Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
Irguió los hombros y se me acercó. Era más alto, más corpulento e indudablemente más perverso de lo que yo veía. O, al menos, más violento. Sin embargo, no me dejaría intimidar por aquella bestia. Me había enfrentado a cosas peores que él. Eso era lo que él no entendía, lo que nunca entendería: que existen límites a lo que se puede conseguir mediante las amenazas físicas.
– Yo no compré su silencio, señor Reynolds, solo lo alquilé, y el tiempo en que lo necesitaba ha pasado. Puede decirle al señor Duer lo que quiera. Supongo que Duer está fuera de sí, lo cual lo preocupa a usted, y por eso ha venido. Se barruntaba que el período en que podía pedirme dinero quizá tocaba a su fin, pero lo cierto es que ya ha concluido.
Acercó su cara a la mía, como si fuéramos amantes, y capté su olor a whisky y tabaco.
– Espero que no me esté poniendo a prueba, porque averiguaré si sus palabras son ciertas.
– Yo misma le he revelado ya todo eso a Duer -repliqué-. Sabe que he emprendido acciones contra él. Solo espero que no le deba mucho dinero a usted.
– Me lo ha estado devolviendo en pagos trimestrales, pero este año todavía no lo ha hecho -explicó Reynolds, apartándose.
Pasé junto a él y dejé que el cochero me abriera la portezuela. Monté en el coche y lo miré por la ventanilla.
– No verá un céntimo. Y espero que gane más de ciento cincuenta dólares al trimestre -le dije-. Si es así, considérese un perdedor. Buenos días, señor Reynolds. Por su propia seguridad, que esta sea la última vez que nos vemos.
Y lo fue, efectivamente, porque aquella misma noche me marché de Nueva York y me dirigí al lugar de la cita con casi todos los demás miembros de mi banda. Solo tres se quedaron en Nueva York a fin de proteger la misión de Saunders. Tras haber hecho tanto por ayudarnos, si adivinaba nuestro plan, todavía podría perjudicarnos. En Filadelfia, mis agentes habían hecho cuanto habían podido para despistarlo, pero aún era posible que se presentase en Nueva York, por lo que los hombres que se quedaron se asegurarían de que no intentaba hacernos daño y, si lo intentaba, tomarían las medidas necesarias para impedírselo.
Capítulo 45
Ethan Saunders
Cuando Lavien y yo presentamos la carta de Hamilton en el establo del gobierno, la ronda acababa de dar las tres de la madrugada. Los mozos nos ofrecieron dos corceles robustos y bien alimentados y, un poco antes de lo que habíamos acordado, nos pusimos en camino. Cabalgamos en silencio; el frío, la oscuridad y las prisas hacían que la conversación pareciese trivial. Cuando la aurora tiñó de anaranjado el horizonte oriental, apresuramos la marcha. Los caballos avanzaban seguros en la nieve fundente, por lo que viajamos a buen ritmo.
Cambiamos de caballo en Princeton y llegamos al transbordador de Nueva Jersey a las dos de la tarde. Una vez llegamos al lado del río donde estaba Nueva York, tomamos la carretera de Greenwich hasta la mansión de Duer. Allí no había nevado, las carreteras estaban secas y llegamos antes de lo que habíamos previsto. Delante de la finca palaciega de Duer se había reunido un grupo de gente; eran un centenar y estaban enfadados. Algunos parecían colegas de negocio de Duer, especuladores que lucían trajes buenos y sombreros elegantes, y cuyos lujosos carruajes estaban estacionados en las cercanías. Junto a ellos había mujeres pobres vestidas con harapos y la cabeza cubierta con trapos. Un niño con la cara sucia se agarraba de la mano a un padre enojado. Un negro vestido con ropa tejida en casa parecía un tanto aturdido, como si hubiera recibido un golpe en la cabeza. Algunos miraban la casa, otros gritaban y un individuo entrado en años y armado, con aspecto de viejo soldado, sostenía una piedra que, evidentemente, quería lanzar.
Lavien y yo cruzamos una mirada pero no hablamos. No teníamos necesidad de hacerlo. Habíamos acudido dispuestos a hacer lo que fuera preciso para que Duer entrara en razón y cambiara el rumbo de sus negocios. Llegábamos dispuestos a obligarlo, por las buenas o por las malas, a escribir cartas a los acreedores, comerciantes e inversores. No esperábamos encontrarnos aquello. Lo que esperábamos era impedir su ruina, no ser meramente testigos de ella. Parecía que habíamos llegado tarde.
Cabalgamos hasta los establos y un criado con librea nos dejó entrar después de que le mostráramos la carta de Hamilton. Ignoro si sabía leer, pero nuestra vehemencia lo impresionó. Una vez dentro, exigimos ver a Duer y, si al sirviente con el que hablamos no le gustó nuestro aspecto cansado o el polvo del camino en la ropa, no comentó nada. Parecía tener suficiente con sus propios problemas y nos condujo al salón con aire ausente.
Me serví un poco de vino de un aparador mientras Lavien bebía de una jarra de agua aromatizada con naranjas. Sin embargo, Duer no nos hizo esperar mucho y entró en la estancia cuando no llevábamos allí ni diez minutos. Vestía un traje arrugado, como si hubiese dormido vestido, e iba absolutamente despeinado. Tenía los ojos inyectados en sangre.
– Este es el resultado de su intromisión -dijo-. Hamilton, usted y los demás. No tienen ni idea de lo que han hecho.
– ¿Qué ocurre? -preguntó Lavien-. Tal vez podamos invertir el curso de los acontecimientos.
Era imposible que nos creyera, pero algo había que decir. Sentí que me recorría la espalda un escalofrío, pues capté en la voz de Lavien algo que me pareció inimaginable. Noté miedo.
– ¿No sabe lo que ocurre? -se burló Duer-. Ha corrido la voz de ese estúpido litigio y lo que se dice es que estoy arruinado. Ahora, mis acreedores se han reunido aquí como pájaros de presa hambrientos, dispuestos a picotearme hasta que no quede nada.
Lavien empezó a deambular de un lado a otro de la sala. Se llevó una mano a la sien y preguntó:
– ¿Hasta qué punto es usted vulnerable? ¿Cuánto necesita para solucionar esto? ¿No podría aplacar a algunos de sus acreedores y que los otros lo dejen en paz?
– ¿Hasta qué punto soy vulnerable? Estoy totalmente expuesto, hasta ese punto soy vulnerable. Y sabe que ningún acreedor me dejará en paz hasta que le pague.
– ¿Y no puede cubrir siquiera sus deudas más inmediatas? -inquirí.
– No contraje esas deudas con la idea de devolverlas -respondió-. Yo me dedico a los negocios, pero ahora que al gobierno le ha parecido oportuno intervenir, todo se viene abajo. Los bancos quieren cobrar los créditos concedidos y ahora, con ese absurdo juicio por el dinero que supuestamente robé, Hamilton me ha dejado en la cuerda floja.
– ¿Cuál es la diferencia entre lo que tiene y lo que debe? -pregunté.
– No lo sé. Alrededor de ochocientos mil, tal vez un poco más.
Me acerqué a Duer, le di un empujón y cayó sentado en la silla.
– Escuche, hez codiciosa. Será mejor que piense en una manera de escapar de la bancarrota. Hay personas muy importantes que quieren verlo destruido y no podemos permitir que se salgan con la suya.
Supongo que, al ver que se le abría una oportunidad, pasó por alto mi insulto.
– Solo evitaré la bancarrota si alguien está dispuesto a darme el dinero. El banco, quizá. Sí, eso es. El banco puede prestarme el dinero. Y tal vez de una forma inmediata. Sé que es mucho dinero, pero seguro que vale la pena si nos ahorra toda esta confusión.
– Eso es imposible -replicó Lavien-. Prestarle ese dinero sería tanto como arruinar al gobierno. Una vez se supiera, Washington y su administración quedarían a la misma altura que los corruptos ministros británicos que saqueaban el Tesoro para sus amigos.
– Será mejor que pensemos algo -intervine-. Esa gente está cada vez más enojada.
Desde la sala se oían las voces airadas de los congregados fuera. «¡Queremos a Duer! ¡Tiene nuestro dinero!», gritaban una y otra vez. Un grupo había empezado a corear un lema: «¡Duer a la alcantarilla», que no era precisamente rimado, pero sí conciso en su significado. Miré por la ventana y vi a una vieja que, doblada por la cintura y apoyada en un bastón, miraba hacia la casa y chillaba: «¡Quiero mis cinco dólares!».