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Los rebeldes de Filadelfia

Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:

Ethan Saunders, el que antaño fuera uno de los mejores espías del general George Washington, es ahora un ex capitán sin reputación ni dinero que ahoga sus penas de taberna en taberna en Filadelfia. Además, la acusación de traición por la que fue expulsado del ejército no solo le costó su buen nombre, sino que también significó el abandono de su prometida.
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
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Yo estaba situado a la mitad de la cola, aproximadamente, y me tocó el turno. Le pasé mi tarjeta al sirviente y este proclamó en voz alta: «¡El capitán Ethan Saunders!». Noté que se me encogía el estómago como le ocurre a uno antes de entrar en batalla. Tenía mucho miedo, sí, pero también estaba alborozado. Y sentía vergüenza porque, de repente, desfiló ante mí toda la última década de mi vida como si no fuese otra cosa que una sucesión de días de borrachera y encuentros llenos de libertinaje, tan ofensivos como imprudentes. Mucho tiempo atrás, me habían reclutado unos hombres que consideraban que mis talentos especiales eran un medio para servir y no una excusa para no lograr nunca el éxito. Sí, había recibido golpes muy duros, pero ¿qué excusa tenía para rendirme al fracaso y a la desesperación?

Tales eran mis sentimientos cuando me volví hacia la derecha, donde se hallaba el presidente Washington, ataviado con sus mejores galas, traje de terciopelo y guantes, y la espada ceremonial colgada al costado. No lo había visto de cerca desde hacía muchos años y el tiempo no había sido benévolo con él. Tenía la piel seca y apergaminada, surcada de venas rojas y rotas. Sus ojos parecían hundidos y su boca se torcía por la presión de la dentadura postiza, cuyas molestias eran ya legendarias.

Como hacía en el campo de batalla, encajó la sorpresa con hombría. Me estrechó la mano e inclinó levemente la cabeza y yo continué hasta la sala circular, donde ocupé mi sitio junto a los otros invitados.

Siguiendo la costumbre, las puertas se cerraron a las tres y media en punto y el Presidente empezó a hacer la ronda. Había oído hablar de lo tediosos que eran aquellos actos, pero hasta que uno no lo vive en persona, resulta imposible creer que la mente humana, libre de las ataduras de la tradición fundamental, pueda inventar un ritual tan pensado para espesar la sangre de cualquier ser humano.

Moviéndose en el sentido de las agujas del reloj, el Presidente se dirigió a cada uno de los invitados, lo saludó ceremoniosamente e intercambió con él unas palabras sin importancia. Si conocía al hombre, le preguntaba por su familia o, más acorde con su carácter, por sus tierras, las cosechas y las mejoras. Si era un desconocido, le hablaba del tiempo o de algún avance comercial o en infraestructuras en la zona donde viviera el individuo. Aquellas conversaciones no discurrían entre susurros, aunque se hablaba bajo para mantener la ilusión de la intimidad.

Mientras el Presidente se acercaba, yo apenas pude contener la inquietud. Quizá se negaría a hablar conmigo. Tal vez me reprobaría por la ruina de hombre en el que me había convertido. Acaso me echaría en cara que fuese un traidor. ¿Se había enterado de la verdad sobre aquellas acusaciones que mucho tiempo atrás habían caído sobre mí? Me mantuve erguido y esperé que el único indicio de la terrible ansiedad que sufría fuese el sudor que bañaba mi frente.

El Presidente se volvió hacia mí y me dedicó una tiesa reverencia. Olía a lana mojada.

– Buenas tardes, capitán Saunders, cuánto tiempo…

Yo quería ir al grano y, aunque sentía por él tanto respeto como los demás, no lo insultaría demostrándoselo.

– Hamilton -dije-. ¿Es de confianza?

Washington no se sorprendió en absoluto. Debía de haber intuido el motivo de mi visita y había decidido de antemano un curso de acción. Torció la boca en algo parecido a una sonrisa y volvió a cubrir sus dientes falsos con los labios.

– De absoluta confianza.

– ¿Y si las apariencias están en contra de él?

– ¿Ha estado escuchando a los partidarios de Jefferson?

– He visto cosas por mí mismo. He visto ciertas relaciones.

– ¿Y qué es lo que cree? -preguntó, asintiendo.

Todo el mundo nos miraba. Aquel pequeño intercambio, por breve que hubiera sido, había consumido más tiempo del asignado a cada invitado. Los presentes habían oído, al menos en parte, lo que habíamos dicho y sabían que no era un formal intercambio de palabras corteses. No, aquel era un asunto serio, una urgencia; yo no me había molestado en disimularlo y Washington, tampoco. Sin embargo, ya era demasiado tarde para retirarse. Era demasiado tarde para no lograr lo que esperaba. Que escucharan. Que se hicieran preguntas. Para ellos no tendría ninguna importancia pero, para mí, la tenía toda.

– Teniéndolo todo en cuenta -dije-, creo que es una persona honorable, aunque no comprenda sus acciones.

– Es mi asesor más íntimo y he de confiar en él. Tal vez se hunda en el infierno, pero nunca arrastrará a otro. -El general hizo otro pobre intento de sonrisa y no sé si le dolió a él más que a mí-. ¿Y qué hay de usted, capitán Saunders? ¿Es de confianza?

– ¿Lo he sido alguna vez, señor?

– Oh sí -respondió, esta vez sin ni un asomo de sonrisa-. El mundo no ha pensado nunca mal de usted. La gente creía que se tomaba el deber como si fuera un juego, una travesura, pero yo siempre supe que no era así. Supe que detrás de aquella jovialidad se escondía una dureza que no se atrevía a mostrar. Si la llevara en la superficie, se convertiría en otra persona.

– ¿Alguien como Lavien? -inquirí.

– Exactamente -asintió. Acto seguido se volvió a saludar al siguiente invitado y, en una sala con decenas de hombres, me sentí completamente solo.

Por perplejo que me hubiese quedado, no descuidé las cosas importantes. Regresé a la casa de huéspedes a cambiarme de ropa y ponerme algo menos elegante. Iba a llevar aquello hasta el final.

Aquella noche, cuando pasé por delante del edificio del Tesoro, no pude por menos de fijarme en una luz encendida en lo que me pareció el despacho de Hamilton. Me acerqué y pregunté a un vigilante, el cual me confirmó que el secretario todavía estaba allí. Me alejé y me oculté entre las sombras, sin otra intención que esperarlo, tal vez seguirlo hasta su casa y hablarle allí. Supongo que podría haber entrado en el edificio y haberme dirigido a su despacho, pero la verdad es que prefería acechar en las sombras y seguir a la gente por calles desiertas. Me hacía sentir útil e involucrado en el asunto.

Hamilton era famoso por sus largas veladas de trabajo, así que me alivió verlo salir al cabo de una hora. Desde el otro lado de la calle lo distinguía bien y me asombró su expresión, una especie de aire furtivo, culpable y clandestino en sus facciones que no me gustó nada.

Lo seguí mientras se alejaba del centro y se dirigía a unos barrios que yo sabía que no eran los que solían frecuentar los caballeros elegantes. En resumen, nuestro secretario del Tesoro se dirigía a Southwark.

Adiviné su destino antes de que llegara a la casa porque yo ya había estado otra vez en aquel barrio, y también siguiéndolo a él. Iba a casa de Reynolds y era allí donde yo esperaba encontrar respuestas. Filadelfia era una ciudad de calles en su mayoría bien iluminadas, pero en aquellas zonas pobres los propietarios de las casas olvidaban sus deberes y me resultó muy fácil esconderme en las sombras a pocos pasos del porche. Yo no era Lavien, a quien sospechaba capaz de deslizarse sin hacer ruido sobre ramas y hojas, pero avancé tan silenciosamente, que solo habrían advertido mi presencia quienes hubiesen estado alerta.

Hamilton llamó a la puerta y esperé ver la cara bestial de Reynolds. Tal vez podría enfrentarme a él, hacerle saber que lo había desenmascarado y que sus pretensiones de honor y rectitud ya no me engañaban.

En realidad, llegué hasta la misma puerta mientras esta se abría, pero en vez de encontrarme con el animal de James Reynolds, en el umbral apareció la encantadora Maria.

La mujer le sonrió y le acarició el rostro.

– No debería estar aquí -dijo Hamilton, apartándole la mano-. Su esposo…

– ¿Mi marido no le ha escrito y le ha pedido que venga a visitarme? Esta mañana se ha marchado de Filadelfia a llevar a cabo una misión para su amo. No piense en mi esposo.

– ¿Cómo quiere que no piense en él? -dijo Hamilton-. Me presiona pidiéndome dinero porque usted y yo hemos estado juntos y luego, cuando la dejo en paz, acude a mí pidiéndome que vuelva. ¿He de creer que no me presionará otra vez?

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