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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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—Te veo, Garam. —Mantuvo la voz firme e inexpresiva. Lo inquietaba ver hombres a caballo, y más cuando llevaban espadas. Los Aiel tenían animales de carga, pero era algo antinatural ir montado en un caballo. Las piernas de un hombre debían de bastar para llevarlo de un lado para otro—. Falta poco. ¿Acaso tu padre nos ha retirado su permiso para que saquemos agua de sus tierras? —Ninguna otra ciudad había dado jamás permiso hasta ahora. Para obtener agua había que luchar por ella si había hombres cerca, igual que para todo lo demás; y si había agua, entonces no faltaban hombres vigilándola. No resultaría fácil vencer a estos tres él solo. Movió los pies, dispuesto para iniciar la danza si llegaba el caso y, seguramente, para morir.

—No, no lo ha hecho —dijo Garam. Ni siquiera se había percatado del movimiento de Rhodric—. Tenemos un buen manantial en la ciudad, y mi padre dice que cuando os vayáis tendremos los pozos nuevos que habéis excavado hasta que también nos marchemos nosotros. Pero por lo visto tu abuelo quiere saber si los otros se han puesto en marcha, y lo han hecho. —Apoyó el codo en la perilla de la silla—. Dime, Rhodric, ¿son realmente del mismo pueblo que vosotros?

—Son Jenn Aiel, y nosotros, Aiel. Somos iguales, pero diferentes. No sé explicártelo mejor, Garam. —En realidad tampoco quería entenderlo él.

—¿Hacia dónde se dirigen? —preguntó Jeordam.

Rhodric saludó a su abuelo con una tranquila inclinación de cabeza; había oído una pisada, el apagado ruido de una suave bota, y lo había identificado como un Aiel. Sin embargo, los hombres de la ciudad no habían advertido que Jeordam se había aproximado, y sufrieron un sobresalto. Garam tuvo que levantar la mano para impedir que los otros dos aprestaran las lanzas. Rhodric y su abuelo esperaron.

—Al este —respondió Garam cuando consiguió tener de nuevo bajo su control al caballo—. A través de la Columna Vertebral del Mundo. —Señaló las montañas que parecían arañar el cielo.

Rhodric se encogió, pero Jeordam mantuvo una fría calma.

—¿Qué hay al otro lado? —preguntó.

—Por lo que sé, el fin del mundo —repuso Garam—. Ni siquiera sé si existe un paso por donde cruzar. —Vaciló—. Los Jenn llevan Aes Sedai con ellos. Docenas, según tengo entendido. ¿No os inquieta viajar tan cerca de unas Aes Sedai? Según he oído contar, el mundo fue distinto en otros tiempos, pero ellas lo destruyeron.

Las Aes Sedai ponían muy nervioso a Rhodric, pero la expresión impasible de su rostro no se alteró. Sólo eran cuatro, no docenas; en cualquier caso, suficientes para recordarle ciertas historias respecto a que los Aiel les habían fallado a las Aes Sedai de algún modo que nadie sabía. Ellas sí que debían de saberlo; apenas si habían salido de las carretas de los Jenn en el año transcurrido desde su llegada, pero cuando lo hacían contemplaban a los Aiel con tristeza. Rhodric no era el único que procuraba evitarlas.

—Vigilamos a los Jenn —dijo Jeordam—. Son ellos quienes viajan con las Aes Sedai.

Garam asintió como si tal cosa supusiera una gran diferencia, y después se inclinó hacia adelante.

—Mi padre tiene una consejera Aes Sedai —comentó en voz baja—, aunque procura que no se sepa en la ciudad. Esa mujer dice que debemos marcharnos de estas colinas y trasladarnos al este. Afirma que los ríos secos volverán a correr, y que construiremos una gran urbe a orillas de uno. Dice muchas cosas. Se rumorea que las Aes Sedai planean construir una ciudad, y que han encontrado Ogier para que realicen las obras. ¡Ogier! —Sacudió la cabeza para arrinconar leyendas y volver a la realidad—. ¿Creéis que proyectan dirigir el mundo otra vez? Opino que deberíamos matarlas antes de que nos vuelvan a destruir.

—Haz lo que consideres mejor. —La voz de Jeordam no dejaba traslucir lo que pensaba—. He de organizar a mi gente para cruzar las montañas.

El hombre de cabello oscuro se irguió en la silla, visiblemente decepcionado. Rhodric sospechó que esperaba ayuda de los Aiel para matar a las Aes Sedai.

—La Columna Vertebral del Mundo —dijo Garam bruscamente—. También tiene otro nombre. Algunos la llaman la Pared del Dragón.

—Un nombre apropiado —repuso Jeordam.

Rhodric contempló las colosales montañas que se alzaban en la distancia. Un nombre adecuado para los Aiel. Su propio nombre secreto, no revelado a nadie, era el Pueblo del Dragón. Desconocía la razón, pero sabía que no se pronunciaba en voz alta excepto cuando alguien recibía las lanzas. ¿Qué habría al otro lado de esta Pared del Dragón? Por lo menos habría gente contra la que luchar; siempre la había. En todo el mundo sólo existían Aiel, Jenn y enemigos. Nada más. Aiel, Jenn y enemigos.

Rand inhaló profunda, entrecortadamente, y el aire hizo un ruido rasposo al penetrar por su garganta, como si hiciera horas que no respiraba. A su alrededor, unos anillos luminosos, que herían los ojos, ascendieron por las columnas. Las palabras todavía resonaban en su mente: Aiel, Jenn y enemigos; eso era el mundo. No se encontraban en el Yermo, indudablemente. Había visto —había vivido— una época anterior a la llegada de los Aiel a la Tierra de los Tres Pliegues.

Estaba más cerca de Muradin que antes. Los ojos del Aiel se movían con inquietud; parecía resistirse a dar otro paso.

Rand avanzó.

En la ladera cubierta por una capa blanca, puesto en cuclillas, Jeordam hizo caso omiso del frío y mantuvo la mirada vigilante sobre las cinco personas que caminaban trabajosamente a través de la nieve en su dirección; eran tres hombres arrebujados en capas y dos mujeres abrigadas con gruesos vestidos. El invierno debería haber pasado hacía mucho tiempo según los ancianos, aunque también contaban que las estaciones habían cambiado y ya no eran como antes. Afirmaban que la tierra se sacudía, y que se levantaban o hundían montañas como el agua de una charca cuando se arroja una piedra. Jeordam no lo creía. Tenía dieciocho años, había nacido y crecido en las tiendas, y ésta era la única vida que conocía: la nieve, las tiendas y el deber de proteger.

Bajó el velo y se incorporó lentamente, apoyándose en la larga lanza como para no asustar a la gente de las carretas; empero, se pararon bruscamente, con la vista prendida en la lanza, en el arco colgado a su espalda y en la aljaba que pendía de su cintura. Ninguno de ellos parecía mucho mayor que el propio Jeordam.

—¿Nos necesitáis, Jenn? —preguntó, alzando la voz.

—Nos llamas así para mofarte de nosotros —repuso también a gritos un tipo alto, de nariz afilada—, pero es cierto. Somos los únicos Aiel de verdad. Vosotros habéis renunciado a la Filosofía.

—¡Mentira! —espetó Jeordam—. ¡Jamás he empuñado una espada! —Respiró hondo para recobrar la calma. No lo habían apostado allí para que se enfadara con los Jenn—. Si os habéis perdido, vuestras carretas están en aquella dirección. —Señaló hacia el sur con la lanza.

Una de las mujeres tocó el brazo del «nariz afilada» y le habló en voz queda. Los otros asintieron, y, finalmente, el «nariz afilada» también lo hizo, aunque a regañadientes. La mujer era hermosa; algunos mechones rubios habían escapado del oscuro chal con el que se abrigaba la cabeza.

—No estamos perdidos —dijo, volviéndose hacia Jeordam, y entonces lo miró fijamente, como si lo viera por primera vez, y se ajustó el chal.

El joven Aiel asintió; no le había parecido que lo estuvieran. Por lo general los Jenn se las arreglaban para evitar a las gentes de las tiendas aunque necesitaran ayuda. Los pocos que buscaban el contacto lo hacían únicamente llevados por la desesperación, porque no podían encontrar esa ayuda en ningún otro sitio.

—Seguidme —les dijo.

Las tiendas de su padre se encontraban a casi dos kilómetros a través de las colinas bajas, parcialmente cubiertas con la última nieve caída que se aferraba a las pendientes. Su gente observó con cautela la aparición de los recién llegados, pero no interrumpieron sus quehaceres, ya fuera cocinar o repasar las armas o lanzar bolas de nieve con los niños. Se sentía orgulloso de su septiar, formado por casi doscientas personas, el mayor de los diez campamentos diseminados al norte de las carretas. Los Jenn, sin embargo, no parecieron muy impresionados; lo irritaba que el número de Jenn fuera muy superior al de los Aiel.

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