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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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Lewin, un hombre alto, canoso y de rasgos pétreos, salió de su tienda; la gente decía que nunca sonreía, y de hecho Jeordam nunca lo había visto esbozando esa mueca. Tal vez lo hiciera antes de que la madre de Jeordam muriera de fiebres, pero el joven lo dudaba.

La mujer de cabello rubio —se llamaba Morin— contó una historia muy aproximada a la que Jeordam esperaba oír. Los Jenn habían comerciado con un pueblo, un sitio con una muralla de troncos, y después los hombres del lugar habían llegado en medio de la noche y se habían llevado lo que trocaron por la mañana e incluso más. Los Jenn tenían la idea de que podían confiar en la gente que vivía en casas, pensaban que la Filosofía los protegería. Enumeraron los muertos: padres, una madre, hermanos primeros; a los cautivos: hermanas primeras, una madre segunda, una hija. Esto último sorprendió a Jeordam; fue Morin quien habló amargamente de una hija de cinco años a la que se habían llevado para ser criada por otra mujer. Al estudiarla con más detenimiento, añadió para sus adentros varios años más a la edad que le había calculado antes.

—Los traeremos de vuelta —prometió Lewin. Cogió un puñado de lanzas que le habían tendido y las hincó boca abajo en el suelo—. Podéis uniros a nosotros si lo deseáis, siempre y cuando estéis dispuestos a defenderos a vosotros mismos y al resto. Si os quedáis, no se os permitirá regresar a las carretas. —El tipo de nariz afilada giró sobre sus talones rápidamente al oír aquello y regresó por donde habían venido. Lewin continuó; llegados a ese punto, rara vez se marchaba sólo uno—. Los que quieran venir con nosotros a ese pueblo, habrán de coger una lanza. Pero, recordad: si empuñáis la lanza para utilizarla contra hombres, tendréis que quedaros con nosotros. —En su voz y en sus ojos había una gran dureza—. Habréis muerto en cuanto se refiere a los Jenn.

Otro de los hombres vaciló, pero finalmente todos tomaron una lanza de las que estaban clavadas en el suelo. También lo hizo Morin. Jeordam la miró boquiabierto, e incluso Lewin parpadeó.

—No es necesario que cojas una lanza para quedarte —le dijo— ni para que traigamos de vuelta a tu gente. Tomar la lanza significa la voluntad y el deseo de luchar, no sólo de defenderte. Puedes soltarla; no hay desdoro en ello.

—Tienen a mi hija —dijo Morin.

Jeordam se quedó estupefacto cuando Lewin asintió sin apenas vacilar.

—Siempre hay una primera vez para todo. Que así sea. —Empezó a tocar en el hombro a ciertos guerreros, y recorrió los campamentos emplazándolos a visitar el pueblo con la muralla de troncos. Jeordam fue al primero que tocó; su padre siempre lo elegía en primer lugar desde el día en que tuvo edad suficiente para usar una lanza. El joven no habría aceptado que fuera de otro modo.

Morin estaba teniendo problemas con el arma, cuyo astil se enganchaba en sus faldas.

—No es preciso que vayas —le dijo Jeordam—. Ninguna mujer lo ha hecho nunca. Te traeremos a tu hija.

—Estoy decidida a sacar a Kirin de allí personalmente —repuso con fiereza—. No podrás impedírmelo.

Una testaruda mujer.

—En tal caso, tendrás que vestirte así. —Señaló sus propias ropas grises y pardas—. No se puede andar por el campo de noche llevando vestido. —Le cogió la lanza sin darle tiempo a reaccionar—. No es fácil aprender a manejar la lanza. —Los dos hombres que habían venido con ella, que seguían torpemente las instrucciones dadas y que casi se habían ido de bruces al suelo al intentarlo, eran prueba de ello. Jeordam encontró una hachuela, cortó el mango más de dos palmos y lo dejó con un metro y una cuarta de longitud, contando los casi treinta centímetros de la punta de acero—. Arremete con ella, nada más. Sólo embiste. El mango se utiliza también para parar ataques, pero te buscaré algo para que lo lleves en la otra mano como un escudo.

Morin lo miró de un modo extraño.

—¿Qué edad tienes? —preguntó, cosa aún más chocante. Jeordam se lo dijo, y ella se limitó a asentir, cavilosa.

—¿Alguno de esos hombres es tu esposo? —preguntó él al cabo de un momento. Los dos seguían tropezando con las lanzas.

—Mi esposo ya está de luto por Kirin. Se preocupa más de los árboles que de su propia hija.

—¿Los árboles?

—Los Árboles de la Vida. —Como el joven la seguía mirando sin comprender, Morin sacudió la cabeza—. Son tres arbolillos que crecen en barriles. Los cuidan casi tanto como a sí mismos. Cuando encuentren un lugar seguro, los plantarán; aseguran que entonces volverán los viejos tiempos. Lo dicen ellos, insisto. Muy bien, ya no soy Jenn. —Levantó la lanza recortada—. Esto será mi esposo a partir de ahora. —Lo observó fijamente y preguntó—: Si alguien te robara a tu hijo, ¿invocarías la Filosofía de la Hoja y hablarías del sufrimiento que se nos envía para probarnos? —Jeordam sacudió la cabeza, y ella continuó—: Lo imaginaba. Serás un buen padre. Enséñame cómo utilizar la lanza.

Una extraña mujer, pero hermosa. El joven tomó de nuevo la lanza y empezó a impartirle instrucciones al tiempo que lo demostraba con la práctica. Advirtió que al ser el astil más corto los movimientos resultaban más veloces y ágiles.

Morin lo observaba con aquella extraña sonrisa, pero la lanza lo tenía completamente absorto.

—Vi tu rostro en un sueño —musitó ella de improviso.

Jeordam oyó sus palabras, pero realmente no la escuchó. Con una lanza así sería más rápido que un hombre con una espada. Mentalmente estaba viendo a los Aiel derrotar a cualquier guerrero con espada. Nadie podría presentarles resistencia. Nadie.

Las luces centellearon entre las columnas de cristal, cegando casi a Rand. Muradin se encontraba ahora a sólo un par de metros de distancia; tenía la mirada fija al frente, y una mueca contraía sus labios, de manera que enseñaba los dientes, como en un silencioso gruñido. Las columnas los estaban llevando hacia atrás, a la historia de los Aiel perdida en un remoto pasado. Los pies de Rand se movieron por voluntad propia, hacia adelante. Y hacia atrás en el tiempo.

Lewin se ajustó sobre el rostro el velo del polvo y escudriñó el pequeño campamento situado más abajo, donde los rescoldos de un moribundo fuego todavía brillaban debajo de una olla de hierro. El viento le llevó el olor de guiso medio quemado. Unos bultos cubiertos con mantas yacían alrededor de las brasas, bajo la luz de la luna. No se veían caballos. Deseó haber llevado consigo un poco de agua, pero sólo a los niños les estaba permitido beber fuera de las comidas. Recordaba vagamente un tiempo en el que había habido más agua, cuando los días no eran tan calurosos y polvorientos, y el viento no soplaba a todas horas. La noche sólo traía un ligero alivio, cambiando un turbio y abrasador sol por el frío. Se arrebujó más en la capa que estaba hecha de pieles de cabras salvajes, y que también utilizaba como manta.

Sus compañeros se acercaron agazapados, tan abrigados como él mismo, y rezongando y pateando piedras hasta que los instó a guardar silencio para no despertar a los hombres de allá abajo. No protestó; en realidad no era más diestro que los demás en esto. Los velos del polvo les ocultaban el rostro, pero sabía quién era quién. Luca, con los hombros el doble de anchos que cualquiera de ellos, a quien le gustaba gastar bromas. Gearan, larguirucho como una cigüeña y el mejor corredor de todas las carretas. Charlin y Alijha, iguales como dos gotas de agua excepto porque el primero tenía la costumbre de ladear la cabeza cuando estaba preocupado, como en aquel momento; su hermana Colline estaba allá abajo, en aquel campamento. Y también estaba Maigran, hermana de Lewin.

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