré a buscarla. Debo prepararme de inmediato. Gracias, Leónidas, por decírmelo. Sé que estás enfadado, pero has hecho lo correcto. -Apuré el vaso. Noté el jerez corriendo por mi cuerpo y, con la energía inexorable que trae el primer acaloramiento de la bebida, sentí vergüenza, una vergüenza honda y ardiente de que, al cabo de los años que habíamos pasado juntos, Leónidas hubiera llegado a la conclusión de que yo no era el hombre apropiado para salvar a Cynthia. Qué equivocado estaba… Me pondría en camino de inmediato.

Leónidas me estudió como si estuviera tomándome las medidas.

– Entonces lo dejaré para que haga los preparativos. Me tendió la mano para que se la estrechara y lo hice, pero una terrible verdad silenciosa se cernió sobre aquella despedida. Vi aflicción en sus ojos y lo comprendí porque, en mi corazón, sentía lo mismo. Antes, no mucho tiempo atrás, habríamos afrontado juntos aquellas dificultades. Ahora estaba solo. No me atreví a pedirle que me acompañara y su orgullo le impidió ofrecerse a hacerlo. Tal vez cuando regresara, cuando todos aquellos problemas hubiesen terminado, Leónidas y yo empezaríamos a reconstruir nuestra amistad. Quizá aquella era mi prueba: una vez demostrase que no dependía de él, podría confiar en mí lo suficiente como para ser mi amigo.

Subí a las habitaciones y empecé a sacar cosas de los baúles, cosas sin las que no podía pasarme. Tendría que viajar deprisa y ligero de equipaje. Eran varias personas, entre ellas dos niños. Tenían animales de carga para los bultos. Irían despacio. Me llevaban una ventaja considerable, pero yo me desplazaría a caballo y lo haría solo, o quizá con Lavien. Si viajaba deprisa y dormía poco, los alcanzaría.

Miré la caja de vino que estaba en el suelo. La mayor parte de botellas seguía envuelta en paja. Hubo un tiempo, y no hacía demasiado, en que aquello habría bastado para detenerme o, al menos, para retrasarme.

Miré de nuevo la caja, que llevaba impreso en el costado el nombre del vendedor. Agarré el abrigo y el sombrero y me dirigí a la calle. Solo tardé media hora en llegar a la tienda del vinatero, irrumpí en ella y dije que quería hablar con el dueño.

Era más tarde de lo que creía y el individuo que tenía delante se disponía a cerrar el negocio, pero solo tuvo que mirarme a la cara para comprender que sería mejor que no me dijera nada. Aquel hombre, alto, de calva incipiente y con la cara muy encarnada, anunció que él era el señor Nelson, propietario de la tienda. Le formulé la pregunta de inmediato.

– Soy el capitán Ethan Saunders. Esta tarde me ha entregado una caja de vino…

– Sí, señor. Espero que no haya ningún problema con ella. Era una de las mejores que teníamos de vino español.

– El vino era excelente, pero necesito saber de dónde procede. ¿Quién hizo el encargo?

– Bueno, no lo sé -respondió más desconcertado que adverso.

– ¿Fue el señor Duer, de Nueva York? ¿Le ha escrito ese hombre?

– A mí no me ha escrito nadie -replicó-. Vino un hombre e hizo el encargo directamente. Era un tipo grande y muy negro, pero muy educado. Hablaba como un blanco. No me dijo su nombre y yo no lo necesitaba para nada. Pagó un buen dinero y, como no podía haber ningún mal en mandarle a un hombre una caja de buen vino, eso era lo único que me interesaba de él.

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