Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
Al pasar frente a los primeros marcos laterales Mat echó un vistazo a ambos lados y suspiró. Al otro lado, detrás de unas columnas negras, estriadas como estrellas, un retorcido marco de piedra roja se alzaba sobre un opaco suelo blanco, con un único juego de huellas marcado en el polvo que partía del ter’angreal y al que precedía hacia la puerta otro de pies descalzos. Miró hacia atrás. En lugar de terminar a cincuenta pasos en otra cámara como ésta, el pasillo continuaba hasta perderse de vista, un reflejo de lo que había hacia delante. Su guía le dedicó una sonrisa con destello de afilados dientes; el tipo parecía hambriento.
Sabía que tendría que haber esperado algo así después de lo que había encontrado al cruzar el umbral de la Ciudadela: aquellas torres trasladándose de donde deberían estar para aparecer donde, por lógica, era imposible que estuvieran. Si ocurría eso con unas torres, ¿por qué no con unas salas? «Tendría que haberme quedado allí fuera esperando a Rand, ni más ni menos. Otra más de las muchas cosas que tendría que haber hecho». Por lo menos no le resultaría difícil volver a encontrar el ter’angreal si todos los marcos que había más adelante eran iguales.
Se asomó a las siguientes puertas laterales y vio las columnas negras, el ter’angreal de piedra roja, y el suelo blanco con sus huellas y las de su guía marcadas en el polvo. Cuando el hombre de mandíbula estrecha volvió a mirar por encima del hombro, Mat le sonrió enseñándole los dientes.
—Ni por un momento pienses que has atrapado a un niño en tu lazo. Si intentas engañarme, usaré tu pellejo para forrar mi silla de montar.
El tipo dio un respingo, abrió mucho los pálidos ojos, y después se encogió de hombros para, seguidamente, ajustarse las correas tachonadas con plata que le cruzaban el torso. Su burlona sonrisa parecía destinada a llamar la atención sobre lo que hacía. De repente a Mat se le ocurrió preguntarse de dónde habría salido ese cuero tan pálido. Desde luego, no sería de… «Oh, Luz, creo que sí lo es». Se las compuso para no tragar saliva, aunque le costó un gran esfuerzo.
—Adelante, guíame, hijo de una cabra. Tu pellejo no merece esos adornos de plata. Llévame a donde quiero ir.
Gruñendo quedamente, el hombre apresuró el paso, con la espalda muy tiesa. A Mat le importaba un bledo si el tipo estaba ofendido, sólo que le habría gustado tener a mano una de sus dagas. «Que me aspen si dejo que un tipejo con cara de zorro y cerebro de cabra se haga un correaje con mi piel».
No habría sabido decir cuánto tiempo llevaban caminando. El corredor no cambiaba en ningún momento, con sus paredes inclinadas y sus brillantes franjas amarillas. Cada marco lateral mostraba la misma cámara, con el ter’angreal, las huellas y todo lo demás. La invariable repetición hizo que Mat perdiera el sentido del tiempo, y le preocupó no saber cuánto hacía que se encontraba allí. Sin duda más de la hora que se había dado de plazo. Sus ropas sólo estaban un poco húmedas ahora, y las botas ya no hacían ruido de chapoteo al andar. Pero continuó; siguió caminando, con la mirada prendida en la espalda de su guía.
El corredor terminó bruscamente en otra puerta. Mat parpadeó. Habría jurado que un momento antes el pasillo se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Sin embargo, había estado más pendiente del tipo de dientes afilados que de lo que había al frente. Miró hacia atrás y casi soltó una maldición. El corredor se alejaba hasta que las brillantes franjas amarillas parecían converger en un punto, y no se veía ningún otro umbral a los lados.
Cuando se volvió, se encontraba solo delante de una enorme puerta de cinco lados. «Diantre, ojalá no hicieran estas cosas». Aspiró profundamente y cruzó el acceso.
Entró en otra cámara en forma de estrella, con el suelo blanco, aunque no tan grande como la —o las— de columnas. Era una estrella de ocho puntas con un pedestal negro en cada una de ellas. Las brillantes franjas amarillas corrían a lo largo de las aristas de la sala y los pedestales. El desagradable olor era más intenso aquí, y Mat lo identificó; era el hedor del cubil de un animal salvaje. Aun así, apenas lo notó porque la cámara estaba desierta a excepción de él.
Fue girando lentamente mientras observaba con el ceño fruncido los pedestales. Tendría que haber habido alguien en ellos, quienesquiera que tuvieran que responder a sus preguntas. Lo habían engañado. Se suponía que si había podido llegar allí debería obtener respuestas.
Giró rápidamente en círculo, recorriendo con la mirada no los pedestales, sino las lisas paredes grises. La puerta había desaparecido; no había salida.
No obstante, antes de que acabara de dar la segunda vuelta ya había alguien en cada pedestal, una gente como su guía pero vestida de manera diferente. Cuatro eran hombres, y las otras, mujeres; su cabello tieso se alzaba en una cresta antes de caerles por la espalda. Todos llevaban largas faldas de color blanco que les tapaban los pies; las mujeres vestían blusas blancas que caían más abajo de las caderas, con cuellos altos de encaje y los puños fruncidos en las muñecas. Los hombres lucían aún más correas que el guía, más anchas y tachonadas con oro. Cada correaje sostenía un par de cuchillos sin funda sobre el tórax. Mat dedujo por el color que las hojas eran de bronce, pero habría dado todo el oro que poseía por tener uno de esos cuchillos.
—Habla —dijo una de las mujeres con aquella voz particular que parecía un gruñido—. Merced al antiguo pacto, se cumple un acuerdo. ¿Qué necesitas? Habla.
Mat vaciló. Eso no era lo que la gente con aspecto de serpiente había dicho. Todos lo observaban del mismo modo que unos zorros contemplarían su cena.
—¿Quién es la Hija de las Nueve Lunas y por qué tengo que casarme con ella? —Confiaba en que se contara como una sola pregunta.
Nadie respondió. Ninguno de ellos pronunció palabra. Se limitaron a contemplarlo fijamente con aquellos enormes y pálidos ojos.
—Se supone que tenéis que responder —dijo. Silencio—. Así vuestros huesos ardan y se conviertan en cenizas, ¡respondedme! ¿Quién es la Hija de las Nueve Lunas y por qué he de casarme con ella? ¿Cómo moriré y renaceré? ¿Qué significa que tengo que renunciar a la mitad de la luz del mundo? Éstas son mis preguntas. ¡Decid algo!
Silencio total, tan profundo que escuchaba su propia respiración, el latido de la sangre en los oídos.
—No pienso casarme. Y tampoco estoy dispuesto a morir, ni que vuelva a vivir ni que no. Voy de aquí para allí con lagunas en la memoria, lagunas en mi vida, y os quedáis mirándome como idiotas. Si me fuera dado escoger, llenaría esos vacíos, pero por lo menos las respuestas a esas preguntas esclarecerían parte de mi futuro. ¡Tenéis que contestar…!
—Hecho —gruñó uno de los hombres, y Mat parpadeó.
¿Hecho? ¿Qué estaba hecho? ¿A qué se refería?
—Así se cieguen vuestros ojos —murmuró—. ¡Así se consuman vuestras almas! Sois tan retorcidos como las Aes Sedai. Bueno, pues quiero encontrar el modo de librarme de Aes Sedai y del Poder, y quiero perderos de vista y regresar a Rhuidean si no vais a responder. Abrid la puerta y dejadme…
—Hecho —dijo otro de los hombres.
—Hecho —repitió una de las mujeres.
Mat escudriñó las paredes y después lanzó una mirada furiosa a todos ellos, plantados allí, sobre los pedestales.
—¿Hecho? ¿Qué está hecho? No veo ninguna puerta. Estáis mintiendo, hijos de carnero…
—Necio —musitó una mujer con un susurrante gruñido del que los demás se hicieron eco: «necio, necio, necio».
—Muy inteligente pedir marcharte sin ajustar precio ni condiciones.
—Pero muy necio por no haber acordado primero el precio.
—Lo pondremos nosotros.
Hablaban tan deprisa que no sabía quién decía qué.
—Lo que se ha pedido, se concederá.
—El precio será pagado.
—¡Malditos! —gritó—. ¿De qué estáis hablando?