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Los rebeldes de Filadelfia

Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:

Ethan Saunders, el que antaño fuera uno de los mejores espías del general George Washington, es ahora un ex capitán sin reputación ni dinero que ahoga sus penas de taberna en taberna en Filadelfia. Además, la acusación de traición por la que fue expulsado del ejército no solo le costó su buen nombre, sino que también significó el abandono de su prometida.
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
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– Me han dicho que la ha vendido.

– Es lo que quería que la gente dijese.

– ¿Y cuánto tiempo tiene previsto quedarse allí?

– Hasta que Duer caiga -respondió-, o hasta que se recupere inequívocamente y pueda avalarme. O, mejor aún, me pague lo que me adeuda.

Le dediqué una sonrisa -radiante, espero- porque pensé en cómo iban a desarrollarse los acontecimientos y lo conveniente que me resultaría tener un refugio seguro en la carretera de Filadelfia.

– ¿Pondrá alguna objeción a que vaya a visitarlo?

– No pondré nunca objeciones a su compañía -dijo con una leve reverencia.

Decidí no decirle que me gustaría que me acompañasen mis amigos, ni que mis amigos eran hombres duros de la frontera. De momento, sería mejor que me lo callara. Cuando Pearson se encontrara ante el señor Dalton, seguro que se guardaría cualquier objeción que tuviera.

Capítulo 42

Ethan Saunders

Tomamos el coche exprés pero tardamos casi cuatro días en llegar a Filadelfia. Tres horas después de cruzar a Nueva Jersey con el transbordador, nos vimos sorprendidos por una terrible tormenta de nieve que redujo el paso al mínimo y nos vimos obligados a hacer noche en la miserable población de Woodbridge, pues no habíamos avanzado más de treinta millas. Podría decir que, al día siguiente, las cosas no mejoraron, pero eso sería presentar la situación de una manera demasiado agradable. Nuestro carruaje golpeó un socavón de la carretera y volcó cerca de New Brunswick, una población aún más deprimente que Woodbridge. Dos de nuestros compañeros de viaje, ambos especuladores, quedaron malheridos. Uno de ellos se rompió la pierna y su vida corría serio peligro. El carruaje quedó reparado a última hora de la mañana del tercer día y las carreteras estaban algo más transitables, pero enfangadas, por lo que nuestro avance fue lento. Nos detuvimos a dormir en Colestown, tentadoramente cerca de nuestro destino, y llegamos a Filadelfia a primera hora de la mañana siguiente.

Lavien se marchó enseguida a comunicar sus descubrimientos a Hamilton. Yo tenía otros asuntos que resolver y caminé desde la taberna de la City, donde nos habíamos apeado, exhaustos, de nuestro carruaje, hasta la casa de Pearson. No tenía intención de llamar a la puerta pero quería verla, saber desde fuera que dentro todo iba bien. Tal vez la vislumbraría a través de una ventana del piso de arriba. Tal vez ella también me vería. Nuestros ojos se encontrarían y nos comunicaríamos mil cosas sin decirlas.

Mientras me acercaba a la casa, noté que el aire frío me traspasaba el gabán. Tenía la gelidez sobrenatural de los malos presagios. Fuera había un gran carro y una docena de trabajadores o más se dedicaban a trasladar muebles. Observé a tres hombres que cargaban un robusto escritorio de roble.

– Esperen -dije, corriendo hacia ellos-. ¿Qué ocurre aquí? ¿Dónde está la señora Pearson?

Uno de los hombres se volvió hacia mí. Era un tipo corpulento, como esos que uno encuentra en los muelles. Se lo veía contento con el trabajo ya que, en lo más crudo del invierno, este siempre escaseaba.

– Pues no lo sé -respondió-, pero ahí no vive nadie, si eso es lo que pregunta.

– ¿Qué quiere decir?

– La casa se ha vendido. Trabajamos para un tal señor John Beck, que es quien la ha comprado. Ha marcado los muebles que no quiere y los llevamos a una tienda para que los subasten.

Me acerqué un paso más, abrumado de repente por miles de posibilidades, aunque había una que destacaba entre las demás. Tendría que haber seguido el primer consejo de Lavien. Mientras estábamos en Nueva York, tendría que haber permitido que le cortara el cuello a Pearson.

– ¿Cuándo ha sucedido todo esto? -pregunté, recobrando al fin la voz.

– No lo sé. -El individuo sacudió la cabeza-. Hemos empezado a trabajar aquí esta semana, pero no sé cuándo vendieron la casa.

Le pedí la dirección del hombre que lo había contratado y fui a ver a Beck, aunque no me sirvió de mucho. Me dijo que había comprado la casa a través de un intermediario y, aunque las negociaciones habían durado un tiempo, el trato lo habían cerrado hacía dos días solamente. En cuanto al señor Pearson, no sabía dónde encontrarlo, ni tampoco a su esposa.

Como no se me ocurría qué hacer, regresé a la taberna de la City y empecé a interrogar a gente al azar, por si alguien había oído algo sobre Pearson. Me obligué a mostrarme tranquilo y confiado, formulando las preguntas como si yo tuviera negocios con el caballero.

– Busco a Jacob Pearson -expliqué- a fin de ultimar una transacción que empezamos hace algún tiempo. ¿Alguien puede dirigirme a él?

– Buena suerte, amigo -dijo un hombre-. Pearson huye de sus acreedores. Ha vendido sus propiedades de la ciudad o se las han embargado. Vendió la casa que tenía en Germantown y también la de Bristol. Se ha marchado para siempre.

– He oído que se fue a Inglaterra -afirmó otro.

– Pues a mí me han dicho que está en las Antillas -terció otro individuo-, pero antes de marcharse mató a su mujer y a sus hijos.

– No los mató -lo contradijo otro-. Los vendió a los piratas. Eso es lo que me ha dicho mi criado y no se equivoca nunca en estas cosas.

¿Estas cosas? ¿Había una categoría de cosas que incluía vender la propia familia a los piratas? No se trataba de que me creyera la historia, y los rumores eran desagradables pero, cuando un hombre huye, sus conocidos siempre están dispuestos a creer lo peor y, si bien pensaba que Pearson era capaz de casi todo y temía por Cynthia, aquella posibilidad, por lo menos, podía descartarla. Sin embargo, aquello no me acercó más a la verdad, así que pedí papel y pluma, y escribí de inmediato al coronel Burr, pidiéndole que hiciera averiguaciones. Parecía inútil, pero no se me ocurría otra cosa, aparte de lamentar que hubiera permitido que Pearson se me escapara de las manos. Juré que, si se presentaba de nuevo la oportunidad, no volvería a hacerlo.

Salí tambaleante de la taberna de la City, incapaz de proseguir mis pesquisas y sin saber adonde ir. Reconocí que, después de cuatro días de torturante viaje por carretera, necesitaba descansar, por lo que volví a mis aposentos, me tumbé en aquella cama familiar y quizá dormí unas cinco horas. Cuando me desperté y me aseé, era oscuro, casi las seis, y aunque parecía improbable que mi visita tuviera éxito, decidí probar si encontraba a Hamilton en su oficina.

El edificio del Tesoro no estaba cerrado y Hamilton no se había marchado todavía. Accedió a recibirme de inmediato, por lo que entré en su despacho y tomé asiento delante de él. Tenía un aire cansado, demacrado y nervioso, como si llevara muchas noches seguidas sin dormir. Sin embargo, se obligó a sonreír.

– Al parecer -dijo-, no ha hecho caso de mi advertencia y se ha involucrado en la investigación.

– Al parecer.

– El señor Lavien me ha contado que lo ha hecho usted extraordinariamente bien. -Sonrió de nuevo-. Frustró los planes de Duer para hacerse con el control del Banco del Millón. Si lo hubiese logrado, las consecuencias para la economía habrían sido desastrosas.

– Me alegro de saber que lo aprueba.

Y por extraño que parezca, era verdad. Es fácil odiar a un hombre que, equivocadamente, creemos que nos ha perjudicado, porque nos brinda la oportunidad de no tener en cuenta nuestros propios errores o prejuicios. Era cierto que, aunque yo me hubiese equivocado sobre sus pecados del pasado, tenía motivos suficientes para sospechar de él y, aun así, no pude evitarlo: sus alabanzas me complacieron. No sabía si admiraba a aquel hombre, si de algún modo deseaba regresar a un tiempo distinto, o si era la propia proximidad de Hamilton a Washington lo que me provocaba aquellos sentimientos, pero allí estaban, fuera cual fuese su origen.

– Y también está -prosiguió- el asunto del dinero que usted denunció como desaparecido. Efectivamente, parece que Duer se llevó doscientos treinta y seis mil dólares del Consejo del Tesoro. Es demasiado pronto para saber seguro si podremos demostrarlo, pero tengo a un hombre, Oliver Wolcott, investigando el asunto y de momento creemos que hay motivos para emprender una acción legal contra él.

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