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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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—¿Que piensas hacer ahora, Adan? ¡Responde! ¿Qué?

Apartó el cabello del rostro de Siedre —a ella le gustaba estar aseada— y se puso de pie; se giró despacio para enfrentarse al grupo de hombres enfurecidos y asustados. Sulwin, el cabecilla del grupo, era un hombre alto, con los ojos muy hundidos; se había dejado crecer el cabello, como para ocultar que era Aiel. Varios hombres lo habían hecho. Daba igual; eso no suponía ninguna diferencia para los últimos atacantes ni para los que había habido en ocasiones anteriores.

—Pienso enterrar a los muertos y seguir adelante, Sulwin. —Sus ojos se volvieron un instante hacia Siedre—. ¿Qué otra cosa podemos hacer?

—¿Seguir adelante, Adan? ¿Cómo? No hay caballos, casi no queda agua ni comida. Lo único que nos han dejado son unas carretas llenas de cosas que las Aes Sedai nunca vendrán a buscar. ¿Y qué son, Adan? ¿Qué son para que tengamos que dar la vida para llevarlas a través del mundo, temerosos incluso de tocarlas? ¡Ya no podemos seguir como antes!

—¡Sí que podemos! —gritó Adan—. ¡Y lo haremos! Tenemos piernas. Tenemos espaldas. Tiraremos de las carretas si es preciso. ¡Nos mantendremos fieles a nuestro deber! —Se sobresaltó al ver que había levantado el puño apretado. El puño. Su mano tembló al abrirla y dejarla caer de nuevo al costado.

Sulwin retrocedió un paso, pero después se mantuvo firme junto a sus compañeros.

—No, Adan. Se supone que hemos de encontrar un lugar en el que vivir seguros y en paz, y eso es lo que algunos de nosotros vamos a hacer. Mi abuelo solía contarme historias que había oído de pequeño. Historias de cuando vivíamos a salvo y la gente venía a escuchar nuestras canciones. Estamos decididos a buscar ese sitio en el que vivir en paz y en el que volvamos a cantar.

—¿Cantar? —resopló Adan—. También yo he oído esos viejos cuentos de que las canciones de los Aiel eran maravillosas, pero ni tú ni yo ni ninguno de nosotros las sabe. Las canciones y los viejos tiempos quedaron atrás, no existen ya. No renunciaremos al deber que tenemos con las Aes Sedai para perseguir un sueño que está perdido para siempre.

—Algunos de nosotros vamos a hacerlo, Adan. —Los que estaban detrás de Sulwin asintieron—. Estamos decididos a encontrar ese lugar seguro. Y también las canciones. ¡Lo lograremos!

Un fuerte golpe hizo que Adan volviera la cabeza hacia atrás. Otros compinches de Sulwin estaban descargando una de las carretas, y una caja grande y plana se había roto parcialmente, de manera que se veía parte de su contenido, lo que parecía ser un marco de pulida piedra roja. Más amigos de Sulwin descargaban otras carretas; al menos una cuarta parte de la gente se afanaba en vaciarlas de todo lo que no fuera agua o comida.

—No intentes detenernos —advirtió Sulwin.

Adan se obligó a aflojar de nuevo el puño apretado.

—No sois Aiel —dijo—. Habéis traicionado todo lo que tiene significado para nosotros. Seáis lo que seáis, ya no pertenecéis a los Aiel.

—Seguimos la Filosofía de la Hoja con tanta firmeza como tú, Adan.

—¡Marchaos! —gritó—. ¡Idos! ¡No sois Aiel! ¡Estáis pedidos! ¡Perdidos! ¡No quiero veros! ¡Marchaos!

Sulwin y los demás se atropellaron en su prisa por alejarse de él.

Se le cayó el alma a los pies al mirar las carretas, los muertos tendidos entre los desperdicios. Tantos muertos, tantos heridos gimiendo mientras los atendían. Sulwin y sus perdidos descargaban los vehículos ahora con más cuidado. Los hombres con espadas habían roto varias cajas hasta que comprendieron que no había oro ni comida dentro. La comida era más valiosa que el oro. Adan examinó detenidamente el marco de piedra, los montones de figurillas tiradas, los objetos de cristal de extrañas formas que había entre los tiestos con esquejes de sora, y que no tenían utilidad para los seguidores de Sulwin. ¿Alguna de esas cosas tenía utilidad? ¿Para esto habían mantenido su fe? Pues bien, que así fuera. Podían salvarse algunas; imposible saber cuáles consideraban más importantes las Aes Sedai, pero se podían salvar algunas.

Vio a Maigran y a Lewin agarrados a las faldas de su madre. Se alegraba de que Saralin estuviera viva para cuidar de ellos; su último hijo varón, el padre de los niños, había muerto esta mañana, con la primera flecha disparada. Algo podía salvarse; salvaría a los Aiel costara lo que costara. Se arrodilló y tomó a Siedre en sus brazos.

—Seguimos siendo fieles, Aes Sedai —musitó—. ¿Durante cuánto tiempo más habremos de serlo? —Apoyó la cabeza en el pecho de su esposa muerta y sollozó.

Las lágrimas ardían en los ojos de Rand; sus labios articularon en silencio el nombre de Siedre. ¿La Filosofía de la Hoja? Ésa no era una creencia de las Aes Sedai. Era incapaz de pensar con claridad; de hecho casi no podía pensar. Las luces giraron más y más deprisa. A su lado, Muradin abría la boca en un alarido silencioso; los ojos del Aiel estaban desorbitados, como si presenciaran la muerte de todo. Avanzaron al mismo tiempo.

Jonai se encontraba al borde del acantilado, mirando hacia el oeste por encima del agua que brillaba al reflejar el sol. Comelle se encontraba a cien leguas en aquella dirección. Es decir, se había encontrado. Comelle se alzaba en las montañas asomadas al mar, un centenas de leguas hacia poniente, donde ahora sólo había agua. Si Alnora estuviera viva tal vez habría resultado más fácil soportarlo. Sin sus sueños, apenas sabía adónde ir y qué hacer. Sin ella no le quedaban ganas de vivir. Fue muy consciente de todos y cada uno de sus cabellos canosos mientras se daba media vuelta y desandaba el camino hacia las carretas, que esperaban a menos de dos kilómetros. Había menos vehículos ahora, y su deterioro era manifiesto. También había menos personas, unos pocos millares cuando antes eran decenas de miles, pero aun así demasiados para las carretas que quedaban. Nadie viajaba ya montado en ellas salvo los niños demasiado pequeños para caminar.

Adan le salió al encuentro al llegar a la primera carreta; era un joven alto, los azules ojos demasiado cautelosos. Jonai seguía teniendo la impresión de que si se volvía lo bastante deprisa vería a Willim. Pero a Willim lo habían mandado lejos de ellos hacía años, cuando empezó a encauzar por mucho empeño que pusiera en no hacerlo. En el mundo había todavía demasiados hombres que encauzaban, y tenían que alejar a los chicos que daban señales de ser capaces de hacerlo. No quedaba otro remedio, pero deseó tener de nuevo a sus hijos con él. ¿Cuándo había muerto Esole? Demasiado pequeña para acabar en un agujero abierto precipitadamente, consumida por una enfermedad al no haber Aes Sedai que la curaran.

—Son Ogier, padre —dijo Adan, excitado. Jonai sospechaba que su hijo había creído siempre que los relatos acerca de los Ogier sólo eran cuentos de niño—. Vienen del norte.

Adan lo condujo hasta un grupo mugriento de unos cincuenta Ogier de mejillas hundidas, ojos tristes y orejas gachas. Jonai se había acostumbrado a los rostros macilentos y agotados de su propia gente y a sus ropas sucias, pero ver lo mismo en los Ogier lo impresionó. Empero, había personas de las que tenía que ocuparse, y obligaciones contraídas con las Aes Sedai que cumplir. ¿Cuánto tiempo hacía que no veía a una? Fue justo después de que Alnora muriera. Demasiado tarde para ella. La mujer curó a los enfermos que todavía seguían con vida, cogió algunos sa’angreal, y continuó su camino, riendo amargamente cuando él le preguntó dónde había un lugar seguro. El vestido que llevaba estaba sucio, y desgastado por el repulgo. Jonai sospechó que la mujer no estaba en su sano juicio, porque afirmaba que uno de los Renegados no estaba atrapado completamente, o puede que no lo estuviera en absoluto; Ishamael seguía tocando el mundo, según ella. Debía de estar tan loca como los Aes Sedai varones que aún quedaban.

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